Diez millones
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Obras —casi cuánticas— en la Ciudad de México

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Tráfico, contaminación y hasta sanciones son el alto costo por pagar ante una pésima planeación en la intervención del espacio público.

No se trata de una ciencia aplicada, sin embargo, la construcción de obras públicas sí posee un grado de complejidad que, de no ser ejecutada de manera adecuada, puede colapsar a un gobierno y a la sociedad.

En una urbe tan compleja y atiborrada como la Ciudad de México, las obras públicas requieren un grado adicional que las convierte en procedimientos casi quirúrgicos, en donde un error de implementación puede costar caro, económica, social y políticamente hablando.

Tráfico, contaminación y hasta sanciones son el alto costo por pagar ante una pésima planeación en la intervención del espacio público, y en donde, en general, no hay margen de error, pues los ciudadanos no reciben con agrado una construcción que les incrementará las horas de traslado.

Con esta complejidad en mente, resulta increíble e irrisible que proyectos con inmensos grados de dificultad de diferencia entre sí, estén hoy en la mira de los ciudadanos por los errores más torpes que se puedan encontrar. Hablo particularmente de la remodelación del Zócalo capitalino y de las obras para construir la Línea 7 del Metrobús.

Comienzo con el primer caso. La principal plaza pública del país está sometida a un proceso de intervención para remodelarla, ampliarla y quitar espacio al automóvil en beneficio del peatón con la colocación de concreto hidráulico. El Zócalo de la ciudad es un espacio protegido por su valor histórico y arquitectónico, por lo que las autoridades locales han hecho un trabajo impecable en la planeación y ejecución del proyecto, pues cuentan con el acompañamiento y visto bueno del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH).

Hasta aquí, el plan de remodelación demuestra cómo la estrategia y correcta ejecución pueden llevar un proyecto tan complicado como éste, a la mejor conclusión.

Ahora me refiero al segundo ejemplo. La construcción de la Línea 7 del Metrobús es el mejor compendio de errores en materia de obra pública. Un proyecto que, en teoría, no requiere el mismo grado de problema que la intervención del Zócalo, es el que ha presentado el mayor número de problemas asociados a una mala planeación. Vamos, hasta pareciera que quien está al frente del procedimiento es la mismísima Tanya Müller —la referencia se explica por sí misma.

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Con dos frentes abiertos, el primero mucho más difícil y técnico que el segundo; no obstante, es la obra sobre el Paseo de la Reforma la que tiene al gobierno de la ciudad de cabeza, pues un juez federal ordenó la inmediata suspensión de labores, ya que el mismo INAH no otorgó permisos para intervenir la avenida que también cuenta con protección por su valor histórico.

Las dicotomías que sólo la Ciudad de México puede tener. La remodelación del Zócalo capitalino ha requerido casi de estudios de física cuántica —denote la ironía en mi comentario— para su aprobación y ejecución; mientras que la obra de transporte público, infinitamente más sencilla, es en la cual los funcionarios públicos locales no han podido ni sumar dos más dos.

Ironías aparte, nadie debe perder de vista que los beneficiados o los afectados son siempre los ciudadanos. Por una plaza remodelada que hoy gana valor o por una obra suspendida en Paseo de la Reforma que, con dos carriles menos, sólo les genera problemas de todo tipo.