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Seguridad Pública: Misión Imposible (o casi)

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La inseguridad: el gran temor del pueblo mexicano. Si algo le preocupa más que nada, es el permanente temor de ser víctima de la delincuencia, organizada o desorganizada. Desde el gran temor al asesinato y secuestro, hasta el robo callejero en transporte público, pasando por la extorsión y el maltrato. Nada nuevo en esto, pero es tema central de campañas políticas, electorales y permanentes.

Este gran temor hace pensar que se trata de algo nuevo, y que con buenas estrategias puede ser desaparecida la inseguridad, para que el ciudadano se sienta tranquilo de andar en la vía pública, permitir a sus niños hacer lo propio y pensar que sus hijas no corren peligro, igual que su hogar y otros bienes. Pero no es sencillo ni nada nuevo, es un fenómeno creciente de hondas y arcaicas raíces.

La delincuencia “organizada” no nació hace 15 o 20 años, tiene una larga trayectoria creciente, y de dedicarse al tráfico de drogas, fue ocupando otros ámbitos delictivos. La extorsión y el secuestro, el robo de vehículos, dejaron de ser sólo de pequeñas bandas o ladronzuelos, para ser explotados a gran escala. Quienes decían (y aún siguen diciendo) que legalizando las drogas se acabaría la inseguridad, no tienen la menor idea de la compleja actividad delictiva de México.

Lo más grave es la penetración de la delincuencia en las estructuras de poder gubernamental y judicial, y en particular de las policías. Esto hace que combatir la delincuencia sea una lucha interna del Estado a sus tres niveles, más que enfrentar al delincuente en la calle o en su guarida. La delincuencia organizada tiene millones de sobra para comprar voluntades en los gobiernos.

Por estas razones, es muy delicado que Acción Nacional y sus candidatos en campaña ofrezcan “acabar con la inseguridad” y “meter a la cárcel a los delincuentes” ─sobre todo a los del propio gobierno─, procesar “a los corruptos vendidos al narco”. No, no se deben hacer promesas incumplibles. Combatir la delincuencia dentro y fuera del gobierno es sumamente complejo, y requerirá muchos años para regresar a la tranquilidad de circular en la calle sin miedo, ni tres ni seis.

Desde que Felipe Calderón ordenó que las fuerzas armadas apoyaran a las policías en la lucha contra bandas de sicarios bien armados, la reducción de la inseguridad se debe precisamente a la presencia de los militares y marinos. Pero el problema no acaba allí. Las policías en general están mal organizadas, adiestradas y armadas, y llenas de corruptos a pesar de los ineficaces “controles de confianza”.

¿A qué conclusión llegamos? A que solamente se puede ofrecer el combate a la delincuencia, para ir reduciendo su alcance, y a paulatinamente dar al ciudadano una sensación de creciente tranquilidad. Ofrecer más es suicido político.


@siredingv