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Cambiando el mundo

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El mundo cambia, a veces para bien y otras para mal. Pero ¿qué cambia al mundo? Personas, personas específicas y luego sus grupos de influencia, sus seguidores… pero siempre son personas que se proponen algo diferente de lo hay, desde su entorno hasta el mundo total. De ellos surgen ideologías, basadas en diversas doctrinas o creencias, diversos esquemas de valores, que desean para los demás.

Cuando era estudiante y me afanaba en las actividades apostólicas de la ACJM y en hacer periodismo estudiantil, alguna vez me dijo mi madre, platicándole mis sueños: “no puedes cambiar el mundo”. Sí, le respondí, las personas cambian el mundo y yo quiero cambiarlo. Su respuesta fue un cálido abrazo materno: era como su aprobación silenciosa. Y así, durante mi vida, he intentado influir por medio de la palabra hablada o escrita, para cambiar el mundo hacia la voluntad del Padre que Jesús nos pide.

Muchos cristianos y otros hombres y mujeres de buena voluntad, intentamos cambiar el mundo hacia el que nos pidió Jesús en su predicación. Y cambiar el mundo, ante la avalancha de agresiones a los más altos valores humanos, en especial el del respeto a la vida. Es también ayudar con acciones y palabras a detener los graves cambios que sufre nuestro mundo hacia el mal. Es una lucha de los seguidores del Cristo contra los seguidores del demonio, aunque quizá no sepan la gravedad de la lucha.

El mundo no es una unidad pétrea, es un conjunto de comunidades, desde internacionales, nacionales hasta pequeñas al grado de las familias. Cada uno de nosotros vive esos diversos mundos intrincados entre sí, de una forma u otra. Y también cada uno de nosotros puede influir, en mayor o menor grado, para cambiarlos. Siempre se puede hacer algo, empezando con el ejemplo de vida, vida que se compone de momentos y pequeñas acciones, no precisamente grandes guerras, o derrumbe y reconstrucción de instituciones sociales.

Son las pequeñas acciones de cada día, las momentáneas enseñanzas sobre el bien y el mal, los consejos para educar a los niños (propios o ajenos), o para orientar a quienes necesitan de una buena guía. Lo que decimos o escribimos en defensa de la alta dignidad de la persona humana, de la vida, de la caridad entre nosotros, de la familia y el matrimonio, del cumplimiento de nuestros deberes cívicos y mucho, mucho más por el bien de quienes nos son queridos o cercanos.

Hubo un hombre que vino al mundo para cambiarlo, y en ello se preparó treinta años y predicó otros tres, dejándonos enseñanzas para merecer el cielo por medio de la práctica del amor a Dios y al próximo. Jesús de Nazaret, que para confirmar el valor único y eterno de su doctrina, y que Él era verdaderamente el Hijo de Dios, resucitó de entre los muertos.

¿Cambió Jesús el mundo? Si lo cambió, partió la historia en dos, y dejó el Evangelio del amor. Las civilizaciones cristianas dan testimonio de ese cambio. Pero aún queda mucho por cambiar, pues las personas cambian: nacen, viven y mueren. Así que los nuevos cambios, los contemporáneos, nos los dejó a nosotros, sus seguidores, que debemos ser además sus mensajeros, sus testigos, por la vida y la palabra.

Los grandes predicadores, los grandes líderes espirituales y sociales, son unos cuantos elegidos, como “el mínimo y dulce Francisco de Asís”. Pero el Señor a cada uno nos da un rol particular de influencia a nuestra disposición en nuestros mundos, con la gracia, la sabiduría y la voluntad listas para vivirlas.

Hay cosas de nuestros mundos que no nos gustan, nos preocupan y hasta nos alarman. Hay que cambiarlas. ¿Cómo? Par ti ci pan do. Sí, participando en la vida familiar, la del barrio, de la comunidad, de la religión, del sindicato, de las organizaciones sociales, sobre todo de buenas causas. Y también de la vida política, en los partidos o en otras actividades que afectan las decisiones de gobierno y las electorales.

Siempre podemos cambiar algo el mundo, el nuestro. Tenemos al Maestro de guía y al Espíritu para darnos la gracia para cambiarlo, en mucho o en poco, en lo que esté a nuestro alcance, comenzando por el más pequeño: nosotros mismos. Si cambiamos cada día para mejorar, podremos ayudar a otros a cambiarse a sí mismos. Cada día busquemos la oportunidad para colaborar a cambiar el mundo que nos rodea ¡En marcha!