Diez millones

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El inefable “bono navideño” ha puesto en la picota a la Cámara de Diputados. Muchos no entendemos la decisión de otorgarlo de la Junta de Coordinación Política, el órgano de coordinadores controlado por el del PRI, cuya bancada es mayoritaria. Ese puñado de personas siempre ha decidido en la opacidad prácticamente todo. Por ello la inmensa mayoría de los diputados, los de tropa, nos enteramos del bono cuando EL UNIVERSAL, haciendo periodismo del bueno, lo descubrió. Por razones morales que son evidentes en un país en que la mitad de la población vive en la pobreza, los recursos “bonificados” debieron haber sido destinados a programas sociales. Los legisladores estamos muy bien pagados y la situación del país exige un esfuerzo de austeridad. Pero si ese razonamiento no fuera suficiente, el instinto de supervivencia de una clase política repudiada por la sociedad debió haber inhibido el dispendio. Incurrir en él fue ver la tempestad y no arrodillarse, o no ver la tormenta por miopía de impunidad. La Cámara, blanco frecuente y fácil de palizas mediáticas por notas de punch como esa (y porque pocos medios se atreven a hablar de la corrupción del presidente y su gabinete), se ganó a pulso una más.

Ahora bien, examinemos el otro lado del mostrador. Yo decidí donar el famoso bono a dos organizaciones altruistas ejemplares. Eso provocó que se me criticara en el programa radiofónico de Denise Maerker, porque ella determinó premiar frente a su auditorio exclusivamente a quienes lo rechazaran. El viernes le expliqué al aire mi posición. Desde septiembre del año pasado rechacé el seguro médico privado que se otorga a los diputados, hace un mes rechacé las decenas de millones que me tocaba asignar del “fondo de moches”, luego voté en contra del Presupuesto 2017 y hace dos semanas presenté una iniciativa para rechazar el mecanismo perverso de los “moches” (y ninguno de mis rechazos me hizo acreedor al premio). En esta ocasión preferí donar los 150 mil pesos porque de otro modo se darían a otros legisladores que los gastarían. Me hicieron reflexionar las reclamaciones que recibí por no haber asignado en su momento los recursos millonarios para obras en comunidades que las pedían a gritos. No son iguales, por cierto, las circunstancias de mis dos decisiones, porque los millones de “moches” que rechacé (creo que fui el único que lo hizo) acabaron siendo asignados, al menos en su mayor parte, a obra pública. Pero mi defensa fue inútil. Se me condenó bajo una lógica desconcertante: la única opción correcta es no aceptarlo, y no caben diferencias entre gastarlo bajo los usos y costumbres de la politiquería camaral y donar ese dinero a quienes tanto lo necesitan.

El motivo de mi desconcierto es que una periodista inteligente y rigurosa como Denise prefiera premiar (y castigar) a los diputados con un criterio que excluye el cotejo de historiales (hay que ver las trayectorias de algunos de los premiados), empezando por el de esta Legislatura. Eso incentiva la astucia y el oportunismo, no la honestidad. Y es que involuntariamente se está replicando la postura de los mandarines priístas, a quienes irritó que algunos anunciáramos que donaríamos el bono porque trastocamos sus designios de engrosar cuentas personales (aunque hay quienes sí usan los recursos para pagar estructura de gestoría, el esquema no está pensado para ellos sino para quienes aceitan el engranaje de complicidades de la partidocracia). No es fortuito que el vicecoordinador de los diputados del PRI haya pontificado contra la donación del dinero (aunque después lo desautorizaron). Traducción: no se les ocurra salirse del huacal.

Yo no pedí ni avalé ese bono, ni tengo o busco clientelas. Quiero que este hecho hoy consumado no se repita, y para ello tiene el mismo efecto rechazarlo o donarlo, siempre y cuando se exhiba la corruptela presupuestal. Y no me quejo de que se cuestione mi donación sino de que se me meta en el saco de quienes no quieren cambiar las cosas. Por lo demás, es probable que al terminar la LXIII Legislatura vuelva a la academia y me aleje de la indignación que hace pagar a justos por pecadores. Prometo juzgar con cuidado a quienes sigan haciendo política, porque lo que está en juego es algo más que reputaciones personales: es la democracia misma, en riesgo de quiebra por nuestra política corrupta, que desoye a la gente, catalizado por nuestro periodismo, que a menudo solo dice lo que la gente quiere oír.

 

@abasave