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Nuestros humanos ciclos

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Si son las cosas simples, las sencillas… ¡sí, señor!, las que le dan sentido a la vida y son en las que menos reparamos, quizá porque son tan cotidianas que ya no nos despiertan sorpresa, pero probemos a que ya no son nuestras y ya verá cómo aplica como anillo al dedo el dicho de que “nadie sabe el bien que tiene hasta que lo ve perdido”. Sí, la vida es hermosa y cada uno es protagonista de la propia. Cuando abre una la ventana por la mañana y entra el caudal del sol para iluminarlo todo, es para que nos pusiéramos de rodillas nomás por poder verlo, cuántos hay que no tienen tamaño privilegio, porque perdieron la vista o porque nacieron sin ella. La vida es un milagro glorioso y uno está en libertad para poder hacer con ella cosas excelsas o deleznables… ¿Por qué hay quienes se empeñan en desgraciarse la propia y no conformes arremeten contra las ajenas?

Y no sólo es abrir la ventana de par en par, sino poder hacerlo por ti mismo, moverte… moverte es una maravilla; hay personas para quienes eso está proscrito, es poco menos que imposible. Pregunte a alguien que está postrado en una cama o de fijo en una silla de ruedas. Si es que somos tan poco agradecidos… pero es buen momento para enmendar camino. Es momento, hoy que se cierra un ciclo de año, de agradecerle a Dios por la familia, por esa preciosa paternidad, maternidad, fraternidad de sangre, filia de genes, que nos vinculan para siempre, y también por la extendida en la que cabe la parentela política. Es momento para dar gracias por el esposo o por la esposa, compañeros de vida y de jornada que se vuelven parte de uno mismo, y son casi, casi… como dice la canción “como el aire que respiramos”. Yo le agradezco a Dios por el mío, porque me ha hecho muy feliz y eso vale por todo. Gracias también por mis hijos y por mis nietos, que son bendición eterna.

Gracias Dios por los amigos, y vaya que los tenemos. Lazo tan noble el de la amistad, benditos amigos que no nos dejan sentirnos solos. Gracias también por los recuerdos, que nos alimentan el alma. Agradezcamos de hinojos por la tierra y el viento, por los mares, por los ríos, por los cielos prístinos y por los nublados, porque son reflejo fiel de la grandeza del Creador. Mil gracias por el antes y el después, porque la historia del primero nos debe ser útil para el segundo. Así se aprende, y aprender es lección de vida. Pobres de aquéllos que se niegan ese aprendizaje porque se condenan a repetir y repetir los mismos yerros, y con ellos la frustración y la desesperanza tienen mano libre.

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Es buena fecha, el último día del 2016, para la reflexión del año que concluye y para los propósitos del que ya viene. Tomemos conciencia de los momentos o situaciones difíciles por los que hemos logrado transitar y recapitulemos sobre la experiencia que hemos adquirido, ya sabemos más que ayer, esto nos vuelve más sabios y equilibrados. Apreciemos los logros obtenidos y lo que hemos podido alcanzar en estos 365 días que prácticamente son historia, agradecer por ellos coadyuvará a que generemos sentimientos y pensamientos positivos, de ésos que sirven porque construyen.

No son tiempos fáciles los que vivimos, y más vale no perderlo de vista, no para amargarnos ni para ver las cosas como tragedias irremediables, sino para todo lo contrario. Nuestra comunidad necesita que participemos en sus asuntos, porque son nuestros, y la única forma en que podemos transformar lo que nos disgusta porque nos afecta de manera negativa, es siendo parte de la solución, generando el remedio para curarlo. Ser mirones de lejos, renegones de cuatro paredes, gritones de noticieros… no ayuda en nada, y usted lo sabe, mi estimado y respetado leyente. Los cínicos y los ladrones que medran o han medrado de la hacienda pública seguirán haciéndolo hasta que usted decida que nunca más. Pero me juré que en estas reflexiones de fin de año habría una tregua, y estoy obligada a cumplirla.

Le abrazo con el corazón y le deseo a usted y a sus seres queridos un 2017 pleno de bienaventuranzas. ¡Feliz Año Nuevo!