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La independencia, 207 años después

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México es país con experiencias. No tantas como las europeas y menos que las de Asia. Pero son muchas las que hemos acumulado desde La Conquista, La Colonia, la proclama de don Miguel Hidalgo, las guerras civiles del siglo XIX, las invasiones extranjeras, la Reforma y el Porfiriato. El Sufragio Efectivo, los levantamientos revolucionarios, la guerra cristera, la era del petróleo, la del desarrollo estabilizador, los extremismos que le siguieron, la  adhesión al GATT, la firma del TLCAN, el levantamiento en Chipas y el sincrético y régimen actual. Las elecciones del año entrante en que no solo la Presidencia está por decidirse, sino docenas de gubernaturas y cientos de puestos públicos dan un clima de expectación respecto del cómo será la siguiente etapa de nuestra vida nacional

Nuestras variadas realidades parecen reducirse a primeras planas de los periódicos de casa y extranjeros, a espeluznantes episodios de los recientes fenómenos naturales, interminables violencias de mafias y relatos de corrupción generalizada. Sabemos contrapesar esta realidad con promesas que una tras otra prometen lo que se sigue pidiendo a la Divina Providencia: casa, vestido y sustento… honestidad y empleo.

A lo largo de los años, el mexicano ha sido singularmente paciente y generoso con sus políticos, dejándoles manos libres para lo que se les ha antojado hacer. Pocos países lo han sido tanto. Hasta los de América del Sur han dado más señales en los últimos años de hacer respetar sus derechos y valores tradicionales o hacer efectivo el castigo a los que traicionan la confianza de la nación. Nosotros preferimos cerrar los ojos y seguir la tradición sexenal de planes y programas. La acción individual quedó en el pasado.

Los horizontes políticos y económicos de México no se presentan festivos, llegan encapotados e inquietos, como los del paso de los terribles huracanes de la semana pasada. Nomás que más largos. Las situaciones que nos envuelven en incertidumbres, en prácticamente todos los campos, salvo, por cierto, el cultural, donde un inacabable recurso de talentos está poniendo en alto nuestro nombre, nos están obligando a pensar más en las consecuencias de seguir hurtando el cuerpo y hacer como que nada está pasando. Las consecuencias de nuestra incuria, falta culpable de cuidado, serán persistentes si no procedemos a corregir la actitud de no reacción.

Las experiencias nacionales que arriba hemos resumido nos dan respuestas muy concretas a los retos a los que nos enfrentamos hoy en día. En primer término, está la responsabilidad de reaccionar con acierto y presteza a lo que interpretemos como un daño a nuestra comunidad. Es al gobierno, en sus tres Poderes al que le toca actuar. El Legislativo tiene que acabar con la destructiva costumbre de desatender por semanas, meses y hasta años enteros, el estudio, dictamen y decisión sobre las iniciativas pendientes. A la Suprema Corte le corresponde dejar interpretaciones legalistas y aprender a basarse en un convencido humanismo que suaviza las sentencias sin quitarles su filo.

Es al Ejecutivo al que le toca dar sentido de dirección a la comunidad nacional ahora que hay muy pocos líderes respetados visibles en el mundo.  El papel de México, como país sobresaliente de América Latina, es de ofrecer ejemplo y apoyo a las comunidades del continente, hundidas en esquemas atrasados de desarrollo y atención insuficiente a su crecimiento poblacional.

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La temporada actual de negociación de tratados regionales e intercontinentales que ahora vivimos, como el TLCAN o el de la Unión Europea, debería ser para proyectarlos a metas más ambiciosas, en términos de las necesidades sociales tangibles y cotidianas de las poblaciones, en lugar de reducirse a informes y registros estadísticos. Ver aumentar las brechas entre ricos y pobres es un ejercicio en frustración que hay que dejar atrás.

En medio de las intemperancias y volubilidades de la Presidencia norteamericana, las respuestas de las estructuras del gobierno y del Congreso probarán su fortaleza. Las relaciones entre parlamentarios son tan importantes como con los funcionarios del Ejecutivo. Son ellos, por ejemplo, quienes tienen en sus manos la suerte de los jóvenes y adolescentes “soñadores”, dreamers, que la lógica más simple recomienda prolongar indefinidamente su residencia en su país de adopción. En caso contrario, debemos en México prepararnos para incorporarlos a su verdadera patria. La “diplomacia parlamentaria” es un instrumento que subirá en importancia como puente entre los legisladores mexicanos y estadunidenses para resolver problemas que parecen imposibles.

En todo caso, ¡feliz Grito de Independencia!