memo-anaya-01

Ratio: 0 / 5

Inicio desactivadoInicio desactivadoInicio desactivadoInicio desactivadoInicio desactivado
 

Ya lo sabe, literalmente, todo el mundo. Hay un gran enojo social hacia “el sistema” que se manifiesta en hambre de heterodoxia y sorpresas electorales. Lo que nadie sabe a ciencia cierta es quiénes conforman ese sistema y por qué provoca tanta indignación. Sobran análisis, algunos sofisticados, otros silvestres. Con todo, no me parece aventurado decir que el voto antisistema se opone a la desigualdad y la corrupción. Millones de ciudadanos están enojados porque, mientras ellos sufren carencias, casi todos los políticos y los empresarios gozan de privilegios, y se enfurecen cuando ven que esos privilegios son producto de corruptelas. Y sí, su irritación suele discurrir por cauces irracionales. En Estados Unidos los trabajadores resentidos con el establishment eligieron a un presidente multimillonario mimado por el establishment cuyo proyecto económico es muy parecido al Trickle Down de Reagan del cual se benefició precisamente el establishment: menos impuestos a los más ricos para que generen riqueza y que de ella chorreen gotitas para los pobres. El resultado global de ese modelo ha sido una engañosa reducción de la pobreza en una sociedad mucho más desigual.

Hace dos semanas dije en este mismo espacio que mucha gente está tan sedienta de cambio que se arroja sobre el espejismo a beber arena. Es el caso de una buena parte de los estadounidenses que votaron por Trump. Y hace un año dije en mi libro La cuarta socialdemocracia que el gran empresariado no se ha dado cuenta de que debe pagar el precio de la paz social -con una reforma fiscal progresiva en la que paguen más quienes más tienen- como lo hicieron en la Europa de la Treintena Gloriosa (1945-1975) los empresarios sensibilizados por la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial. Creo que los blue-collar workers de Estados Unidos se van a decepcionar más temprano que tarde de su elección, y que cuando pase la borrachera xenófoba y aislacionista y se percaten del ensanchamiento de la brecha entre los de arriba y los de abajo que provocará el trumpismo y de la corrupción de un presidente que privilegiará a sus propias empresas, reaccionarán con más rabia de la que se desató en los recientes comicios de su país. Solo espero que para entonces los dueños del gran capital hayan adquirido la sensibilidad para impulsar una globalización más pareja.

En México, donde la inequidad es enorme, debemos poner nuestras barbas a remojar. Los movimientos de inconformidad son aquí más telúricos, si bien de consecuencias igualmente impredecibles. Quiero pensar que la decisión de la COPARMEX de aceptar un aumento significativo al salario mínimo refleja la concientización por parte de los patrones de esa realidad, y hago votos para que los empresarios mexicanos, particularmente los más grandes, no esperen a otra crisis económica global, a algún tipo de conflagración o estallido popular para avalar un cambio en el modelo económico que produce tanta desigualdad. La idea de que los avances tecnológicos han esparcido en el mundo de hoy un piso de bienestar más alto que el de ayer y que por tanto las quejas globalifóbicas son infundadas es azas peregrina. La democratización de la información y del conocimiento ha elevado la exigencia de las sociedades. Paradoja ineluctable: los males de la globalidad se potencian gracias a los bienes de la globalidad.

La enfermedad del siglo XXI es la desigualdad y su causa-efecto es la corrupción. La fuente del enfado es, a juicio mío, la sensación de engaño. La gente se siente engañada porque sus representantes no la representan: le prometieron una casa común y recibió un hotel segmentado. Los aldeanos globales viven en una cercana lejanía: desde sus habitaciones comunes puede ver el interior de las suites. Cuidado. Pocas cosas desatan más ira que el desengaño.

PD: Hay encrucijadas en la historia en que no hay más que dos caminos, y México está frente a una de ellas. Hoy la principal disyuntiva de la oposición no está entre la izquierda y la derecha sino entre la honestidad y la corrupción. Y no hay manera de eludirla: veremos cuáles senadores del PRD y del PAN apoyan a un fiscal general y un fiscal anticorrupción verdaderamente autónomos, comprometidos con la ética política, y quiénes se venden al PRI-gobierno para que se quede el #FiscalCarnal y llegue alguien más a fuer de tapadera de la cleptocracia que está desgobernando a los mexicanos.


@abasave