Diez millones
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Los mexicanos aplaudimos más el triunfo fácil del pícaro habilidoso que el sufrido ascenso del responsable esforzado.

Mi refutación del dicho presidencial de que la corrupción es un fenómeno cultural se quedó corta el lunes pasado por falta de espacio. Afortunadamente, las recientes declaraciones de Javier el Chicharito Hernández sobre lo que él considera un vicio idiosincrático me dan ahora la oportunidad de abundar en el tema. El futbolista habló fuerte. A su juicio, el triunfo de un mexicano suscita más críticas que elogios en otros mexicanos. No es, desde luego, el primero que lo dice. La metáfora de la cubeta de cangrejos se ha vuelto un lugar común. De hecho, las declaraciones del jugador me trajeron a la mente la vieja sentencia de José Vasconcelos en el sentido de que en México se perdona todo menos el éxito.

La envidia es un defecto universal, a no dudarlo. Pero cabe preguntar: ¿hay más envidiosos en el nuestro que en otros países? No lo sé, pero estoy seguro de que, si así fuera, no se debería a una tara genética sino a un individualismo exacerbado causado por un déficit de identidad colectiva que nos haría percibir las victorias de un compatriota como algo ajeno y cuestionable. Es decir, este comportamiento tendría un origen histórico, una causalidad circunstancial, y como tal sería corregible. La cultura no es estática; fluye y cambia cuando mutan las circunstancias.

El Chicharito no mencionó, sin embargo, otra conducta que se manifiesta en torno a su figura y que para mí es más clara. Me refiero a las críticas que recibe por no ser un futbolista superdotado cuyo éxito esté libre, casi literalmente, de tropiezos. Y es que los mexicanos aplaudimos más el triunfo fácil del pícaro habilidoso que el sufrido ascenso del responsable esforzado. Es común que en nuestras escuelas muchos alumnos admiren al adolescente avispado -a menudo bully- que llega al examen sin estudiar y que con un “acordeón” o con su destreza para copiarse del “matado” -el nerd que sí dedica bastante tiempo a prepararse- saca una buena calificación. Javier Hernández es un gran jugador; es rápido, inteligente, seguro de sí mismo y posee un fabuloso instinto goleador, pero no tiene la habilidad natural o una técnica tan depurada como la de Ángel Reyna, por citar un ejemplo antitético. Hernández compensa con creces ese diferencial de talento con trabajo, perseverancia y responsabilidad: entrena más que nadie, es disciplinado, respeta a sus compañeros, no parrandea en la víspera de un partido. Eso explica que él haya triunfado en las mejores ligas de Europa, mientras Reyna ya ni siquiera juegue en la primera división de México. Y me parece que el hecho de que Javier haya tenido que esperar en la banca y que a veces se enrede con el balón o anote goles extraños -como los que en su momento anotaba Enrique Borja- provoca el injusto desprecio de algunos aficionados mexicanos. Creo que no ser un prodigio sino alguien que tiene que entrenar duro, un futbolista tesonero que además es un buen muchacho, le resta admiradores.

Hace unos años escribí un artículo en el que pedí la “chicharización” de México. Propuse que los mexicanos aprendiéramos a valorar las cualidades del Chicharito más que las de los taimados y mañosos que toman atajos cómodos y no desarrollan al máximo su potencial. Hoy reitero que los mexicanos podemos cambiar y no a base de sermones sino de incentivos: aumentaremos nuestra cohesión social y con ella nuestra solidaridad nacional en la medida en que disminuyamos la desigualdad y contrarrestemos la discriminación, y superaremos nuestros antivalores cuando construyamos las condiciones para que el gandayismo tramposo sea castigado en tanto que el esfuerzo honrado sea premiado. Yo, por lo pronto, le expreso a Javier Hernández mi admiración por sus extraordinarios logros, sobre todo porque los ha forjado con una destreza que debe menos a su materia prima que a su voluntad.

PD: Bob Dylan, poeta. El otorgamiento del Nobel de Literatura a un compositor de canciones populares ha escandalizado al esnobismo de la “alta cultura”. Cierto, la Academia sueca se ha equivocado muchas veces -no se lo dio a Kafka ni a Joyce ni a Borges ni a Reyes o Rulfo o Fuentes- pero esta vez el alboroto emana de una falacia: la de que solo el alambicamiento del lenguaje lleva a la estética literaria. Habría que analizar el caso de Dylan, de quien solo conozco sus canciones más famosas, pero yo celebraría que le dieran el Nobel a Serrat, por ejemplo. Hace daño la entronización de la falsa poesía del arcano, que envuelve en un disfraz misterioso incoherencias que supuestamente solo los iniciados pueden descifrar. Nos hace falta otro Jaime Sabines para revalorar la compleja sencillez de la belleza.