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En México están dadas las condiciones para que resulte más fácil evadir o violar la ley que cumplirla

Cuando prolifera en un país durante mucho tiempo, la corrupción genera una suerte de inercia cultural. Entonces se puede hablar de la corruptela como vicio idiosincrático al que no es ajeno ningún sector de la sociedad. Es, a mi juicio, el caso de México. Pero entre ese comportamiento inercial de muchos mexicanos y la tesis de que ser corruptos es inherente a nuestra cultura media un abismo. Las causas de la corrupción rampante son incentivos perversos que hacen que sea más redituable corromperse que mantenerse honesto; en México están dadas las condiciones para que resulte más fácil y conveniente evadir o violar la ley que cumplirla. La corruptela emana de un análisis costo-beneficio, lo mismo en un ciudadano común (una mordida es la salida más barata y rápida de un problema o de trabas burocráticas) que en un político, un empresario o un líder sindical (la suma de privilegios ilegales o inmorales facilita su enriquecimiento), mientras que la secuela cultural se manifiesta en el rechazo a cambiar la legislación corruptora acercando la norma a la realidad y a erradicar uno de sus componentes esenciales, que es la impunidad.

Enrique Peña Nieto justifica la corrupción con el razonamiento culturalista. De hecho, su argumentación rebasa el ámbito de la mexicanidad y se interna en una suerte de esencialismo. Sugiere que corromperse está en la naturaleza humana, lo que implica una doble ligereza: suponer que la corrupción es necesariamente generalizada e ineluctable. Hay un contraargumento fáctico que no por manido es menos certero. Me refiero al ejemplo del mexicano que de este lado de la frontera maneja a exceso de velocidad y se pasa los altos, pero que al entrar a territorio estadounidense se cuida mucho de no hacerlo. ¿En unos segundos, al cruzar la línea divisoria, cambia su cultura milenaria? Por supuesto que no; actúa racionalmente en ambos lados, con base en su conveniencia: acá se comporta así porque llega más pronto a su destino sin recibir castigo, allá obedece la ley porque no quiere ser detenido y multado onerosamente sin la posibilidad del descuento de la mordida. Cierto, hay gente que no se guía por esos incentivos y siempre, aún cuando hacerlo es costoso, actúa con apego a la legalidad; pero hay más personas que se conducen de esa manera en los países donde les suele ir bien a quienes cumplen la ley y mal a quienes la violan, donde muy pocas trapacerías quedan impunes.

Pues bien, he aquí que el presidente Peña Nieto ha ignorado estas premisas conductuales y ha insistido en justificar la corrupción como algo natural e inexorable. Pero lo ha hecho en dos tiempos y con dos interpretaciones. Primero insinuó que la corrupción somos todos, quizá movido por la percepción de que él y su gobierno son corruptos. Este es el único tema en el que su discurso se ha alejado de la corrección política: en vez de declarar algo así como “voy a combatir la corrupción caiga quien caiga”, mandó entre líneas un mensaje que sonó a un “acostúmbrense”. Después, en un viraje discursivo (con aquello de que nadie puede arrojar la primera piedra), sus palabras adquirieron resonancias religiosas que evocaron un “perdónenme”. Es de celebrarse que la Biblia sea el libro que más lo ha influido, según dijo en la FIL de Guadalajara, y que valore la misericordia cristiana, pero en las cosas de este mundo es preferible ver a los pecadores apedreados, aunque sea por otros pecadores.

Vale la pena detenernos en la segunda interpretación. Si sus dichos bíblicos reflejaran un acto de contrición, tendríamos una noticia buena y otra mala. La buena sería que, ante la irreversibilidad de las percepciones populares sobre casas blancas y empresarios favoritos, su actitud se estaría acercando a la sinceridad que tanta falta le hace, y la mala que estaría confirmando las sospechas que ha suscitado (vox populi vox Dei) y acaso que esperaría que los mexicanos lo perdonemos a él (y de paso a su partido) de cara al 2018. Esta noticia no solo es mala: es inaceptable. Porque en todas las vertientes de la justicia, incluida la electoral, hay que dar al César CON lo que es del César y dar a Dios lo que es de Dios.

@abasave