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La mayoría de los migrantes que se reintegrarán a sus familias son varones, pero también vendrán mujeres que se fueron con ellos, o solas, con sus hijos, o sin ellos. La realidad es que vendrán mujeres y hombres, con sus anhelos rotos, con sus esperanzas destrozadas o con múltiples experiencias que les inspirarán nuevos proyectos.

Los migrantes después de acoplarse de nuevo a su familia, a su pueblo, a la ciudad, encontrarán que las personas que dejaron han cambiado, tienen más edad, se portan diferentes; no se imaginaban cómo las encontrarían y quizá ya no encuentren a todos los que dejaron. La calle de su casa tal vez ha mejorado, o empeorado. Tendrán como prioridad conseguir un empleo o emplearse por su cuenta.

Antes de tomar una decisión o realizar la que ya pensaron, tendrán que peguntar, informarse. Se enfrentarán a la realidad: obstáculos, dificultades, incomprensiones o tal vez, buenos amigos que comentan, que les informan, que les ayudan, que los orientan, que aconsejan. Surgirá el pesimismo, la esperanza, el optimismo. Se agolparán sentimientos encontrados. Surgirán ideas que los entusiasman para luego desecharlas. Reflexionarán con los amigos de antes. Ya en soledad sentirán el desencanto o se encontrarán con una nueva luz de solución.

En ese ambiente que empezarán a vivir, hay un aspecto de la realidad que hombres y mujeres encontrarán, tal vez igual que cuando se fueron o alterado para bien o para mal. Se refiere a la realidad que viven las mujeres en nuestro país y que quizá difiera con la que vieron del otro lado de la frontera: la desigualdad que viven las mujeres en México.

La mayoría de las niñas cursan la primaria, con clases sólo por la mañana y el analfabetismo, que todavía existe, es mayor en las mujeres, especialmente en las mayores y que es superior al de los hombres. La calidad de la educación en general es baja y muy pocas mujeres, en los estudios superiores, eligen ciencias o matemáticas.

En México, las mujeres con hijos menores tienen mínima posibilidad de conseguir empleo que en los demás países. Sólo tiene trabajo remunerado el 47% de ellas, en edad productiva y el 60% de las que trabajan lo hacen en empleos informales, con muy bajos salarios y sin beneficios de seguridad social.

En nuestro país las mujeres realizan las tres cuartas partes del trabajo doméstico y del cuidado de los hijos, sin ninguna remuneración. Esto les dificulta conseguir un empleo productivo y disminuye el PIB del país hasta en mil cien dólares por persona.

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En cuanto a los cargos públicos, el porcentaje más alto está en el Congreso Federal, sin alcanzar todavía la paridad. En las cámaras locales el porcentaje de mujeres es del 30%.

En el poder Ejecutivo la tasa es menor y en el Judicial sólo hay dos mujeres de 11 ministros.

Este aspecto de la desigualdad de las mujeres, que pareciera no tener nada que ver con los migrantes que regresan, es muy importante considerarlo ya que ellos tendrán que integrarse a esa realidad del país, la cual podrá contrastar o coincidir con las experiencias que hayan vivido en el extranjero, dependiendo del lugar donde estuvieron, pero aquí se van a encontrar con transformaciones de avance o retroceso que habrán de comparar con lo vivido; lo verán en las familias que dejaron, tal vez encuentren cambios inesperados, positivos o con atrasos que ya no se imaginaban. Gobierno y sociedad habrán de poner de su parte para que la reintegración de los migrantes que regresan sea benéfica para ellos, para su familia y para toda la sociedad.