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La debacle del ‘gasolinazo’

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En la Ley de Ingresos de la Federación para el Ejercicio Fiscal 2017, publicada en el DOF el 15 de noviembre de 2016, en su artículo décimo segundo se estableció la manera en que se determinarían los precios al público de las gasolinas y el diésel. El otro acuerdo, en virtud del cual se actualizan las cuotas que se especifican en materia del Impuesto Especial sobre Producción y Servicios (IEPS), se publicó en el DOF el 27 de diciembre de 2016. Cuando esto se cocinaba, el entonces secretario de Hacienda, Luis Videgaray, indicaba que a partir de 2016 el precio máximo de la gasolina estaría vinculado a los precios internacionales, y que esta propuesta formaba parte de la estrategia de liberación de los precios de la gasolina en México, que al final del año se daría a conocer un rango de precio máximo y mínimo de las gasolinas y que “el precio de la gasolina se comenzaría a transmitir al consumidor final”. En su Paquete Económico 2016, la SHCP detalló que en ese año “los precios máximos comenzarían a fluctuar de forma consistente con su referencia internacional”.

Cabe subrayar que de enero a junio de 2016, el IEPS a gasolinas y diésel ayudó al Gobierno a obtener ingresos extras por 127 mil 481 millones de pesos, de acuerdo a datos proporcionadas por la propia Secretaría. También en los artículos transitorios de la Ley de Egresos quedó previsto que a partir de 2016 se otorgarían permisos a terceros para el expendio al público de combustibles, que en 2017 quedaría permitida la libre importación de gasolinas y diésel, y que a partir del 2018 los precios de estos combustibles se determinarían enteramente bajo condiciones de mercado. En consecuencia, a partir del 2018, el mercado de los combustibles automotrices sería un mercado abierto y con libre determinación de precios, pero estamos en 2017.

Como usted ve, esta situación del disparo de precios de la gasolina deviene de la Reforma Fiscal. Es el impuesto el que encarece el combustible. No obstante, al final del día, estamos viviendo los resultados de no haber invertido en tiempo y forma en investigación tecnológica que nos hubiera permitido desarrollar, en el país, nuestra propia infraestructura; se habrían también construido las refinerías indispensables para procesar la conversión de petróleo en gasolina, que tiene que hacerse en Estados Unidos, y que nos cuesta un ojo de la cara. Aun sin contar ni por asomo con los recursos de oro negro de los que gozan los Emiratos Árabes, tendríamos gasolinas evidentemente más baratas si se hubiera actuado pensando en el bienestar de la población y no en la forma de perpetuarse en el poder disponiendo de los recursos petroleros, sin rendirle cuentas a nadie; es decir, en la absoluta impunidad. Desde junio del año pasado, la gasolina Premium de alto octanaje, que permite un mejor rendimiento en los motores, es más cara en México que en Houston, Texas.

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Escribía: cuando se aprobó la Reforma Energética en 2014, siendo yo Diputada Federal que me avergonzaba –y me sigue avergonzando– que en mi país la corrupción campee libremente por la esfera pública y también por la privada. Que me rebelaba –y me rebelará siempre– la falta de escrúpulos que domina la voluntad de muchos políticos y que se impone a los deberes que tienen con la población a la que se deben, porque es esta ausencia la que minó a dos empresas significativas para el desarrollo y crecimiento de México: Pemex y CFE. Los dos monopolios de los que se valió el Estado mexicano durante las muchas décadas de gobiernos priístas para servirse a discreción de sus haberes, coludidos con la gavilla de líderes sindicales corruptos hasta la ignominia. Toda una caterva de intocables que se hicieron ricos a perpetuidad, no sólo ellos, sino toda su descendencia, entre otros el sinvergüenza de Romero Deschamps, senador de la República… qué méritos. 

Fortunas groseras, insultantes, salieron del estercolero “pemexiano”. Y CFE, la misma historia de abuso y complicidad gansteril de su sindicato y los gobiernos tricolores. Y la forma de romper ese monolito se estableció en la satanizada Reforma Energética, que ahora es a la que le cargan, precisamente quienes no la aprobaron, el disparo del precio de la gasolina. El precio del barril de petróleo hoy está por los suelos, el Gobierno de Enrique Peña Nieto ya no puede pagar la conversión de petróleo en gasolina a los norteamericanos, y no batalla, lo más cómodo, se lo carga a los mexicanos vía impuestos. La falta de sensibilidad, de compromiso, de responsabilidad, es carta de presentación de la administración peñista. 19 millones de mexicanos les concedieron el retorno en 2012 porque “ellos sí sabían gobernar”. Aquí está la evidencia. Escucharlo balbucear explicaciones en los informativos nacionales y planes de resarcimiento es francamente deleznable, y si a esto le suman las declaraciones del flamante coordinador de la bancada priísta de la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión, estamos aviados para el abismo. La debacle que hoy se ventila en la calle por los agraviados es una pena que sea contaminada por vándalos pagados por quienes el país les importa una pulga y dos con sal. No se vale ensuciar una protesta legítima. Y el “Peje” se frota las manos. Nomás hay que voltear a Venezuela, se la tragó el mesianismo de Chávez y el remate lo está consumando su mozo de espadas.