Diez millones
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Agustín Basave

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El Estado mexicano no vence al crimen organizado porque una gran parte de él se ha vuelto su socio, y derrotarlo sería derrotarse a sí mismo

Las llamas de la violencia forman ya parte del paisaje social mexicano. Abrasan una región tras otra, calientan los sectores productivos y queman a casi toda la sociedad. La delincuencia desorganizada y sobre todo el crimen organizado se han enseñoreado de México. Si alguien que se fue al extranjero en los albores de este siglo regresara ahora creería que está en otra parte del mundo. En cambio, quienes hemos vivido aquí de 2006 a la fecha hemos visto crecer la inseguridad al ritmo que, deplorablemente, decrece nuestra capacidad de estupor. Balaceras en lugares concurridos, cadáveres en las calles y en las fosas, feminicidios, violaciones, secuestros, desapariciones, extorsiones, pagos de piso. De esto hay diariamente miles de víctimas. Se trata, en pocas palabras, de una desgarradora y sangrienta descomposición del país.

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La sumisión es incapaz de producir un desenlace venturoso, el pragmatismo ramplón siempre se equivoca y la soberbia anula la posibilidad de la enmienda

Dos libros de reciente publicación son, a juicio mío, lectura obligada para entender el drama que vive México. Me refiero a Cárdenas por Cárdenas (Debate-PRH, México, 2016), la biografía del general realizada por el ingeniero, y a Encabronados (TdeH-Planeta, México, 2017), una crónica de las causas y los efectos del enojo mexicano escrita por Julio Hernández López. El careo entre el recuento histórico de aquel pasado y el escrutinio periodístico de este presente muestra una mutación que trasciende circunstancias temporales y nos lleva inevitablemente al contexto de la ética y la entereza del estadista. De los muchos contrastes que ilustran el abismo entre los gobiernos de Lázaro Cárdenas y Enrique Peña Nieto, uno de ellos me parece emblemático: el que deriva de cotejar el capítulo 19 de la obra de Cuauhtémoc y la segunda parte de la de Julio. Veamos.

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A Carmen Aristegui

¿Por qué el PRI-gobierno, siendo tan corrupto, aceptó legislar el Sistema Nacional Anticorrupción (SNA)? Responder que fue orillado a hacerlo por el enojo social es asentar una obvia parcialidad. Porque el suicidio es antinatural y por más presión que haya habido es impensable que el priísmo avalara el germen de su destrucción. He aquí la parte ignota de la respuesta: los priístas legislaron y operan con una ingeniosa estratagema para que no germine el SNA. El mismo ingenio que ayer les permitió administrar la pobreza con el apoyo de los pobres hoy les permite simular el combate a la corrupción con la aquiescencia de los engañados.

El mecanismo es complejo. La primera treta, que se usó en otras reformas, fue aprobar enmiendas constitucionales de avanzada con miras a restringir o de plano revertir sus alcances con las leyes secundarias. La segunda es más vieja y consiste en manipular las instituciones mediante la cuota mayoritaria del PRI en órganos colegiados y el nombramiento de funcionarios a modo a la cabeza de estructuras piramidales.

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Si bien es cierto que dos cabezas piensan más que una, no lo es menos que una buena legislación surgida de una buena cabeza puede ser deformada por una abigarrada multiplicidad de ellas

La frase se atribuye a Bismarck, aunque al parecer es de John Godfrey Saxe. En todo caso, se trata de una alegoría certera: como ocurre con las salchichas, más vale no ver cómo se hacen las leyes. En un régimen democrático, legislar no solo requiere conocimiento y pericia técnica sino también representatividad, y construir acuerdos en parlamentos de muchas personas de distintas ideologías es un proceso que a menudo resulta desagradable. Si bien es cierto que dos cabezas piensan más que una, no lo es menos que una buena legislación surgida de una buena cabeza puede ser deformada por una abigarrada multiplicidad de ellas: la deliberación enmienda errores, pero la negociación suele degradar aciertos.

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A la memoria de Sergio González Rodríguez

En la vertiente continental de la política exterior mexicana, como en tantas otras cosas, izquierda y derecha radicales no tienen punto de convergencia. Genéricamente, una es latinoamericanista y la otra proyanqui (a la inversa de lo que ocurría en el siglo XIX, dicho sea de paso, si consideramos izquierdistas a los liberales y derechistas a los conservadores); específicamente, los socialistas están con Cuba, Venezuela, Bolivia, Ecuador, Nicaragua y cualquier país de América Latina que adopte alguna modalidad de anticapitalismo, y los neoliberales están con la ortodoxia republicana estadounidense. Ni los primeros quieren nada con Colombia o Perú o la Argentina post Kirchner ni los segundos querrían acercarse más a Estados Unidos si llegara al poder alguien como Bernie Sanders. En otras palabras, la afinidad ideológica se impone sobre la cultura y la geopolítica. Impensable hacer de México un gozne entre Norteamérica y Latinoamérica.

