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Según nuestra Constitución que vio la luz en 1917 y que a pesar de sus 700 enmiendas, sigue vigente, sí somos un país democrático, pero en la práctica surgen serias dudas sobre esa afirmación.

Los teóricos afirman que sin ciudadanía no puede haber democracia y en México no se puede afirmar que todos los mexicanos, aun cuando hayan nacido en México, puedan llamarse ciudadanos en el sentido estricto del término. Una mayoría no es consciente del país donde habita, no sabe de su historia, no conoce sus leyes ni las cumple, no está enterada de la realidad económica y social del lugar donde vive. Muchos sólo tienen tradiciones fragmentadas de sus pueblos originarios, trasmitidas de generación en generación. El más amplio vínculo nacional es la veneración a la Virgen de Guadalupe. Miguel Hidalgo lo entendió así y  llamó alrededor del estandarte Guadalupano que la posterior, amada bandera, Trigarante no eliminó del corazón mexicano.

Uno de los actos más importantes en un sistema democrático es la elección de sus gobernantes; en él se expresa la madurez ciudadana y la aprobación de los resultados avala la solidez del sistema.

Las campañas políticas podrían formar ciudadanía si se utilizan para dar a conocer, además de las candidaturas, la realidad nacional y local, los planes de gobierno que se proponen realizar; las reformas que pretenden llevar a cabo y la manera cómo piensan resolver los problemas para atender a las necesidades que aquejan a sus futuros gobernados.

En general las campañas mexicanas emplean más tiempo en criticar al gobernante en turno, que en exponer sus planes de gobierno y muy poco hablan de su vida y trayectoria personal y en algunos casos aparentan lo que no son.

También abundan en promesas que expresan lo que muchos quieren oír, pero que no siempre es factible realizar por lo que finalmente los ciudadanos dejan de creer en ellas.

Los asistentes a los actos de campaña, en su mayoría, van obligados por los líderes que pueden afectarlos si no asisten y en muchos casos por el interés de la cantidad que se les ofrece por asistir y por el paseo si van a otra ciudad, especialmente a la capital. Pocos son los que asisten convencidos de que son actos que dan vida al sistema democrático y que como ciudadanos deben participar para informarse y poder elegir con la debida información a su gobernante.

Si los partidos tuvieran como propósito formar a los ciudadanos que la democracia requiere, tendríamos que decirles: Basta ya de pervertir a los ciudadanos con despensas y dádivas, o con ofertas de futuros cargos o empleos. No más campañas millonarias con costosos acarreos. No más compras de votos con amenazas o falsas promesas. No más spots que atarantan y no invitan a la reflexión.

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Se requieren debates serios y auténticos, sobre los temas centrales de las plataformas; entre candidatos honestos, que ayuden a la reflexión de los electores, para que puedan decidir su voto, pensando en el bien de su ciudad y su país, no por miedo o por mezquinos intereses.

Se requiere que los candidatos pretendan el gobierno para servir y no para servirse del poder; si éste no es su propósito, tampoco podrán convencer a los electores que las campañas no son para pasear y dejar de trabajar, ni para recibir una mísera paga por asistir al mitin. Tendrán que convencerlos de que deberán actuar como ciudadanos en un país democrático, que elige, informada y conscientemente, al que sea mejor para México. Nos falta mucho, pero no es imposible lograr que México viva plenamente la democracia. Podríamos empezar a cambiar desde ahora.