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Descentralizar el desarrollo: tarea pospuesta

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Es hondamente preocupante la nota de Héctor de Mauleón en El Universal de anteayer, describiendo la lúgubre suerte a la que está sentenciada la Ciudad de México, que día a día ve agotarse sus generosos recursos naturales. Los problemas que se sufren hoy en esta megalópolis son el resultado de no haberlos atacado a tiempo y de raíz. Corregirlos se ha convertido en una inaplazable tarea.

El caótico crecimiento de la Ciudad de México que siembra innúmeras penalidades a sus habitantes secuestrados por el gigantismo es sólo un trozo del desordenado fenómeno que abarca casi toda la República Mexicana.

El estudio preparado por el Centro de Investigación en Geografía y Geomática Ing. Jorge L. Tamayo,  y la Secretaría de Desarrollo Económico del gobierno del DF, recoge hechos alarmantes. En resumen, la capacidad física de la Ciudad de México está agotada en su sector centro y norte; sólo la zona sur de la ciudad se mantiene disponible. En ésta, “para 2030 Tláhuac y Xochimilco habrán perdido el 70% de sus áreas verdes y miles de hectáreas se habrán cedido al concreto”. Milpa Alta habrá perdido 862 hectáreas.

El crecimiento de la mancha urbana es irrefrenable. El espectro de la escasez de agua potable, que ya se distribuye por pipas en los fraccionamientos más exclusivos, o la parálisis del tráfico citadino, con la nueva e incongruente autorización de construir edificios sin estacionamientos integrados, son previsiones fatales.

Este asunto viene, pues, desde lejos. Los primeros síntomas aparecieron en los años posteriores a la Revolución, con el aumento de la población rural que, desplazada de sus campos, llegó a la capital de la República buscando seguridad y trabajo. Desde entonces, la capital se convirtió en la única opción al crecer en poder económico y ser centro de todas las decisiones. Ninguna otra ciudad mexicana ofrecía ese atractivo.

Al masivo abandono del campo no se respondió con la activación de una industria igualmente creciente en las zonas donde se necesitaba dar alojamiento y empleo. Desde ese momento fallaba la gran visión de un México próspero, vía la industrialización. El recurso de promover maquiladoras como etapa previa no bastó. La educación que millones de mexicanos ansiaban, también falló; el magisterio organizado estaba dedicado a sostener al partido oficial.

No se realizó el potencial de cada región para sostener comunidades integradas y productivas y absorber la mano de obra excedentaria. El resultado no fue la distribución racional de la población, sino la acumulación en una ciudad capital hoy de más de 20 millones de habitantes atrapados a diario horas enteras en su ir y venir en micro transportes controlados por mafias.

La pobreza de México se acentúa con la desequilibrada distribución geográfica de nuestra población que conlleva el alto índice de desigualdad que tenemos, comparable a los trágicos ejemplos africanos y centroasiáticos.

La fórmula para combatir la extrema pobreza se encuentra en la distribución racional de la población por todo el contorno nacional, para lo cual hay que crear polos de desarrollo regionales. 

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La culpa la comparten los dirigentes oficiales y empresariales a los que les correspondía, a lo largo de los años, orientar apoyos financieros y administrativos para dirigir las inversiones hacia las zonas necesitadas de apoyos y promoción. Los parques industriales que ahora se promueven no bastan porque no crean los polos de desarrollo que necesitamos para atender las perspectivas que ofrecen los mercados interno y mundial. Las Zonas Económicas Especiales no parecen tampoco tener la vocación social creadora de comunidades integradas.

Prever el colapso de nuestra ciudad capital y la amenaza de una catástrofe es el argumento definitivo que concientice la urgencia de corregir el descuidado rumbo que lleva el país en materia de distribución de nuestra población y el aprovechamiento de nuestros recursos.

Necesitamos apretar el paso. Los acontecimientos mundiales nos apremian.  Hemos perdido más de 50 años desde que se propusieron esquemas de desarrollo nacional integral.

Hoy estamos a años luz de aquella armónica condición en que nuestros únicos problemas se resumían en educación, salud y oportunidades de trabajo. Hoy los problemas son más, los dictados de la demografía han venido a intensificarlos. No se requieren políticos en búsqueda de votos, se necesita gente de acción con mucho sentido común.