Diez millones

Las generaciones

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Tuve la oportunidad de coincidir con don Fernando Gutiérrez Barrios en el Senado y escuchar su único discurso en tribuna, precisamente, sobre el 68, en el 2000. Dio la cifra de 38 fallecidos. Cuando le manifesté mis dudas sobre ese número, me respondió con vehemencia: “Ya estoy viejo y no vengo a decir mentiras. ¿Se imagina lo que hubiera sucedido con 500 muertos, con sus deudos protestando?”.

La sociedad está conmovida, inquieta; no ha podido todavía entrar en sus quicios.
Ponciano Arriaga

El tema de las generaciones ha sido abordado por muchos analistas políticos, destacaría el precioso ensayo La ronda de las generaciones, de Luis González y González, al que le ha dado continuidad Enrique Krauze. De alguna forma, Octavio Paz, también, trató el tema. En todos ellos se ve la influencia de Ortega y Gasset.

La generación más brillante de México es la liberal, como bien dijo don Daniel Cosío Villegas, eran gigantes y rabiosamente independientes. Ponciano Arriaga dijo una frase que me parece conveniente citar: “Algún día llegarán al poder hombres de honor, de moralidad y de conciencia; algún día serán cumplidas las promesas y respetados los juramentos, algún día las ideas serán hechos y la Constitución una verdad”. Radicales y moderados tuvieron claros sus principios y sus motivos de lucha. La Guerra de los Tres Años y la posterior contra Maximiliano fueron episodios verdaderamente impregnados de ideales. Lo mismo aconteció con el movimiento de Francisco I. Madero, cuyos principios fueron distorsionados por una brutal confrontación de facciones, calificada atinadamente por Emilio Rabasa como La Bola.

Pertenezco a la generación del 68 y hay tres mitos en torno a ese movimiento. En primer lugar, muchos han pretendido calificarlo como de izquierda, lo cual no corresponde con los hechos. Salimos a protestar en contra de un sistema con claras evidencias de agotamiento, así lo consignó el Partido Acción Nacional al defender a la universidad y a los estudiantes. Otro mito es circunscribir las protestas a la Ciudad México. En Veracruz, éstas iniciaron con un movimiento magisterial y para el 2 de octubre los líderes (era yo presidente de la Sociedad de Alumnos de la Escuela de Derecho en Xalapa) ya estábamos en prisión. Otro mito se refiere al número de muertos. Tuve la oportunidad de coincidir con don Fernando Gutiérrez Barrios en el Senado y escuchar su único discurso en tribuna, precisamente, sobre ese tema, en el 2000. Dio la cifra de 38 fallecidos. Cuando le manifesté mis dudas sobre ese número, me respondió con vehemencia: “Ya estoy viejo y no vengo a decir mentiras. ¿Se imagina lo que hubiera sucedido con 500 muertos, con sus deudos protestando? Un muerto no se puede inventar, tuvo una vida. La placa que está en Tlatelolco no pasa de 20 nombres”. Al anterior testimonio se agrega el libro póstumo de Luis González de Alba sobre el tema.

Lo anterior viene al caso porque la generación del 68 tuvo grandes ideales y concibió muchas esperanzas. Desafortunadamente, no estuvimos a la altura de los desafíos. De alguna forma esto explica nuestra frustrada transición a la democracia. Lo más preocupante son las próximas generaciones, cada vez más ajenas, indiferentes y hasta repelentes a hacer política. Ha sido muy difícil hacer una política diferente a las inercias arraigadas. Por eso insisto en lo que dije la semana pesada, hablando de mi reciente libro, Cartas a un joven político: es sumamente grave la profundización del divorcio entre los ciudadanos (especialmente jóvenes) y la política.

Para Carlos Fuentes, la historia de México es una secuela de generaciones frustradas, algo hay de cierto. Al revisar los proyectos, planes, promesas, en nuestros casi 200 años de vida independiente, se percibe una enorme distancia con la realidad. Por eso el debate debe enaltecerse e impregnarle seriedad al discurso político, entendiendo por ello accesibilidad y autenticidad.

El tema da para mucho y se refiere a la cultura política, cuya definición confronta un inmenso reto, el cual debemos asumir con toda responsabilidad y prontitud.