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Habrá incertidumbre en el último tercio de este sexenio, sin duda, pero todo indica que Enrique Peña Nieto está cierto del papel que jugará. Decidió tomar partido, literalmente, privilegiar su carácter de jefe de gobierno y jefe del PRI por encima del de jefe de Estado. No es una obviedad: en un régimen presidencial como el nuestro el Ejecutivo personifica ambas jefaturas y, ante su bajísimo porcentaje de aprobación y los nubarrones que se ciernen en el horizonte económico del país, Peña Nieto pudo haber escogido procurar la unidad a la que apela discursivamente. No lo hizo. Por el contrario, optó por afianzar el control de su partido; metió al Consejo Político Nacional priísta a buena parte de sus colaboradores, asistió a la sesión de ese órgano y desplegó ahí las ansias militantes de un novel dirigente municipal.

Previamente había designado secretario de Desarrollo Social a un operador de cañerías político-electorales y había lanzado en su estado, con todo el poder del aparato y sin pudor alguno, una campaña de enganche del voto y una ofensiva para impedir una alianza opositora en la elección mexiquense del año próximo. Es decir, el presidente le prendió fuego a lo que quedaba de su plataforma formal de árbitro y de articulador de voluntades.

No me parece deseable, pero es comprensible. Su impopularidad tiene varios efectos secundarios: deja al priísmo —a la mitad del priísmo, de hecho— como su única base de apoyo, reduce su potencial seductor frente a la oposición —aunque no lo anula, como se puede ver en el Congreso— y le permite vislumbrar el infierno de una ex Presidencia sin la protección partidaria. Y es que Peña cruzó el Rubicón y ya no puede dar marcha atrás: son tantas las pillerías y los desatinos que no hay manera de maquillar la realidad y menos de enmendar el rumbo. Demasiada corrupción, por lo demás, para tan poca bonanza. De ahí el intento desesperado de blindarse como buscaron hacerlo los gobernadores de Veracruz y Quintana Roo con un fiscal transexenal a modo —cuyo perfil de subordinación lo volvería inelegible en cualquier otra parte del mundo—, un flagrante despropósito que acabó por derribar las complicidades pactadas en el Senado. Pero no nos confundamos: el hecho de que el PRI-gobierno empiece a pensar con quién le conviene perder no quiere decir que haya renunciado a tratar de ganar cueste lo que cueste.

La apuesta presidencial, pues, es aferrarse a los únicos que le aplauden y resistir el huracán Donald (con Trump, por cierto, Enrique Peña Nieto y Luis Videgaray siguen empecinados con una política de “buenos vecinos” en la que nosotros seamos los buenos y ellos sean los vecinos). El presidente se atrincheró: dio órdenes al priísmo de “no inventar el hilo negro”, es decir, de no legislar más en torno a los gobiernos de coalición. No quiere armisticios. Y parece que se quedará pertrechado, rodeado de su guardia pretoriana tricolor, en espera del asalto final o de lo que podría convertirse en una tormenta perfecta. Y es que, para colmo, se irá del Banxico Agustín Carstens, el aguafiestas cuyo realismo refuta el optimismo peñanietista, y se quedará en algún lugar Luis Videgaray quien, como representante de Donald Trump en México y desde el control del partido y de medio gabinete, presiona al presidente para que lo reubique.

Ni hablar. Tengo para mí que habría sido mejor que Peña Nieto tendiera puentes de cara al 2018 y a una posible ruptura pactada. Pero la soberbia es mala consejera, y si hace contacto con el miedo genera una reacción peligrosa. En agosto de 2012, uno de los alfiles del candidato ganador nos amagó a varios académicos: “no se les olvide de qué lado va a estar el poder”. Por si alguna duda me quedaba, aquel prepotente afán intimidatorio me corroboró que su gobierno iba a ser muy malo para el país, aunque nunca imaginé que llegaría a este nivel de descomposición. Hoy confío en que la desgracia nacional termine en un cambio de régimen. Huelga explicar que sería un error echar las campanas a vuelo; muchas cosas pueden pasar en los dieciocho meses que nos separan de la elección, en los que los opositores sentiremos “todo el peso del águila”, como les gusta decir a algunos priístas. Eso sí, ya sabemos a qué atenernos. Las cartas están echadas.


@abasave