Diez millones
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A El Universal, espejo centenario de anales
y análisis de un siglo mexicano.
Enhorabuena, Juan Francisco Ealy.

Un cambio de régimen no es un cambio de gobierno. La diferencia está en las leyes e instituciones y en su desdoblamiento en la realidad: si mediante elecciones o acciones violentas o rupturistas cambian los gobernantes pero se mantiene esencialmente el mismo entramado legal e institucional o el ejercicio del poder sigue rigiéndose por las mismas reglas no escritas, no hay transición. Por eso he reiterado que México requiere algo más que la sustitución del partido en el poder. Sacar al PRI de la Presidencia de la República en 2018 es condición necesaria pero no suficiente; es imprescindible crear un nuevo pacto social, un nuevo acuerdo en lo fundamental.

La solución de los grandes problemas nacionales no estriba en la mera mudanza de partidos, y menos en la de personas. Cierto, sin liderazgos fuertes no es posible cambiar las cosas, pero no basta el influjo de un líder para transitar de un régimen a otro. El camino de las revoluciones frustradas está pavimentado de providencialismos. Si bien un hombre o una mujer puede iniciar un renacimiento como cabeza de un movimiento colectivo, ningún país renace si los cambios que encarna esa persona no se traducen en leyes e instituciones diferentes y realistas, innovadoras y sólidas. Vuelvo a nuestro caso: a los mexicanos nos urge un giro copernicano en la manera en que nos gobernamos, mas el viraje no puede limitarse a los usos y costumbres ni puede venir del voluntarismo; tiene que constituir un nuevo orden jurídico para nuestra sociedad políticamente organizada.

Plutarco Elías Calles lo dijo pero no lo cumplió. No quiso pasar de un país de caudillos a otro de instituciones y de leyes -que habría sido la verdadera transición de la Revolución Mexicana- sino reemplazar al caudillo. Hoy no debemos pensar en caudillismos sino en institucionalismos. Y quien aspire a liderar el cambio de régimen debe plantearnos claramente su proyecto de nación, su diseño de Estado. ¿Reordenaría la actual Constitución o pediría rehacerla? ¿Reformaría el presidencialismo, instauraría alguna modalidad de parlamentarismo? ¿Qué haría con el Sistema Nacional Anticorrupción? ¿Qué modelo económico impulsaría? ¿Cómo enfrentaría la violencia criminal? ¿Cuál sería su política exterior? No se trata de vaguedades retóricas sino de las definiciones concretas y específicas de una agenda renacentista, tanto en términos legislativos como de políticas públicas.

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Yo estoy convencido de que no habrá cambio de régimen si no se consiguen al menos dos cosas. Por un lado, una alianza opositora de amplio espectro para ganar la elección del 2018. Por otro, un(a) buen(a) candidato(a) ciudadano(a) que suscriba un programa o plataforma consensuado por esa coalición de partidos y ciudadanos, que ha de ser tanto electoral como de gobierno. Pero si este programa no incluye una radical mutación de las reglas que hoy rigen a nuestra cosa pública no habrá nuevo régimen. Si prevalece el abismo entre norma y realidad, si las mayorías en el Congreso siguen siendo casuísticas e inestables, si no se combate de raíz la corrupción, si se conservan los dogmas neoliberales, si no hay una estrategia para enfrentar los desafíos de una unipolaridad que puede tornarse avasallante, habrá cambio de gobierno pero no cambio de régimen.

No faltará quien diga que este cambio no es indispensable. Yo tengo para mí que quienes creen eso no han calibrado la efervescencia del mundo y las turbulencias y presiones subterráneas de México, y necesitan que haya más barruntos de estallido social para entenderlas. Aunque todo indica que en lo que resta de este sexenio la correlación de fuerzas del Constituyente Permanente hará inviable una nueva Constitución, quizá sea posible aligerar y depurar la que tenemos. Así emprenderíamos el camino a un cambio de régimen pactado, tan profundo como pacífico y constructivo. ¿Por qué no empezamos a construirlo entre todos los partidos y toda la sociedad civil, y hacemos que ese tránsito ineluctable sea a un tiempo incluyente y transformador? Cierto, las elecciones no se negocian, pero las transiciones y hasta las rupturas deben pactarse. Gane quien gane en 2018 este país no va a poder sostenerse con el mismo andamiaje.

Diputado federal del PRD - @abasave