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Los jóvenes y la política

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Las nuevas generaciones, sin importar si son la “X” , millennials y la generación “Z” , no quieren saber nada de partidos, de ideologías, de discursos, de promesas, de participación en asuntos públicos.

Los jóvenes piensan por sí mismos y actúan por sí mismos.
Así debe ser, pero quizá les convenga no escucharse sólo a sí mismos.
Enrique Krauze

 

En los meses transcurridos de este año han fallecido tres grandes pensadores de disciplinas diferentes, pero afines al mismo tiempo: Zygmunt Bauman (sociólogo), Tzvetan Todorov (filósofo) y Giovanni Sartori (politólogo). Los tres coincidían en algo fundamental: veían el futuro con enorme escepticismo, como un inmenso hoyo negro que no permite predictibilidad alguna. No es para menos. En todas partes arriban al poder personas no calificadas, hay riesgos inminentes de retorno al pasado que considerábamos ya superados y el malestar y repudio hacia la política ha arribado a extremos inconcebibles.

Esto se refleja de manera exponencial en las nuevas generaciones, la “X”, así bautizada sin razones claras; la generación “Y”, o de los millennials, y la generación “Z”, constituida por quienes apenas se están asomando a la ciudadanía. No quieren saber nada de partidos, de ideologías, de discursos, de promesas, de participación en asuntos públicos.

Me remito a una experiencia personal. Hace algunos años impartí la materia Política Mexicana Contemporánea en el Instituto Tecnológico Autónomo de México a alumnos de Relaciones Exteriores y Ciencias Políticas. Preparé mis 30 pláticas con el mayor esmero. Mi frustración fue mayúscula, pues no logré establecer una buena comunicación. Percibí la existencia de una brecha, se trastocó la continuidad generacional. Hay un rechazo al estudio de la historia y una frenética actitud de vivir el presente.

Durante seis años participé en Debatitlán, foro conducido magistralmente por Víctor Trujillo (Brozo) en el programa El Mañanero. Eso me obligó a tratar de entender lo que estamos viviendo en México.

Con estos antecedentes me aboqué a escribir un ensayo de título poco original, Cartas a un joven político, que la semana próxima empezará a circular. Como bien lo expresa Jesús Silva-Hérzog Márquez en el prólogo, es una defensa de la política y una invitación a los jóvenes a la participación, al tiempo de transmitir mi experiencia de 47 años de vida pública.

Junto con ese libro y gracias a la generosidad de Miguel Ángel Porrúa, ve la luz la cuarta edición de mi biografía de Adolfo Ruiz Cortines, a mi juicio, la personalidad más emblemática del viejo Partido Revolucionario Institucional, de sus decisiones verticales, de su poca convicción democrática, pero de un gran respeto a las instituciones, a la ley, a las formas de hacer política y al manejo honesto de los recursos.

En su paso por diversos cargos hasta su arribo a la Presidencia de la República, don Adolfo pregonó la sencillez y repudió la demagogia. Al día siguiente del destape de Adolfo López Mateos organizó una reunión en la casa de Antonio Ortiz Mena. Ahí comenzó, con el antecedente de Antonio Carrillo Flores como secretario de Hacienda y don Rodrigo Gómez como director del Banco de México, el desarrollo estabilizador, el periodo de mayor crecimiento económico con la menor inflación en nuestro país.

Se han dado fallas en la democracia, pero debemos insistir en mejorarla por ser el único sistema que permite su perfectibilidad. No tengo claro de dónde venga el remedio, pero si éste no logra atraer y convencer a las nuevas generaciones, fracasará. Insisto a riesgo de ser obsesivo, es preciso recuperar el valor de la palabra, revisar el discurso político y reiterar la lección de Ruiz Cortines de ser siempre congruente entre sus dichos y sus hechos.

Ofrezco disculpas a esta casa editorial, que con generosidad me ha dado cobijo, por “llevar agua a mi molino”. Y me justifico: la osadía de escribir debe ir acompañada de la audacia de promover lo escrito.