Diez millones
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En las actuales campañas políticas se ha hecho presente el mal que nos aqueja como país, la violación al Estado de Derecho. Hemos visto que los candidatos incumplen los plazos para la entrega de sus gastos de campaña y no pasa nada. Han aparecido evidencias de que algún partido está recibiendo recursos de dudosa procedencia y no pasa nada. Se han recibido denuncias sobre el uso indebido que algunos partidos hacen de los tiempos que la ley les otorga en los medios, y no pasa nada.

Es ya tradicional en nuestro país que cuando hay situaciones que se salen de control, se acuda a proponer nuevas leyes que serían la panacea de esos males y es así como los párrafos de nuestra Constitución se siguen multiplicando y las leyes secundarias van en aumento.

El Estado de Derecho no se crea sólo con la existencia de leyes, lo que definitivamente lo hace vigente es el estricto cumplimiento de esas leyes, y la voluntad política de actuar siempre conforme a ellas, tanto por los gobiernos como por la ciudadanía. México está ubicado entre los países donde más se viola el Estado de Derecho. Los mexicanos, en general, tienen la convicción de que el que tiene “palancas”, sea ciudadano o autoridad, encontrará la forma de no cumplirlas o de no ser sancionado por su incumplimiento.

México no es un país de leyes, pero no porque no las tenga formuladas, aprobadas y vigentes, sino porque los mexicanos hacen todo lo posible para no cumplirlas y la autoridad es omisa en sancionar su incumplimiento. Éstas son las razones por las que en México tenemos tantos gobernantes que han saqueado al país y no han sido sancionados.

Podemos decir que muchos ciudadanos no recibieron de la sociedad, ni de sus gobiernos, la convicción para aceptar los valores que requiere el cumplir plenamente las leyes, lo cual generaría una convivencia donde el respeto, la cooperación y el deseo de superación personal y colectiva fuera una meta común; tal vez debido, en parte, a la ausencia de la formación cívica y ética, eliminada por largo tiempo, de la educación básica, o a la formación de docentes preparados más bien para las luchas sindicales y políticas que para la enseñanza, y que con honrosas excepciones, han formado una juventud escasa de valores.

Todo lo anterior se ve agravado por los ejemplos negativos de políticos, que se enriquecen ilícitamente; se asocian con el narcotráfico; incumplen con los deberes de su cargo; endeudan ilegalmente al gobierno; viven en la opulencia, y no les pasa nada. ¿Cómo influyen estos modelos en la vida de los jóvenes? —Muchos querrán ser políticos, pero no para servir, sino para servirse del poder.

Ante esta realidad no se puede decir que la solución sea crear nuevas leyes, seguramente las existentes son suficientes para lograr las reformas en lo público y en lo privado. Con las leyes que tenemos se puede entrar al fondo de las necesidades educativas. Se pueden orientar los presupuestos para aplicarlos a las políticas públicas más adecuadas para la solución de las necesidades, en primer lugar de los que menos tienen y borrar la enorme desigualdad existente y se podrá castigar a los culpables.

Esto se logrará con la vigencia del Estado de Derecho para que quien viole la ley, sufra las consecuencias con el mismo rigor legal, sin importar que sea el gobernante del más alto nivel o un simple ciudadano.

Esperamos que en los estados que ahora están elecciones, los candidatos ganadores tomen como prioridad establecer en su territorio la vigencia plena del Estado de Derecho.