Diez millones
Nutriseg-control-temperatura-concretos

Pa’ qué tanto brinco

Ratio: 0 / 5

Inicio desactivadoInicio desactivadoInicio desactivadoInicio desactivadoInicio desactivado
 

El orden es un bien común. Es preciso dejar de engañar y hacer un necesario ejercicio de humildad, de conocer nuestra realidad y ser más accesibles y sencillos en las propuestas. Nos estamos perdiendo en planteamientos totalmente oscuros y de efectivismo ideológico y emocional

Hombres en tiempos oscuros.
Hannah Arendt

Diego Valadés considera que México ha tenido “gobernantes que han utilizado el derecho como un instrumento al servicio del poder; otros lo han considerado un estorbo, y los ha habido que ni siquiera le atribuyeron importancia”. No hay una preocupación seria “por encauzar la vida pública conforme a las reglas del derecho”.

El Estado mexicano nació en realidad con la Revolución de Ayutla (1854), encabezada por Juan Álvarez e Ignacio Comonfort y a la que se unieron los liberales para derrotar a Antonio López de Santa Anna. Se elabora entonces la Constitución de 1857, documento de once mil palabras que deslinda con claridad las tareas del Estado y los derechos del ciudadano. Eso motivó tres años de Guerra Civil y el frustrado imperio de Maximiliano.

Benito Juárez entró a la Ciudad de México el 15 de julio de 1867. A partir de esa fecha se fortalecen las instituciones, se da el mejor desempeño del Poder Legislativo y se respeta la ley. Desafortunadamente, se comete el error de resucitar al Senado. En ese periodo hubo mexicanidad, mística republicana, sentimiento de nación. Fue más heroico liberarse de los franceses y de su imperio que independizarse de España.

Hoy escuchamos propuestas grandilocuentes cuando lo más elemental es cumplir la ley. Con Peña Nieto, agregaría un nuevo tipo de gobernante a la clasificación de
Valadés: el que desprecia la ley. El mayor riesgo en la actualidad no es el retorno del autoritarismo, sino claros presagios de anarquismo. A la izquierda le desagrada la palabra orden, sobre todo, cuando es oposición. Cuando encabeza un gobierno, lo impone a rajatabla. Recordemos a Lenin, Stalin, Mao, los hermanos Castro, que, de acuerdo con Rubén Cortés, utilizan los siguientes slogans: “Hay un ojo que te ve”, “El enemigo observa”, “Vigilancia es revolución”. Ni hablar de Venezuela, donde Nicolás Maduro afirma: “Lo que no se pudo con los votos lo haríamos con las armas”.

El orden es un bien común. Es preciso dejar de engañar y hacer un necesario ejercicio de humildad, de conocer nuestra realidad y ser más accesibles y sencillos en las propuestas. Nos estamos perdiendo en planteamientos totalmente oscuros y de efectivismo ideológico y emocional. Muchos políticos padecen la enfermedad que Porfirio Díaz denominaba “profundismo”, imaginando amenazas y proponiendo utopías. Nuestra crisis es más sencilla, basta con fortalecer el Estado de derecho, lo cual significa respeto a los derechos humanos, vinculación de la democracia y la diversidad, convivencia pacífica y plural, legitimidad de las autoridades, respeto a la voluntad popular, ataque a la corrupción, disminución de la impunidad. Cumplidos estos objetivos, lo demás vendrá por añadidura.

Hay una obsesión por buscar soluciones mágicas a realizarse en el corto plazo. Bastaría con cotejar los ofrecimientos de los candidatos contra lo realizado en los cargos públicos para dimensionar el abismo entre palabras y hechos, entre leyes y actitudes y conductas. Lo más necesario hoy es cumplir con el artículo 17 constitucional: justicia pronta y expedita. Desafortunadamente, hoy el Estado mexicano no cumple ese mínimo deber derivado del contrato social.

Mi buen amigo Raudel Ávila despertó en mí una gran admiración por Gilberto Bosques, quien salvó a republicanos españoles, judíos y disidentes durante su desempeño en el Servicio Exterior en Europa. Bosques sintetizó en un pensamiento su tarea, no alardeó con pensamientos de izquierda ni mucho menos de ser un revolucionario, simplemente expresó en una entrevista: “He tenido el alto honor de servir al hombre”. Así de sencillo, así de contundente, así de generoso.