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¿Hay todavía necesidad de explicar la creciente indignación social y el sentimiento antisistema? Solo en la mente presidencial cabe la idea de que la crisis existe únicamente en la mente ciudadana

A la memoria de Miroslava Breach y de todos los periodistas asesinados

Varios escándalos nos demostraron en los últimos días por qué hay tanto enojo social. Tomo tres, uno por cada Poder, para exponer la corrupción que infesta a México. El primero tuvo lugar en el Legislativo, concretamente en San Lázaro, e involucró a un diputado suplente que intentó tomar protesta y eludir así una orden de aprehensión que se libró en su contra en Chihuahua por el delito de peculado. El penoso affair avivó el repudio popular al fuero, originalmente creado para proteger a los legisladores de oposición de la represión presidencial.

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México es el nombre de un dolor asido a una esperanza. Es un Estado en crisis glocal, suma de turbulencias posdemocráticas globales y un régimen local en avanzado estado de descomposición. Pero es también el grito de una sociedad que se ha cansado de la podredumbre del orden de reglas no escritas que administra pobreza y desigualdad con los reintegros de una inicua lotería de corrupción. Y es, a fin de cuentas, un amasijo doloroso que se tornó esperanzador cuando la mayoría de los mexicanos adquirió consciencia de los estragos que le ha dejado la inconsciencia, cuando al fin se vio en el espejo, cuando forjó el anhelo de cambio.

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El poder, por su naturaleza, no es comedido: es expansivo. Por eso la ley debe fijar las fronteras de las potestades del Estado. En el caso de nuestro Sistema Nacional Anticorrupción (SNA), la futura Fiscalía General de la República (FGR) debe tener fuerza para cumplir su papel pero no para impedir que la Fiscalía Especializada en Combate a la Corrupción (FECOCO) haga su trabajo. Como está hoy la legislación, muy poco puede hacer la segunda sin el aval de la primera. Se trata de una grave deficiencia legislativa. Ambos fiscales deben ser autónomos, uno del Ejecutivo Federal y el otro, en buena medida, de su jefe. Y mientras que el fiscal general necesita un acotamiento que lo obligue a perseguir a la delincuencia sin violar derechos, el fiscal anticorrupción requiere margen de maniobra para moverse por sí mismo. De otro modo será avasallado.

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En un nivel elemental de comportamiento, la mayoría de las personas actúa racionalmente la mayor parte del tiempo. Sin adentrarnos en las honduras de la psiqué humana, en el plano de nuestra conducta animal, somos pavlovianos: funcionamos a golpes de premios y castigos. Por eso, en las sociedades donde violar la ley implica pagar un costo mayor al beneficio que obtiene al hacerlo, solo una minoría la transgrede. He aquí el problema de México: debido a que entre norma y realidad media un abismo que hace más fácil y conveniente ser corrupto que ser honesto, la corrupción es rampante. Ese vicio se origina arriba y debe empezar a corregirse desde arriba. Son las élites las que diseñan, operan el sistema y lucran con él, y es la base social la que se defiende, imita y consigue prebendas marginales.

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Donald Trump es un hombre de mente llana y alma cavernosa. Su razonamiento es asaz pedestre, binario para ser preciso: ganancias o pérdidas, éxitos o fracasos, amigos o enemigos, buenos o malos. Se trata de un empresario que practica el juego de suma cero y parece incapaz de procesar variables múltiples. Tengo para mí que esta es la principal razón por la que, ahora que es presidente, rechaza las negociaciones y los acuerdos multilaterales y privilegia la bilateralidad. Se hizo rico gracias a un agudo olfato para los negocios, al que suma una habilidad extraordinaria para hacer trampas impunemente, y se encumbró amedrentando y pisoteando rivales. Sus armas son la proyección de un comportamiento impredecible y la provocación de pugnas entre sus colaboradores y caos en su entorno, a fin de resolverlos a su conveniencia. En buen mexicano, es un gandaya; en inglés, un bully.

