Agustín Basave

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Nuestros paisanos indocumentados piden más apoyo legal allá que apoyo de reinserción acá. Así de inhóspito sigue siendo nuestro país para ellos

La ofensiva del presidente Donald Trump contra México nos está orillando a reeditar lugares comunes. Es inevitable: cuando esgrime viejos estereotipos sobre el narcotráfico y la migración nos obliga a recuperar antiguos argumentos para refutarlos. Para muestra basta un botón, un fragmento de mi libro Mexicanidad y esquizofrenia, que comencé a escribir hace casi una década:

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El exhorto es muy potente, casi incontestable: México tiene que estar unido ante el desafío de Donald Trump. ¿Quién es el mal mexicano que se atreve a decir que no? Ah, pero las cosas cambian cuando pasamos de la abstracción retórica al significado concreto y específico de la pretendida “unidad nacional”. ¿Qué quiere decir eso, que ser patriota es apoyar las decisiones del presidente Enrique Peña Nieto y el canciller Luis Videgaray en lo que concierne a la relación bilateral con Estados Unidos? Y si lo que deciden es ostensiblemente equivocado, como ha sido el caso hasta ahora, y nos lleva a una situación más grave que la que tememos, ¿debemos unificarnos bajo su mal gobierno? Los convencidos de que México no debe negociar desde la sumisión sino esgrimir acciones en defensa de sus intereses en reciprocidad a la ofensiva estadounidense, ¿nos debemos callar la boca y caminar junto a los demás hacia el abismo? Hablan de traición a la patria; ¿quién la comete, el que se opone a un poder indigno y torpe o el que lo ejerce?

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Donald Trump es un bully que tiene a México en el primer lugar de su lista de países a avasallar. Lo inaudito es que, pese a que los mexicanos sabíamos eso desde que era el candidato republicano, Luis Videgaray y Enrique Peña Nieto apostaron por su triunfo y lo ayudaron a remontar un momento difícil en su campaña al invitarlo a Los Pinos. El mensaje que le regalaron fue potente: Trump lució “presidencial”; hizo que el presidente de la nación a la que más había atacado en sus discursos, a cuyos migrantes había insultado y amenazado una y otra vez, lo recibiera como jefe de Estado y le prodigara caravanas. Y el causante de ese humillante y monumental error fue el entonces secretario de Hacienda y hoy, insólitamente, secretario de Relaciones Exteriores. No, el 31 de agosto no se olvida.

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Para Camila, quien trae luz a un mundo en tinieblas

La hostilidad de Donald Trump va a perjudicar a México pero, por ahora, está beneficiando a Enrique Peña Nieto. Ha propiciado que parte del enojo social de los mexicanos deje de lado el gasolinazo para cerrar filas en defensa de México, y eso ha disminuido un poco la presión social sobre el presidente más impopular de nuestra historia reciente. En ese contexto, los spin doctors del gobierno cocinan una maniobra en medios y redes para señalar como antipatriotas a quienes critiquen a Peña Nieto. Son momentos de unidad, se dice, y todos debemos respaldarlo incondicionalmente. No importa que la inexperiencia y la pusilanimidad de Luis Videgaray estén arrastrando a Peña a una mala negociación; quien se queje de ello y exija de ambos la sagacidad y los arrestos necesarios para enfrentar a Trump será un mal mexicano. El peñanietismo apela a nuestros sentimientos patrióticos para orillarnos a seguir al presidente acríticamente, aunque sus equivocaciones nos estén llevando al abismo.

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La superpotencia del siglo XXI es, en cierto sentido, un imperio. No me refiero a la categorización histórica del imperialismo sino al hecho de que un país tan poderoso como Estados Unidos (EU) no extrapola su dinámica democrática interna a sus relaciones exteriores, en las cuales suele moverse por pulsiones hegemónicas. La civilización contemporánea le pone límites —puede haber temas y coyunturas globales en los que EU no se salga con la suya— pero su supremacía económica y militar a menudo le permite imponer su voluntad. Y si bien esa prevalencia varía en función de sus liderazgos y en algunas negociaciones puede obtener menores ventajas que en otras, es absurdo decir que otros Estados han abusado de EU.

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El error de EPN es hacer lo que Videgaray indica, pese al fracaso en su primer encargo

La tristemente célebre pregunta de Enrique Peña Nieto (EPN) sobre lo que los demás “hubiéramos” hecho se ha convertido en un formato para señalar sus yerros. Hoy voy a usarlo para señalar cinco despropósitos en torno al caso Donald Trump (DT), quien este viernes asume la Presidencia de Estados Unidos (EU).

1) Cuando DT empezó a disputar la candidatura presidencial, la consigna oficial mexicana era ignorarlo. Yo no lo habría subestimado (de hecho, el 8 de septiembre de 2015 dije en la Tribuna de la Cámara de Diputados que era muy peligroso y que había que tomarlo en serio).

