Diez millones
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En el siglo IV, hace unos mil seiscientos años, Constantino, Emperador Romano, se convirtió al cristianismo y la religión cristiana tomó el poder político. Su sucesor Teodocio hizo del cristianismo la religión oficial del imperio, él y los ministros eran los gobernantes. Un elocuente predicador llamado Pelagio, en el año 350, pedía a los ciudadanos ricos renunciar a sus placeres terrenales y destinar su dinero a los pobres, la recompensa se vería en la vida eterna. Muchos romanos, especialmente los jóvenes, atendieron su llamado.

Agustín, obispo de Hipona, contemporáneo de Pelagio, recomendaba a los ricos entregar sus bienes directamente a los pobres, en lugar de entregarlos a los gobernantes; ya desde aquellos tiempos se veía la necesidad de cuidar el manejo de los recursos que caían en manos de quienes gobernaban; no garantizaban honestidad ni inspiraban confianza.

Desde el siglo XVIII el poder ya no está en manos de ninguna  iglesia ni en sus ministros. Los compromisos del campo político pasaron de las reuniones confidenciales a los acuerdos surgidos de la Revolución Francesa. La cual dejó como herencia el que cada país pueda y deberá hacer sus leyes de acuerdo a sus necesidades y aspiraciones.

El modelo democrático ofrece en la actualidad una gran atracción más allá del mundo occidental que lo vio nacer. Quienes hoy luchan por la democracia buscan, en primer lugar, abatir su corrupción y su consecuencia, la pobreza, incluso la miseria que se ha hecho intolerable desde que aparece una clase media instruida y desde que los medios de comunicación difunden por todas partes, imágenes de la opulencia en la que viven los privilegiados locales o extranjeros.

Si hace más de dos mil años indignaba a los ciudadanos que el dinero de los ricos que donaban para los pobres fuera desviado para fines particulares de sus gobernantes, el desvío actual de los recursos que entregan todos los mexicanos, incluso los más pobres, ya que pagan IVA en artículos que consumen, como los refrescos. Estos hechos están causando gran indignación que en ocasiones no se expresa públicamente, pero que se trasmite con actitudes de rencor o pasividad, o con acciones, de venganza como fraudes o robos.

Las democracias occidentales atraían porque hacían naciones más prósperas y también porque garantizaban la libertad individual de sus habitantes y además, en las elecciones siguientes podían librarse de los malos gobernantes, hoy ya se teme que todos sean iguales.

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En las próximas elecciones de este año y las del próximo, los mexicanos tendremos la oportunidad de cambiar a nuestros gobernantes. Sería deseable que todos los votos se dieran a quienes garanticen honestidad y eficacia. Habrá la oportunidad de pensar en abatir la pobreza y no en obtener los regalos que les ofrezcan por su voto y que nunca serán más valiosos que los beneficios que México tendría con eficientes y honestos gobernantes.

Lo nuevo en la corrupción mexicana y lo que más indigna es la magnitud de los fraudes y sus resultados en perjuicio de los que menos tienen, ya que al mismo tiempo que aumentan las fabulosas sumas que muchos de los gobernantes han tomado de los recursos públicos para beneficio propio, aumenta la pobreza porque se dejan de ejecutar obras que podrían ayudar a muchos a salir de ella, como la creación de escuelas de educación media, la atención a la salud y los medios de comunicación que les permitirían elevar su calidad de vida. Los candidatos que ocupen los próximos cargos tendrán que cumplir su compromiso de NO MÁS CORRUPCIÓN.

Este no es el único atractivo también quieren suprimir los medios de control del Estado. También quieren escapar .