Diez millones

La Semana Santa de 2017

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Esta Semana Santa, en que conmemoramos la muerte y resurrección de Nuestro Señor, debe ser ocasión para cada uno de nosotros para reflexionar sobre el significado de pertenecer a una sociedad donde, al lado de sus recursos tan vitales, la muerte nos asedia todos los días y desde todos los medios de prensa, radio y televisión.

Se nos informa que en lo que va del sexenio son 63 mil los muertos. La secuela sangrienta sigue. Los encuentros entre mafias rivales cobraron la vida de miles y menudearon los asesinatos a mano armada.

¿Caídas las víctimas en las guerras entre mafias? No todas. Algunas, quizá, por irreflexivos compromisos asumidos en la ingenua creencia de ganancias grandes y fáciles, pero que les llegó la hora de ajustar cuentas. Las más, muertos por mafias rivales en la macabra lucha por plazas o territorios de explotación. Soldados y marinos también sucumbieron cumpliendo órdenes.

No olvidemos a los infelices centroamericanos que, caídos de la Bestia, encontraron en nuestro país el fin de su viaje. ¿Y los 70 de San Fernando? ¿Qué decir de los muertos de Guerrero, Michoacán, Tamaulipas, Chihuahua, Sinaloa, Chiapas, los del Estado de México o los de la misma ciudad capital, o los de Ayotzinapa?

Nuestra comunidad está entre las más asesinas del mundo. ¿Será que nuestra sociedad, heredera de sangrientas culturas antiguas, continúa con el mismo karma?

Pero no somos los únicos. El ángel de la muerte extiende sus alas por todo el mundo: en Oriente Medio, África, en Estados Unidos, donde el asesinato es un ocioso juego para desequilibrados. En Europa, donde cualquier desubicado reclama un lugar en la historia. En todo el mundo se inmolan inocentes.

Lo que nos diferencia de la muerte y la violencia de épocas pasadas es la brutal crueldad actual e indiscriminada hacia jóvenes y adultos, ricos y pobres, no por ser víctimas de saqueos o sitios militares, sino por cruzarse en el camino de un primitivo sicario que no entiende ni porqué mata ciegamente sea o no por encomienda de otro criminal o por creerse el fundamentalista vengador señalado del cielo.

Vivimos en todo el mundo la era de cientos de miles de mártires obligados. Para las familias que en Asia padecen en estos mismos momentos, con la mansedumbre de las ofrendas vivas que a lo largo de los milenios se han inmolado en los templos de Asia, no hay más opción que intentar escapar y ascender a la calidad de refugiado. Su sacrificio cotidiano nos hace preguntar si tiene sentido, significado o algún valor.

¿Qué sentido tienen estas tristes muertes más allá de figurar como números que, llegada la hora de las negociaciones, se canjean por gajos de poder criminal? Para ellos no hay otro destino.

Para los que en nuestra América Latina luchan por lograr libertades cívicas que cuestan persecución y años de cárcel, la existencia es de riesgos y zozobras. Nuestra solidaridad va hacia ellos con la intención de materializarla en cualquier momento oportuno.

Aunque sea en plenas vacaciones, en esta Semana Santa tan propia para meditar, podríamos imaginar que todas las inocentes víctimas del mundo derraman su sangre, uniéndola con la del Redentor, para con Él sumar la energía que redima las pesadas culpas de las sociedades deshumanizadas de hoy.

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El sacrificio de cientos de miles de inocentes podría sacudir al mundo y trascenderlo hacia una manifestación superior. ¿Se purificaría así la globalización?

Porque pensar en todas esas muertes inocentes de alguna manera nos hace entender que a sus penas contribuimos a diario en la medida de nuestros egoísmos sociales.

En México nos gusta sentirnos en época de cambios sin correr peligro. El futuro no encierra más riesgos que la fluctuación del poder de compra de nuestros ingresos personales. Pero las muertes que lastran las estadísticas económicas y los pronósticos financieros siempre optimistas nos tienen que llamar a reflexionar en estos días de santa tranquilidad sobre el futuro de nuestra comunidad de desiguales, la necesidad de unirla en perspectivas de solidaridad y de esfuerzos serios por hacer que el país avance en confiabilidad y justicia.

La Semana Santa que ahora valoramos nos debe llevar a reconocer el inmenso potencial que la libertad nos da y que, al contrario de las desgracias que otros padecen, por ello mismo nos regala un clima de inevitable optimismo y mayor consciencia de lo que tenemos que defender.