Diez millones
Nutriseg-control-temperatura-concretos

La oratoria exitosa es el mensaje

Ratio: 0 / 5

Inicio desactivadoInicio desactivadoInicio desactivadoInicio desactivadoInicio desactivado
 

Mucha de la oratoria se enseña para competir en concursos, más que para realmente hablar en público y transmitir un mensaje. Se insiste mucho en la estructura convencional de una pieza de oratoria, en el manejo de la voz, posiciones, hasta de cómo se colocan los pies y qué se hace con las manos. Tiene algo de valor, pero no es lo importante. ¿Qué es lo que sí importa para ser buen orador?

Primero, es cierto que una exposición ante el público debe estar bien estructurada de preferencia, es muy simple. Pero no basta y a veces ni siquiera resulta relevante. Pero en general, lo que falta en los cursos y libros de oratoria, sobre todo en las prácticas o ensayos, es lo esencial: el valor del mensaje.

Pongo un ejemplo que me parece excelente: el discurso de Martin Luther King en Washington conocido por la frase “I have a dream”, o “tengo un sueño”, en español. King estaba de pie tras un alto pódium y una maraña de micrófonos, con la mayor parte de su auditorio a muchos metros de distancia. No contaban ni la posición de sus pies y apenas los ademanes, solo la voz, pausada y con el necesario énfasis. Leía su discurso a su público como si platicara, sólo que más despacio, como exige el dirigirse a un enorme auditorio escucha. Y así, con esas limitaciones, ha sido uno de los más importantes discursos de la era moderna. Invito a ver el video correspondiente.

Muchos de los llamémoslos discursos dirigidos a públicos grandes o pequeños, aún ante un micrófono de la radio o la cámara de televisión, que han tenido gran impacto, están fuera de “las reglas” de las escuelas de oratoria. Aquellas personas, que aún sin tener antecedentes de hablar en público, al hacerlo han dejado huella, han impactado en las mentes de los escuchas y hasta de quienes leen sus discursos, no siguen esas “reglas”. Sus movimientos, ademanes y manejo de la voz, son completamente espontáneos, nacidos del entusiasmo.

Personas sin escuela de oratoria han tomado la palabra, con o sin micrófono en reuniones públicas y “les ha ido bien”. ¿En qué forma les ha ido bien? En que han dejado un mensaje en los oyentes. Personas que están muy enojadas, por ejemplo, expresan lo que sienten y lo piden con gran efectividad. No “estructuran” su discurso, ni tienen en esos momentos el famoso “pánico escénico”, hablan fuerte y claro, porque están convencidas de lo que dicen. Aunque sea sólo una vez en su vida.

¿A dónde va todo esto? A que lo que importa en la oratoria es transmitir un mensaje, impactar las mentes de los oyentes, convencerlos de algo valioso (y a veces ni eso). Si los oyentes no se convencen de algo expuesto por el orador, por más organizado que sea un discurso y más se sigan las reglas del famoso lenguaje corporal, el orador ha fallado, ha sido intrascendente. Ni sus campeonatos de oratoria lo salvan, no fueron más que ejercicios para su ego.

Una buena pieza oratoria, hay que insistir, es la que convence a su auditorio, la que deja un mensaje. Cuando a un orador le dicen “oye, qué bien hablas”, no le dicen realmente gran cosa. Pero cuando le dicen por ejemplo “¡qué razón tienes!” o “me sigo acordando de lo que dijiste el otro día y lo tomo en cuenta”, es cuando ha sido “un buen orador”. Hay grandes oradores que hasta han dejado huella ya no en su auditorio, sino en la historia, que han gritado, vociferado, manoteado al aire y movido de lugar, o hablado muy pausadamente, prácticamente sin moverse (y vuelvo a King). ¿Y las reglas? De noche les pasaron. Porque no era lo esencial.

Termometros-refrigeracion-avaly-01

El mensaje de la oratoria es el centro y el fin de todo. Por eso lo esencial que se debe enseñar a un aspirante a orador, sobre todo a los que aprenden para concursar en oratoria, es a construir un buen mensaje, a dar al público un tema que sea relevante, que dé argumentos convincentes y que llegue a una conclusión de impacto en la mente del escucha. Eso es lo que debe calificar un jurado de concurso, la calidad del mensaje.

Algo importante: a un auditorio se le convence más por la emoción que por la razón, por eso la emotividad del orador es también esencial. A la mente pasiva del auditorio se le llega más fácilmente a través del corazón. Por eso también grandes oradores políticos, como Adolfo Hitler, logran convencer a sus auditorios de ideas antisociales, patrioteras, fanáticas. Convencen más con emociones que con razonamientos. Hasta mienten y les creen.

La oratoria de verdad requiere reflexión profunda de los temas, información tan amplia como sea posible, tantas horas de preparación del tema como se pueda. Absoluto convencimiento propio de lo que se va a exponer a un auditorio, dejándole algo importante. Hay famosos discursos políticos que han dejado huella hasta por una sola frase, pero en eso han logrado el éxito. Discursos de Winston Churchill o de John Kennedy, por ejemplo.

Hay que insistir: el buen discurso es el que deja algo convincente en las mentes de sus escuchas. Todo lo demás se vuelve secundario. Cuando leemos discursos famosos en la historia y nos convencen, nos conmueven, no tuvimos necesidad alguna de ver lenguaje corporal, manera de parase o cómo se hicieron ademanes o se moduló la voz. Porque el mensaje es la esencia del buen discurso.