Diez millones
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Apuestas ferrocarrileras románticas

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A todos los niños les gustan los ferrocarriles, los de tamaño natural y los costosos modelos a escala, incluso los hechos de cajas o cajitas de cartón. La fascinación de ver una máquina imponente remolcar decenas de carros cargados de cientos de toneladas deja profundas huellas. A algunos los impulsa a soñar con ellos aún cuando llegan a mayores.

Desde que funcionó el primer ferrocarril en México en 1853 hasta el fin del gobierno de Porfirio Díaz en 1911 se tendieron la mayoría de los más de 26 mil kilómetros de vías que atraviesan el país. Después de la Revolución se completaron pocos tramos más, de los que destacan el que unió a Yucatán con el resto del país, la vía México-Lázaro Cárdenas y el Ferrocarril Chihuahua al Pacífico (CHEPE). Éste último es el único tramo que sigue moviendo pasajeros en rutas de más de 100 kilómetros. En el resto del paìs, desde los años 80 el ferrocarril perdió ante el transporte carretero y dejó de usarse para pasajeros y se concentró en mover carga.

El próximo gobierno tiene entre sus planes dos proyectos ferrocarrileros más ambiciosos que reales: uno en la zona maya y otro en el istmo de Tehuantepec. El primero con propósitos turísticos y el segundo para revivir el éxito del ferrocarril transístmico de Porfirio Díaz. Ambos pueden ser buenas ideas en el papel, pero tienen inconvenientes que deben resolverse antes de empezar a llevarse a cabo.

El Tren Maya aprovechará las líneas tendidas en la costa occidental de la península yucateca, continuando el trazo a Cancún, luego al sur hasta Chetumal, cruzando hacia Campeche y llegando a Palenque. Para ello tendrían que arrasarse cientos de miles de hectáreas de bosque tropical. Sería un proyecto que atentaría contra la ecología y afectaría zonas arqueológicas. No queda claro cómo podría competir ventajosamente con los autobuses ni cómo atraería el suficiente volumen de turistas como para ser inversión rentable. La población local difícilmente ocuparía el tren, por lo que, como el resto de los ferrocarriles de pasajeros en el mundo entero, requeriría de subsidio gubernamental para operar. ¿Otro barril sin fondo, y además antiecológico?

A diferencia del Tren Maya, el Transístmico pudiera ser rentable si fuera capaz de competir eficientemente con el Canal de Panamá. Aunque este ferrocarril ya fue muy exitoso entre 1899 y 1911, facilitando el transporte entre el Atlántico y el Pacífico, en tiempos de que aquél Canal era apenas un sueño en vías de realización. Como ahora éste trabaja con capacidad sobrada después de su ampliación, la operación en el Istmo tendría que ser muy eficiente y económica para ser competitiva y atraer a los navieros. Podría llegar a interesar a quienes mueven contenedores, pero no a otros tipos de carga.

Dos proyectos que podrían salirle carísimos al país y ocasionar una desilusión más al Presidente electo. Si le gustan los ferrocarriles, en vez de destruir selvas o querer repetir historias de éxito porfirianas, podría aprovechar proyectos valiosos como el sinaloense que busca ligar el tráfico del CHEPE para llevar el turismo a sus playas, de Topolobampo a Mazatlán, aprovechando la infraestructura existente y sólo adquiriendo los vagones para pasajeros.

Apoyemos buenas ideas en vez de proyectos no sustentables.

 

 

 

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