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La actualización del TLCAN

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Uno de los temas con que el presidente Trump arrancó su campaña electoral fue la urgencia de corregir el pesado déficit que Estados Unidos viene arrastrando en sus transacciones con el exterior y al que México en alguna medida contribuye. Corregir esta situación requiere, a juicio suyo, una acción decidida sea para eliminar ese acuerdo o al menos renegociarlo para quitarle la capacidad de continuar causando ese daño.

La renegociación por la que se ha optado, está a punto de arrancar. Hay notorias diferencias entre los enfoques que cada uno de sus tres signatarios tienen respecto al Tratado.

El Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) iniciado en 1994, sumó los mercados de los tres países de Norte América con el objeto de  aprovechar recursos, compartir producción y aumentar el bienestar para sus habitantes. Mientras que para muchos, en México el TLCAN es un claro éxito de los que lo idearon, otros lo ven como el instrumento que ha entregado la estructura económica y hasta política a los intereses más siniestros insertos en la globalización. 

A más de 20 años de vigencia, algunos estiman que el acuerdo está en necesidad de ponerse al corriente con los avances económicos y sociales que se han registrado en sus estados miembros.

El representante norteamericano para asuntos comerciales, Robert Lighthizer, dio a conocer esta semana un documento que describe en 17 páginas las propuestas iniciales para enmarcar la renegociación. En México, las reacciones oficiales son de un optimismo sazonado con una buena dosis de cautela. El argumento del intolerable déficit comercial no convence. Habrá disposición de negociar ajustes siempre que no se modifique el acceso al mercado que ya se tiene. Esta posición del secretario Guajardo es firme.

Para Canadá, pendiente de oportunidades para sus clásicas industrias en expansión, especialmente en bosques y minas, el Tratado es, venciendo escepticismos, todavía un útil accesorio que irá madurando sus ventajas al paso de que se aclaren las incógnitas del momento.

El señor Lighthizer describe un lúgubre y desolador paso del TLCAN por su país dejando, además de un inaceptable déficit, una secuela de millones de obreros que se han quedado sin dedicarse a los oficios para los que se capacitaron y miles de empresas cerradas. Sólo la modernización del TLCAN, señala, podrá rescatarlos. Ni una palabra, desde luego, de reconocimiento para los miles, millones, de mexicanos que están haciendo grande a Estados Unidos, ocupando puestos que los locales desprecian o dirigiendo un creciente número de proyectos productivos.

Ciertos miembros de nuestro equipo negociador, en estrecho contacto con el yerno de Trump, Jared Kushner, parecen creer que los mecanismos del TLCAN podrían perfeccionarse si aceptamos ciertos ajustes y adiciones propuestas.

Hay, empero, cuestiones de fondo que encierran materias de discusión entre los tres socios del Tratado. Una de ellas es la drástica pretensión de Estados Unidos de eliminar, así de golpe, todo el Capítulo 19 del TLCAN, referente a la solución de controversias. El efecto sería dejar esos asuntos a las resultas de la aplicación, remota y cara, de las reglas generales de la Organización Mundial de Comercio (OMC).

México sabe utilizar juiciosamente los mecanismos vigentes del TLCAN. Derogarlos condenaría a nuestros exportadores a prolongados procesos ante la OMC por la obligada vía diplomática. Al intensificarse los intercambios dentro del TLCAN, aumentará la necesidad de seguir contando con oficios arbitrales rápidos y eficaces.

Otros aspectos como previsiones favorables al movimiento de personas, acciones anticorrupción o los instrumentos cibernéticos de comunicación han surgido como componentes de un TLCAN verdaderamente de “tercera generación”. Para ello, la negociación debe mantenerse ajena a las campañas de nuestra sucesión presidencial.

El TLCAN es el más reciente eslabón en la larga historia de acuerdos comerciales con Estados Unidos. Los autoritarios desplantes del presidente Trump responden a lo que él percibe como la más inmediata conveniencia del interés americano. Al igual que ya están haciendo otros gobiernos amigos, hay que alistar planes de contingencia.

El sector privado mexicano tiene, a su vez, la tarea de asegurarse que la próxima edición del TLCAN incorpore una visión a largo plazo, no solo del interés particular de sus empresas, sino también el de la comunidad nacional.