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Gasolinazo exagerado

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El aumento al precio de las gasolinas ha desatado un rechazo generalizado. Comentarios, artículos y caricaturas proliferan con opiniones, algunas fundamentadas y otras emocionales, pero todas en contra. Los aumentos al precio de combustibles generan molestias al contribuir a la inflación y ser perfecta excusa para disfrazar incrementos de recaudación.

La publicidad oficial insiste que los precios de los combustibles son como los que hay en otros países, aunque en nuestro principal socio comercial sea de $ 8.38 y aquí de casi el doble; que si se importan gasolinas es por falta de capacidad de refinación, pero que en poco tiempo tendremos suficientes, gracias a las reformas aprobadas. Sin reconocer que en lo que va del sexenio los combustibles se han elevado un 47 %, el Secretario Meade llegó muy lejos: "sin el incremento a los combustibles habría que aumentar impuestos".

Lo que el Secretario no dijo -aunque seguramente lo pensó- es que hay un alternativa: bajar gastos para no impactar negativamente los bolsillos de los ciudadanos. Sus declaraciones siguen la lógica de los gobiernos que hacen obras faraónicas que luego tenemos que pagar los ciudadanos. En estos momentos en que han quedado al descubierto despilfarros de gobernadores, lo último que quiere saber la población es de aumento de impuestos o de costos, en especial de combustibles.

Porque el aumento de las gasolinas, diésel y gas no sólo incide en lo que una familia gasta, también encarece prácticamente todo al afectar el transporte de los bienes que se consumen. Es un generador importante de inflación por más que nos digan que no es trascendente. Los combustibles encarecerán los productos del campo y las manufacturas, los alimentos y las bebidas, la ropa y lo que se importa. Si alguien cree que no afectará la subida de precios de los combustibles, pronto se dará cuenta de su error al ver los aumentos que habrá en prácticamente todo.

Ya están comenzando los ajustes de precios, que se generalizarán en los próximos días, complicando el panorama económico. Por ello no extraña que el boycott propuesto para no cargar gasolina los días 1, 2 y 3 se haya generalizado con múltiples repercusiones, y se haya convertido en un movimiento que va a cimbrar al gobierno. Tanto o más que Ayotzinapa.

Para el gobierno el problema no es sencillo. Fue el rompimiento de una promesa presidencial para diferenciarse del pasado. No sólo la incumplió, sino que la emplea para financiarse. Si en el pasado los aumentos a los combustibles fueron para corregir subsidios inaceptables a las clases pudientes, el caso que ahora nos ocupa es exclusivamente para financiar los gastos de un gobierno dilapidador.

La solución correcta es reducir los gastos. Reducir drásticamente los suntuarios (viajes, vehículos de lujo, celebraciones fastuosas, etc.) y los indebidos bonos anuales, así como reducir el gasto corriente. Si además se redujeran inversiones desafortunadas como muchas del programa vial que no podrán ser aprovechadas en largo tiempo, el gobierno no tendría necesidad de recurrir a medidas recaudatorias como este gasolinazo exagerado.