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Si el presidente se decide a defender con firmeza, dignidad e inteligencia a los mexicanos, podrá gestar una verdadera unidad para hacer frente a la amenaza trumpiana

En México el consenso es el polizón de la democracia. Es un representante del viejo autoritarismo que se embarcó sin boleto en la transición democrática y, de manera inaudita, logró colarse hasta la tripulación. No hablo de acuerdos construidos a base de discusión, intercambio de ideas y convencimiento, sino de la imposición abierta o solapada de designios cupulares. Y es que, salvo en momentos excepcionales, a la mayoría de los mexicanos le molesta la confrontación y le fascinan los actos de autoridad, que suelen acabar en aquiescencia generalizada. Aunque esto tiene su origen en incentivos perversos, los regímenes de tlatoanis, virreyes, caudillos y autócratas han gestado una inercia cultural.

A lo largo de varios siglos las élites han permeado sus decisiones a la base de la sociedad bajo la premisa de que la “desunión” -léase el rechazo a la hegemonía- frena el progreso. Que el ardid siga funcionando en tiempos de rebeldía contra el establishment solo puede explicarse por el arraigo en México de la noción de que la unanimidad es la fase superior del patriotismo.

Tengo para mí que eso no es saludable para la democracia. La ausencia de disenso, la obsesión por consensuar posturas, atrofian el espíritu democrático. Una cosa es debatir y respetar el resultado de una votación y otra inhibir el debate e imponer la voluntad de los poderosos mediante la cooptación o el sojuzgamiento. Está bien que se discuta libremente y que la deliberación desemboque en el triunfo de un grupo mayoritario; está mal que se evada la confronta de visiones para que prevalezca lo acordado en un cenáculo minoritario que solo se representa a sí mismo. Los llamados a la unidad nacional, que a menudo esconden la búsqueda de apoyo social a líderes impopulares o desprestigiados, apelan a esa mexicanísima tradición.

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Hoy presenciamos una manifestación más de este fenómeno. El presidente Enrique Peña Nieto, que se ha acuartelado en su partido en detrimento de su papel de jefe de Estado, convoca a la unidad de cara a la Presidencia de Donald Trump en Estados Unidos. Es decir, quien desde su posición de poder está favoreciendo facciosamente al PRI y perfila el empleo de todo el aparato del gobierno para que los priistas ganen las elecciones en 2017 y 2018, el mismo que se ha agachado frente a Trump, nos pide que nos unamos por nuestro país. Apela, mañosamente, a nuestras fibras patrióticas mediante un llamado políticamente correcto. En tal circunstancia se imponen tres preguntas. 1) ¿Cuál es exactamente la amenaza a la que implícitamente alude?; porque lejos de aceptar que el trumpismo es un peligro para México, Peña Nieto ha dicho reiteradamente que representa una “oportunidad”. 2) ¿En torno a quién y a qué nos pide unirnos?; porque si nos exhorta a respaldarlo como líder de los mexicanos para defender nuestros intereses tiene que dejar de consentir a Donald Trump y demostrar que tiene los arrestos para negociar con él desde una posición firme, digna e inteligente. 3) ¿Cuál es su estrategia ante las inminentes acciones unilaterales del bully estadounidense? Porque solo nos ha anunciado acciones consulares menores y, para colmo, corre el rumor de que nombrará secretario de Relaciones Exteriores o al menos embajador en Washington a Luis Videgaray, el artífice de la humillación del 31 de agosto en Los Pinos, el hombre que se ha convertido en representante oficioso de Trump en México.

¿Unirnos por decreto para apoyar la sumisión? No, gracias; si de eso se trata, los mexicanos nos apostaremos en otras trincheras para defender a nuestro país. Esa unidad se construye con discusión y se gana con un liderazgo a favor de México, y aquí no existe ni una ni otro. En la Cámara de Diputados, por ejemplo, no hay debate: todo se “plancha” en la Junta de Coordinación Política, y en el Pleno opera la aplanadora del PRI para aprobar lo pactado. Y en este caso, la canciller solo ha accedido a reunirse con la JUCOPO, sin comparecer siquiera ante la Comisión de Relaciones Exteriores. Si el presidente se decide a defender con firmeza, dignidad e inteligencia a los mexicanos, podrá gestar una verdadera unidad para hacer frente a la amenaza trumpiana. Pero si mantiene su actitud pusilánime y pretende imponer un consenso artificial, a la vieja usanza, se puede llevar una desagradable sorpresa.

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