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El desafío no es cambiar de gobierno sino cambiar de régimen, y eso es imposible sin la participación de una sociedad informada, organizada y actuante

En el diagnóstico hay pocas discrepancias. La Presidencia de Enrique Peña Nieto ha sufrido un enorme deterioro en los últimos cuatro años: el declive empezó a darse lentamente en 2013, por las movilizaciones de la CNTE, se aceleró en 2014 en dos puntos de inflexión -las atrocidades de Iguala y Cocula contra los estudiantes de Ayotzinapa en septiembre y la revelación por parte de Carmen Aristegui de la corrupción en torno a la “casa blanca” en noviembre-, se volvió caída libre a partir del 31 de agosto de 2016 por la visita de Donald Trump a México, y tocó fondo -dicen los optimistas- tras del gasolinazo y los consecuentes brotes de ingobernabilidad. No incluyo en este breve recuento la violencia criminal y las violaciones a los derechos humanos porque tengo para mí que han incidido un poco menos en el enojo antipeñanietista, tal vez por ser considerados una calamidad heredada.

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Vender la reforma energética con el argumento de que bajaría los precios de la gasolina fue un vil timo

Para Agustín, Alejandro y Francisco Salomón,
con la esperanza de dejarles un mundo menos enrarecido

No creo que la humanidad se esté volviendo loca: creo que está abriendo los ojos. Esto no es necesariamente un buen augurio porque no le gusta lo que está viendo —algo desagradable que se le había ocultado— y la defraudación no suele llevar a la sensatez. El capitalismo triunfante del siglo XX la engañó: le dijo que se habían acabado las ideologías, que había llegado al mejor de los mundos posibles, que el socialismo en cualquiera de sus manifestaciones había muerto y a todos nos esperaba una vida no sólo de libertades, sino también de una prosperidad razonablemente esparcida. La creencia permeó, porque la esperanza es como la acacia: capta cada gota de lluvia que le cae encima y crece. Y lo que cayó sobre la sociedad finisecular con la eclosión tecnológica de la información fue un aluvión de conocimientos que fertilizó la expectativa de que otras riquezas también se distribuirían, si no de manera equitativa sí de modo que el abismo trocara en brecha. Y he aquí que el abismo entre pobres más informados y ricos menos sensibles se ensanchó aún más. Si bien algunos de abajo y de en medio mejoraron su entorno de vida, los de arriba se mudaron a un penthouse aún más exclusivo pero visible desde los departamentos de (des)interés social.

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Hoy voy a ser aún más audaz que en otras fiestas decembrinas: voy a compartir en este espacio un par de textos que aspiraron a ser poéticos y que no me había atrevido a publicar

A mis padres, con la melancolía de una Navidad más sin ellos

En la temporada navideña los articulistas solemos escribir cosas distintas. Quizá por el ánimo entre festivo y nostálgico de las celebraciones, en vez de reflexiones en torno a la situación del país unos hacen recomendaciones de libros o discos, otros se ponen a filosofar, los menos recurrimos a reminiscencias y evocamos tiempos que se fueron para siempre volver. Acaso porque creemos que nadie nos lee en vacaciones, nos desinhibimos y decimos lo que normalmente compartimos, si acaso, con nuestros amigos o parientes más cercanos, pero que no solemos revelar a nuestros lectores. Y es que las redes sociales inauguraron un nuevo temor a la espontaneidad.

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El inefable “bono navideño” ha puesto en la picota a la Cámara de Diputados. Muchos no entendemos la decisión de otorgarlo de la Junta de Coordinación Política, el órgano de coordinadores controlado por el del PRI, cuya bancada es mayoritaria. Ese puñado de personas siempre ha decidido en la opacidad prácticamente todo. Por ello la inmensa mayoría de los diputados, los de tropa, nos enteramos del bono cuando EL UNIVERSAL, haciendo periodismo del bueno, lo descubrió. Por razones morales que son evidentes en un país en que la mitad de la población vive en la pobreza, los recursos “bonificados” debieron haber sido destinados a programas sociales. Los legisladores estamos muy bien pagados y la situación del país exige un esfuerzo de austeridad. Pero si ese razonamiento no fuera suficiente, el instinto de supervivencia de una clase política repudiada por la sociedad debió haber inhibido el dispendio. Incurrir en él fue ver la tempestad y no arrodillarse, o no ver la tormenta por miopía de impunidad. La Cámara, blanco frecuente y fácil de palizas mediáticas por notas de punch como esa (y porque pocos medios se atreven a hablar de la corrupción del presidente y su gabinete), se ganó a pulso una más.

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Si el presidente se decide a defender con firmeza, dignidad e inteligencia a los mexicanos, podrá gestar una verdadera unidad para hacer frente a la amenaza trumpiana

En México el consenso es el polizón de la democracia. Es un representante del viejo autoritarismo que se embarcó sin boleto en la transición democrática y, de manera inaudita, logró colarse hasta la tripulación. No hablo de acuerdos construidos a base de discusión, intercambio de ideas y convencimiento, sino de la imposición abierta o solapada de designios cupulares. Y es que, salvo en momentos excepcionales, a la mayoría de los mexicanos le molesta la confrontación y le fascinan los actos de autoridad, que suelen acabar en aquiescencia generalizada. Aunque esto tiene su origen en incentivos perversos, los regímenes de tlatoanis, virreyes, caudillos y autócratas han gestado una inercia cultural.

