Diez millones

El impostergable y urgente cambio en la política

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En 1989, hace apenas 27 años, el PAN ganó la gubernatura de Baja California. Fue la primera ocasión en la que la alternancia se vivió en un gobierno estatal en nuestro país. En el año 2000, después de haber mantenido el poder por 71 años, el PRI perdió la Presidencia de la República.

Nuestra democracia es muy joven, sus instituciones se siguen rediseñando, las reglas se modifican después de cada elección, las prácticas durante las campañas no reflejan siempre los más altos valores democráticos y algunas entidades todavía, de manera casi inexplicable, se mantienen lejos de la alternancia a pesar de casi 90 años de ser gobernados bajo el mismo sello partidista.

A pesar de su corta edad, nuestra democracia no se encuentra exenta de cuestionamientos, algunos producto de las grandes expectativas generadas con la alternancia, otros por graves errores de política interna y otros marcados por las tendencias globales.

El bajo crecimiento y el acento de la crisis económica que desde 2008 ha mantenido al mundo en un menor dinamismo, los escándalos de corrupción y su correspondiente impunidad, la desigualdad en la distribución de la riqueza y el crecimiento poblacional, las dinámicas de violencia y conflictos armados, la falta de oportunidades de educación y empleo para millones de jóvenes, los nacionalismos y extremismos que pretenden regular hasta la vida privada de las personas, la discriminación que enfrentan personas y el difícil acceso a la justicia, le dan fuertes razones a las personas todos los días para cuestionar la democracia e incluso para descalificarla.

En México, hace apenas un par de décadas, los partidos políticos y sus militantes debían hacer esfuerzos relevantes para reunir recursos, sus protestas defendían causas y el ideario político era más visible en su narrativa y plataformas electorales. Ahora los partidos políticos se han convertido en una carga fiscal, algunos gobernantes sólo entregan finanzas públicas huecas y escandalosos casos de corrupción que no tienen sanción, la frivolidad y el dispendio son el sello de algunas administraciones, la narrativa se movió a espacios comunes sin contenido y sin representación o base social.

Además, México y el mundo han cambiado, la sociedad civil se fortalece, las comunicaciones son aceleradas y prácticamente verificables en tiempo real, las dinámicas de producción incorporan nuevas tecnologías y mecanismos de competencia, y lo que hoy sucede en una latitud tiene repercusiones en otras.

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La política, o mejor dicho, los políticos, no leyeron estos cambios y parecen inmunes y ajenos al enojo de la ciudadanía. La política presenta vacíos porque las personas dejaron de creer en los políticos, es más, pareciera que el mensaje es buscar a aquellos que desafíen más al status quo o al sistema. Ese fue el mensaje que entendió Donald Trump y que guió su campaña (por más lamentable que sea el resultado), o bien, en nuestro lado de la frontera, el discurso que López Obrador está construyendo desde una marcada oposición.

En contraste, Noruega, Islandia y Suecia son los países más democráticos del mundo (según el Índice de Democracia de The Economist Intelligence Unit). En la solidez de estas democracias un factor ha sido determinante: la igualdad social.

La política necesita retomar su origen: las personas. No hay política real si las personas no son la base para cualquier decisión. Si no entendemos a las personas, no podemos solucionar los problemas que enfrentan y mucho menos sus frustraciones.

La Organización de las Naciones Unidas (ONU) unió al mundo en la agenda 2030. Los Objetivos de Desarrollo Sostenible tienen una premisa fundamental: no dejar a nadie atrás. Debemos ser capaces de construir sociedades más inclusivas, justas e igualitarias, sólo así nuestras democracias serán estables.