Diez millones

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El Estado de México, que hoy se encuentra inmerso en un competido proceso electoral, nunca ha tenido alternancia democrática, la cual se define como la sucesión regular de varios partidos en el poder. Desde la fundación del PRI, al estado mexiquense siempre lo ha gobernado ese partido, sólo ha habido alternancia en algunos de sus municipios.

Antes de la independencia, la democracia  plena ya era un anhelo para los mexicanos, pero los líderes que lucharon por ella querían perpetrarse en el poder y su ambición generó constantes levantamientos. Porfirio Díaz se mantuvo treinta y un años en el poder y después de su exilio el movimiento armado se prolongó. Luego de un largo periodo de reconstrucción institucional, México pudo echar a andar la maquinaria constitucional que  plasmó  la Constitución de 1917.

Para la nueva realidad estaban claramente definidos los caminos: Sufragio efectivo y no reelección; división de poderes con partidos distintos al del Ejecutivo. Federalismo que hiciera surgir gobiernos en los estados  por la votación  de los votos ciudadanos y no por decisiones tomadas desde el centro.  Esto fue lo que señaló la nueva Constitución, pero las normas existían sólo en el papel, el sufragio efectivo y la no reelección no se instaló en la conciencia de los mexicanos. El primer partido que se estableció y que finalmente quedó como PRI practicó la simulación de elecciones democráticas cada seis años, hasta 1994. El gobernante en turno designaba  sexenalmente a su sucesor y se hacía el cambio de Poderes.

En los estados cada gobernador era el responsable de que en su estado funcionara el mismo sistema. Podían valerse de diversos mecanismos, el dar privilegios a los sindicatos fue uno de los más efectivos, y hasta la fecha seguimos pagando las consecuencias de las prebendas otorgadas para obtener los votos. El sistema así aplicado generó gran corrupción y desigualdad social.

El cambio que se requería estaba escrito en la Constitución y, finalmente, se hizo sin violencia. Como dijo José Woldenberg: “La transición mexicana no requirió de un pacto que lo refundara todo, requirió solo construir dos de su piezas ausentes: Un fuerte sistema de partidos y echar a andar una vida electoral auténtica y competitiva”.

La pérdida de la mayoría absoluta del PRI en la Cámara de Diputados en 1997 fue el preludio de la alternancia  del año 2000, la cual  intentó generar una rebelión soterrada de los gobernadores  para enfrentarse al Ejecutivo federal. El presidente Fox propuso la Conago para canalizar las inquietudes que la alternancia generó entre los gobernadores, pero hasta la fecha no se ha encontrado la forma de tener una coordinación y supervisión eficaz de los gobiernos  estatales con procedencias de distintos partidos, que respetando el federalismo impida la corrupción y la ineficacia que ha privado en varios de de ellos.

Las múltiples reformas de los procesos electorales han sido la vía de la transformación democrática. La creación del IFE, ahora INE, fue el gran paso. Pero no puede haber democracia si no hay ciudadanos conscientes y esto es lo que no se ha logrado. El otrora partido oficial ha seguido su táctica de comprar el voto a través de dádivas, que además se hacen con recursos públicos. Otros partidos lo han imitado.

Hoy en el Estado de México, por las denuncias, se percibe que las donaciones exceden a las que tradicionalmente se han hecho. El que las realice el partido en el gobierno dificulta la comprobación, pero los hechos son de todos conocidos. México requiere  alternancia y controles efectivos en los estados. Las elecciones democráticas son la base de  la estabilidad, a nadie conviene viciarlas.