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Habrá incertidumbre en el último tercio de este sexenio, sin duda, pero todo indica que Enrique Peña Nieto está cierto del papel que jugará. Decidió tomar partido, literalmente, privilegiar su carácter de jefe de gobierno y jefe del PRI por encima del de jefe de Estado. No es una obviedad: en un régimen presidencial como el nuestro el Ejecutivo personifica ambas jefaturas y, ante su bajísimo porcentaje de aprobación y los nubarrones que se ciernen en el horizonte económico del país, Peña Nieto pudo haber escogido procurar la unidad a la que apela discursivamente. No lo hizo. Por el contrario, optó por afianzar el control de su partido; metió al Consejo Político Nacional priísta a buena parte de sus colaboradores, asistió a la sesión de ese órgano y desplegó ahí las ansias militantes de un novel dirigente municipal.

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Ya lo sabe, literalmente, todo el mundo. Hay un gran enojo social hacia “el sistema” que se manifiesta en hambre de heterodoxia y sorpresas electorales. Lo que nadie sabe a ciencia cierta es quiénes conforman ese sistema y por qué provoca tanta indignación. Sobran análisis, algunos sofisticados, otros silvestres. Con todo, no me parece aventurado decir que el voto antisistema se opone a la desigualdad y la corrupción. Millones de ciudadanos están enojados porque, mientras ellos sufren carencias, casi todos los políticos y los empresarios gozan de privilegios, y se enfurecen cuando ven que esos privilegios son producto de corruptelas. Y sí, su irritación suele discurrir por cauces irracionales. En Estados Unidos los trabajadores resentidos con el establishment eligieron a un presidente multimillonario mimado por el establishment cuyo proyecto económico es muy parecido al Trickle Down de Reagan del cual se benefició precisamente el establishment: menos impuestos a los más ricos para que generen riqueza y que de ella chorreen gotitas para los pobres. El resultado global de ese modelo ha sido una engañosa reducción de la pobreza en una sociedad mucho más desigual.

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Presidente Enrique Peña Nieto:

Le escribo estas líneas para expresarle mi preocupación por la situación de emergencia que podríamos enfrentar en los próximos dos años. Creo que su gobierno no acaba de entender que el triunfo del Sr. Donald Trump trajo muy malas noticias a México. Usted ha enviado al menos tres señales equívocas: 1) El tuit de “felicitación” que publicó al día siguiente de la elección refleja una visión positiva del desenlace electoral; en diplomacia cada palabra se escoge cuidadosamente y una cosa es decir “Respeto la decisión…” y muy otra escribir “Felicito…” (el comunicado cauteloso y condicional de Angela Merkel, jefa gobierno de un país mucho menos asediado por Trump que el nuestro, le puso el ejemplo). 2) Sus declaraciones en el sentido de que se nos presenta una “oportunidad” con la Presidencia del inefable republicano, a las que añadió sus razones para que seamos “profundamente optimistas”, no recogieron la contrariedad de millones de mexicanos ni la angustia de los paisanos que viven sin documentos allende la frontera. 3) Es evidente que se ha activado un lamentable spin mediático para reivindicarlo a usted y a su exsecretario de Hacienda como “visionarios” por haber invitado a México al candidato que resultó ganador.

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El resultado de la elección presidencial en Estados Unidos (EU) alegró a muy pocos fuera de ese país. La gran mayoría de los líderes políticos europeos ven a Donald Trump (DT) con preocupación o incluso con horror, incluyendo a varios conservadores (Merkel, por cierto, emitió un comunicado cauto y digno sobre la futura Presidencia de DT). ¿Quiénes aplaudieron su triunfo? Voy a hacer algunas conjeturas con base en hechos conocidos: Putin en Rusia, Le Pen en Francia, Farage en Gran Bretaña y… Enrique Peña Nieto (EPN) en México. Sí, aunque parezca increíble, el presidente del país al cual DT dedicó sus peores invectivas apostó por el candidato republicano y ahora recurre a su equipo de nado sincronizado mediático para difundir que EPN y Luis Videgaray (LV, todavía poder tras el trono) fueron reivindicados, porque el desenlace electoral tornó acertada su decisión de reunirse con DT.

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Lo que no me cabe en la cabeza es por qué las bancadas opositoras aprobaron el nombramiento. La mera posibilidad de que Raúl Cervantes sea el próximo fiscal debería haberlas llevado a votar en contra.

El Sistema Nacional Anticorrupción es un avance, pero no podemos echar las campanas a vuelo. Y es que, a mi juicio, la raíz de la corrupción mexicana está en nuestro vicio legislativo de abismar la norma de la realidad, alambicarla y generar así incentivos corruptores, y por ello creo que un combate radical al cáncer de México debería empezar con una nueva Constitución y una simplificación sistémica de nuestra legislación. Pero además de esta reserva tengo otra: si dos designaciones cruciales recaen en personas equivocadas, la letra del SNA podría volverse estéril. Me refiero al fiscal general, que reemplazará al procurador, y al fiscal que se encargará de los delitos relacionados con hechos de corrupción.

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