Diez millones
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Secuelas emocionales

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Por algún tiempo seguirán presentes los daños físicos causados por los recientes sismos. Edificios colapsados y dañados, puentes caídos, calles cerradas y miles de damnificados en albergues de urgencia son muestra evidente del daño. Si bien el número de víctimas (fallecidos y heridos) fue menor a la del similar de 1985, pero igualmente dejó graves secuelas. Nuevamente la respuesta popular mostró la cara amable, elevando tanto la moral pública como la esperanza de un cambio positivo para México.

Sin embargo las secuelas sicológicas estarán largo tiempo entre nosotros: ciudadanos marcados por el recuerdo de los sismos, dificultades para conciliar el sueño y aversión a entrar a edificios por el recuerdo. El pasado temblor dejó una profunda huella que sólo el tiempo podrá curar. Al igual que después del terremoto de 1985, miles hablan de dejar el valle de México y asentarse en lugares menos propensos a sismos. Querétaro, León y Guadalajara temen que una nueva oleada de capitalinos acreciente sus problemas, y el mercado inmobiliario registra ya importantes cambios: a la baja en la capital y a la alta en las ciudades mencionadas.

Como todo evento importante con secuelas sicológicas, los sismos de septiembre no pueden pasarse por alto. Si para Chiapas y Oaxaca cada 7 de septiembre será de ahora en adelante fecha negra, para los habitantes de la capital y de sus alrededores el 19 de septiembre doblemente traerá terribles recuerdos. Seguramente cada año, al aproximarse estas fatídicas fechas aumentará la desazón y las preocupaciones de muchos. El que, además, el mayor sismo de este año haya sucedido exactamente el mismo día a los 32 años del fatídico del 85, deja terribles premoniciones.

En un ámbito distinto, un reciente evento importante deja secuelas que apenas podemos vislumbrar: la lucha independentista catalana. Miles de declaraciones y un incompleto intento de plebiscito (faltó al menos un padrón confiable y un conteo certificado) se toma como sustento para proclamar la independencia de esa Región Autonómica del Reino de España. A pesar de llamados a la cordialidad y al diálogo, los dirigentes locales se sienten con fuerza para lograr que Cataluña pueda definir por sí sola su futuro. No los mueven ni las declaraciones jurídicas del gobierno central ni las conciliatorias de personajes notables que llaman a la concordia ni las marchas multitudinarias del pueblo llano en su contra.

No es fácil predecir lo que seguirá si el Govern catalán triunfa en su propósito, pero millones serían afectados: españoles residentes en Cataluña, familias en cuyo seno hay opiniones encontradas y empresas catalanas que estaban acostumbradas a surtir a toda Europa. Forzados negociar con la Unión Europea (UE) su posible ingreso a ella, se dificultará el trato que recibirían sus ciudadanos al transitar por el territorio comunitario.

Como en la Guerra Civil (1936-39) de nuevo habrá distanciamientos personales, la discordia afectará tanto estructuras como clases sociales y las  empresas productivas sufrirán una baja considerable en su actividad. En una de las Regiones más prósperas de Europa aumentará la pobreza y se reducirá el ingreso personal.

 Asimismo no pueden pasar por alto las secuelas que una secesión traerá tanto a España como a Cataluña: el triunfo de un orgullo sobre otro sólo trae pesadumbre. Sólo el bien común eleva el espíritu.