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La unidad en los partidos

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Es paradójico que la unidad en los partidos sea una condición esencial para el cumplimiento de sus fines y en la ejecución de sus planes. Digo paradójico porque la natural disputa por los liderazgos, candidaturas y posiciones de influencia, así como los debates ideológicos y programáticos, incentivan la división.

El proceso electoral de 2018 ya comenzó. Estamos justamente en el inicio de la fase en la que las organizaciones políticas pasarán por las pruebas más difíciles para su cohesión y fortaleza. De la forma como las superen dependerá su suerte en las urnas el primer domingo de julio del año próximo. Son muchos los aspirantes y serán pocos los escogidos. Las guerras domésticas están a la orden del día.

El PRI confía en la restauración de la vieja facultad metaconstitucional de los presidentes a designar a su sucesor —esta vez sólo al candidato— para salir adelante. Las malas experiencias de rupturas y desencuentros anteriores parece que lo han vacunado contra el divisionismo. No obstante, en la definición de su candidato presidencial enfrenta dilemas importantes. Raymundo Riva Palacio los describió puntualmente ( 2018: factores de la victoria, El Financiero, 29/08).

Bajo las engañosas aguas tranquilas del PRI hay un turbulento choque de grupos, el desplegado firmado por Ivonne Ortega, cabeza visible del movimiento Recuperemos AlPRI, lo revela, reclama una consulta abierta a la base militante con una fuerte denuncia: “El PRI es de millones de priístas y lo tenemos que recuperar para que no siga en manos de la cúpula de unos cuantos…” (29/08).

En estos duros pronunciamientos subyacen el enojo de quienes fueron descartados por el pre dedazo de Emilio Gamboa y el veto de Beltrones a Meade (El País, 21/08). Así las cosas, al acomodo de calabazas en el carro oficial aún le faltan varios brincos en su trayecto para salir unidos mediante su histórico verticalismo.

El PAN está en un berenjenal. Entre los aspirantes exigentes de piso parejo, vacíos e indefiniciones estratégicas, y el incremento de aspirantes a la candidatura presidencial, se entrometió el proyecto de una coalición opositora cuyo ensamblaje será más arduo que los doce trabajos de Hércules. Agréguese al coctel blanquiazul la ofensiva del PRI-gobierno para hundir el barco antes de la batalla y los prianistas, amotinados a bordo, listos para saltar de la nave.

Así como van las cosas no es ocioso recordar la historia de 1976; cuando el encono entre dos corrientes y el exigente mecanismo estatutario trabó la convención celebrada en el Cine Ópera. Aún recuerdo con estremecimiento la congoja con la que Manuel González Hinojosa, presidente del CEN, expresó la sentencia fatal ante los convencionistas que ahí nos habíamos dado cita para elegir a nuestro abanderado: “No hay candidato de Acción Nacional a la Presidencia de la República”. A fe mía que de darse esa hipótesis la fiesta no será en Insurgentes Norte.

En el PRD ya ni de candidato hablamos. La dirigencia coalicionista vive a salto de mata entre su ratificación y la defenestración. Sus tribus se mordisquean inmisericordemente, sus lealtades vacilan entre la coalición opositora, el frente de izquierdas, la masoquista súplica de cariño a AMLO y sus acuerdos ad hoc con el régimen (modelo Edomex) Lo que quede del Sol Azteca en 2018 es una de las grandes incógnitas del proceso político en marcha.

En Morena no se puede hablar de unidad. Ahí se impone la uniformidad, como en los desfiles organizados en Corea del Norte. Con el mando de quien con sus hechos parafrasea a Luis XIV “el partido soy yo”, nadie disiente. Y lo que son las cosas, este caudillo dictatorial por ahora encabeza las encuestas.


@LF_BravoMena