Diez millones
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El gran socavón

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Hemos entrado a la fase preelectoral de nuestra democracia presidencial. Todo lo que se plantee y discuta tiene que ver con la gran decisión que habremos de tomar en las urnas en julio de 2018. Las cuentas que para entonces rinda el gobierno del presidente Peña Nieto versarán sobre el éxito mayor o menor que hayan cosechado las reformas que lanzó y el grado en que faciliten el plan de gobierno que desde su inicio el nuevo sexenio pondrá en marcha.

En primera línea estará la funesta herencia de la extendida corrupción y los esfuerzos que se hayan hecho por erradicarla. A última hora se había querido armar como gran jugada desesperada el programa nacional anticorrupción que atrajo la atención nacional al igual que la internacional. La pésima imagen de México en materia de seguridad continuaría siendo asunto grave para el inversionista extranjero que tendrá que hacer sus cuentas sobre el costo que le represente antes de decidirse por nuestro país.

La inseguridad es un hecho negativo. Lo único positivo que puede contrarrestar ese pasivo es la cercanía que siempre tendremos al mercado norteamericano y nuestros bajos salarios, que probablemente prevalecerán.

Estos dos factores positivos son los que nos mantienen vigentes en la competencia al lado de docenas de países que también quieren acceder a los grandes mercados mundiales o crear áreas regionales de insospechadas dimensiones.

Hoy numerosas reuniones se están sucediendo, una tras otra, en diversos lugares del mundo, ahora en Tokio, Bruselas, Bangalore, Panamá o Kampala, ideando acuerdos regionales, ajustando o ampliando los existentes, lo que demuestra la vertiginosa velocidad con que están cambiando los escenarios comerciales, financieros y tecnológicos en que México tiene que actuar para no perder las posiciones ya ganadas. China, por ejemplo, está lista para seguir arrebatándonos nuestras posiciones arduamente conquistadas en el mercado de Estados Unidos.

Los últimos encuentros del G20, del que somos miembros, difunden decisiones que están cambiando la dinámica geopolítica mundial, donde no podemos participar lastrados de las siniestras ataduras de la corrupción, violencia e impunidad que lastran y hasta nulifican nuestra capacidad competitiva.

No es tolerable que las reformas estructurales que fueron iconos de la administración de Peña Nieto, de los incansables esfuerzos de la sociedad civil, de las iniciativas de los empresarios, del aguante del sector obrero y esperanzas de las familias mexicanas estén sumergidas y perdidas en el gran socavón de corrupciones, violencias e impunidades que nadie ignora.

El deterioro nacional al que hemos llegado no se solucionará con pretextos sacados de la manga, como vemos en estos días en la increíble tragedia del camino a Cuernavaca. No nos redime el que algunos países que nos son familiares también se exhiban saturados de inesperadas contradicciones o vergonzosas transas y engaños de políticos a electores, mega fraudes comerciales y financieros sazonados con enlodadas acusaciones. Nuestro caso es muy nuestro. Resolver la corrupción, impunidad y violencias no va a depender de otros. Los que aquí siguen traicionando la confianza del pueblo desde sus puestos públicos o desde el poder de los dineros de cuestionable origen frenan el desarrollo de todos.

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Ahora nos acercamos, semana a semana, a la fase crítica de las transmisiones de poderes, locales y, ante todo, la federal. La situación es muy comprometida para cada candidato que tiene que tejer su plataforma de propuestas y ofertas.

Es hora de repetir aquel ejercicio de “Compromisos para la democracia” que firmaron los pretendientes a la silla presidencial en 1994 y los renovaron en el 2000. Ahora los candidatos deben cargar énfasis en su promesa de extirpar la corrupción y poner fin a la impunidad y para ello asumir la responsabilidad correspondiente so pena de renunciar.

México puede responder a todos los retos que le lleguen desde fuera. En cuanto a los de dentro hay que estar solemnemente conscientes que nuestras posibilidades de rescate yacen todavía en el profundo socavón de culpas colectivas que llevan décadas sin que las hayamos podido cerrar.