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Nuestros paisanos indocumentados piden más apoyo legal allá que apoyo de reinserción acá. Así de inhóspito sigue siendo nuestro país para ellos

La ofensiva del presidente Donald Trump contra México nos está orillando a reeditar lugares comunes. Es inevitable: cuando esgrime viejos estereotipos sobre el narcotráfico y la migración nos obliga a recuperar antiguos argumentos para refutarlos. Para muestra basta un botón, un fragmento de mi libro Mexicanidad y esquizofrenia, que comencé a escribir hace casi una década:

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El exhorto es muy potente, casi incontestable: México tiene que estar unido ante el desafío de Donald Trump. ¿Quién es el mal mexicano que se atreve a decir que no? Ah, pero las cosas cambian cuando pasamos de la abstracción retórica al significado concreto y específico de la pretendida “unidad nacional”. ¿Qué quiere decir eso, que ser patriota es apoyar las decisiones del presidente Enrique Peña Nieto y el canciller Luis Videgaray en lo que concierne a la relación bilateral con Estados Unidos? Y si lo que deciden es ostensiblemente equivocado, como ha sido el caso hasta ahora, y nos lleva a una situación más grave que la que tememos, ¿debemos unificarnos bajo su mal gobierno? Los convencidos de que México no debe negociar desde la sumisión sino esgrimir acciones en defensa de sus intereses en reciprocidad a la ofensiva estadounidense, ¿nos debemos callar la boca y caminar junto a los demás hacia el abismo? Hablan de traición a la patria; ¿quién la comete, el que se opone a un poder indigno y torpe o el que lo ejerce?

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Donald Trump es un bully que tiene a México en el primer lugar de su lista de países a avasallar. Lo inaudito es que, pese a que los mexicanos sabíamos eso desde que era el candidato republicano, Luis Videgaray y Enrique Peña Nieto apostaron por su triunfo y lo ayudaron a remontar un momento difícil en su campaña al invitarlo a Los Pinos. El mensaje que le regalaron fue potente: Trump lució “presidencial”; hizo que el presidente de la nación a la que más había atacado en sus discursos, a cuyos migrantes había insultado y amenazado una y otra vez, lo recibiera como jefe de Estado y le prodigara caravanas. Y el causante de ese humillante y monumental error fue el entonces secretario de Hacienda y hoy, insólitamente, secretario de Relaciones Exteriores. No, el 31 de agosto no se olvida.

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Para Camila, quien trae luz a un mundo en tinieblas

La hostilidad de Donald Trump va a perjudicar a México pero, por ahora, está beneficiando a Enrique Peña Nieto. Ha propiciado que parte del enojo social de los mexicanos deje de lado el gasolinazo para cerrar filas en defensa de México, y eso ha disminuido un poco la presión social sobre el presidente más impopular de nuestra historia reciente. En ese contexto, los spin doctors del gobierno cocinan una maniobra en medios y redes para señalar como antipatriotas a quienes critiquen a Peña Nieto. Son momentos de unidad, se dice, y todos debemos respaldarlo incondicionalmente. No importa que la inexperiencia y la pusilanimidad de Luis Videgaray estén arrastrando a Peña a una mala negociación; quien se queje de ello y exija de ambos la sagacidad y los arrestos necesarios para enfrentar a Trump será un mal mexicano. El peñanietismo apela a nuestros sentimientos patrióticos para orillarnos a seguir al presidente acríticamente, aunque sus equivocaciones nos estén llevando al abismo.

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La superpotencia del siglo XXI es, en cierto sentido, un imperio. No me refiero a la categorización histórica del imperialismo sino al hecho de que un país tan poderoso como Estados Unidos (EU) no extrapola su dinámica democrática interna a sus relaciones exteriores, en las cuales suele moverse por pulsiones hegemónicas. La civilización contemporánea le pone límites —puede haber temas y coyunturas globales en los que EU no se salga con la suya— pero su supremacía económica y militar a menudo le permite imponer su voluntad. Y si bien esa prevalencia varía en función de sus liderazgos y en algunas negociaciones puede obtener menores ventajas que en otras, es absurdo decir que otros Estados han abusado de EU.

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El error de EPN es hacer lo que Videgaray indica, pese al fracaso en su primer encargo

La tristemente célebre pregunta de Enrique Peña Nieto (EPN) sobre lo que los demás “hubiéramos” hecho se ha convertido en un formato para señalar sus yerros. Hoy voy a usarlo para señalar cinco despropósitos en torno al caso Donald Trump (DT), quien este viernes asume la Presidencia de Estados Unidos (EU).

1) Cuando DT empezó a disputar la candidatura presidencial, la consigna oficial mexicana era ignorarlo. Yo no lo habría subestimado (de hecho, el 8 de septiembre de 2015 dije en la Tribuna de la Cámara de Diputados que era muy peligroso y que había que tomarlo en serio).

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