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A la memoria de Sergio González Rodríguez

En la vertiente continental de la política exterior mexicana, como en tantas otras cosas, izquierda y derecha radicales no tienen punto de convergencia. Genéricamente, una es latinoamericanista y la otra proyanqui (a la inversa de lo que ocurría en el siglo XIX, dicho sea de paso, si consideramos izquierdistas a los liberales y derechistas a los conservadores); específicamente, los socialistas están con Cuba, Venezuela, Bolivia, Ecuador, Nicaragua y cualquier país de América Latina que adopte alguna modalidad de anticapitalismo, y los neoliberales están con la ortodoxia republicana estadounidense. Ni los primeros quieren nada con Colombia o Perú o la Argentina post Kirchner ni los segundos querrían acercarse más a Estados Unidos si llegara al poder alguien como Bernie Sanders. En otras palabras, la afinidad ideológica se impone sobre la cultura y la geopolítica. Impensable hacer de México un gozne entre Norteamérica y Latinoamérica.

La crisis venezolana pone de manifiesto esta tradición mexicana. El gobierno de Nicolás Maduro ha encarcelado a Leopoldo López y a otros miembros de la oposición y el Tribunal Superior le arrebató momentáneamente sus funciones a la opositora Asamblea Nacional. Algunas voces en nuestra izquierda justifican eso con el argumento de que la oposición en Venezuela obedece a un plan desestabilizador gringo. No dudo de que el Tío Sam esté metiendo su cuchara (cucharón, pues) como siempre hace en contra de regímenes que atentan contra sus intereses, pero de ahí a presentar a todos los opositores como títeres media un abismo. Además, la defensa de los derechos humanos y de la democracia (sí, la liberal, la realmente existente) no debe supeditarse a la ideología de las víctimas o de los representantes democráticamente electos. Cuando la derecha esté dispuesta a rechazar un golpe de Estado contra Maduro y la izquierda a protestar contra los intentos de desaparecer el Poder Legislativo venezolano por parte de un Poder Judicial sujeto a presiones del Ejecutivo (a los progresistas mexicanos esto nos debería sonar indignantemente familiar) podremos hablar de cultura democrática. Por lo pronto yo, como diputado de oposición y como demócrata, no puedo callar ante el asedio a la Asamblea y por tanto a la división de poderes en ese país hermano.

Ahora bien, esta posición no tiene por qué impedir el análisis objetivo de lo que sucede en la política exterior de México respecto a Venezuela. Son asaz sospechosos el reciente endurecimiento de nuestra Cancillería hacia Caracas y el hecho de que apenas hace unos días Enrique Peña Nieto, tras varias negativas, se haya reunido con Lilian Tintori (cuando yo la recibí como presidente del PRD, para disgusto de algunos de mis compañeros de partido, él se había negado a hacerlo). La suspicacia en torno al injerencismo estadounidense vale lo mismo allá que acá. Puesto que, frente a la crisis venezolana, Peña Nieto ha transitado en unos meses de su visión anacrónica de la no intervención a un activismo inusitado, no puede evitarse la inferencia de que el tema ha estado en la mesa de negociaciones de Luis Videgaray con el equipo de Donald Trump. Y no aplica el “haiga sido como haiga sido”; cuando se toman decisiones por las razones equivocadas el resultado es equivocado. Como tampoco aplica el “no hagas cosas buenas que parezcan malas”; la lógica de quienes actúan por consigna ajena y la de quienes actuamos por convicción es distinta, y la diferencia se podrá apreciar en torno a la injerencia de Estados Unidos en nuestra elección (ellos no quieren a un izquierdista antiyanqui, pero nosotros tenemos que aguantar a un derechista antimexicano). En todo caso, me gustaría ver a Peña y a Videgaray plantarse ante Trump con la misma firmeza con la que se están plantando ante Maduro.

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En fin. Habrá que observar la conducta del gobierno mexicano tanto en el caso de Venezuela como frente al aparente viraje de Donald Trump, que habría sido provocado por los checks and balances de su país. Su antimexicanismo puede mermar si su decisión de bombardear Siria no se queda en el manotazo a Assad y en el mensaje de dureza a Irán, Corea del Norte y China (con respecto a Rusia tengo mis dudas) y fortalece al Estado Islámico o exacerba el conflicto. Si eso ocurriera se acabarían los pretextos en contra de endurecer, por fin, la postura de México en su relación con Estados Unidos.

 

@abasave