Diez millones

Campañas

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Podríamos fijar 1988 como el año en que arrancó la competencia electoral. Las formas cambiaron, pero en el fondo prevaleció la misma primitiva cultura. La expresión de Carlos Castillo Peraza (el priista que todos llevamos dentro) representa algo más que el sello de unas siglas.

La simulación es la reina de nuestra vida pública.
Jesús Silva-Herzog Márquez

Con mi solidaridad para Ana Teresa Aranda, Rafael Micalco, Eduardo Rivera y demás panistas víctimas de la represión de quienes nos han despojado del PAN en Puebla.

En la época del PRI como partido hegemónico no se hacían campañas políticas ni se intentaba ganar el voto. Se realizaban recorridos triunfales, con la certeza de que quienes eran postulados por el partido oficial serían los seguros ganadores. En actos interminables, los diversos sectores planteaban sus problemas, presentaban peticiones y propuestas. El candidato, a su vez, prometía respuestas y soluciones una vez asumido el cargo. Eran monólogos sin controversia que concluían siempre con la adhesión incondicional y la promesa del voto. Vaya, ni siquiera implicaba un costo mayor, el cual era financiado por las arcas gubernamentales. Don Adolfo Ruiz Cortines incluso llegó a prohibir a los candidatos aceptar aportaciones personales, pues no correspondían a una actitud altruista, sino a una inversión que se recuperaría con creces.

Podríamos fijar 1988 como el año en que arrancó la competencia electoral. Las formas cambiaron, pero en el fondo prevaleció la misma primitiva cultura. La expresión de Carlos Castillo Peraza (el priista que todos llevamos dentro) representa algo más que el sello de unas siglas. Significa una rendición del ciudadano al poder, una vieja cultura de súbdito en la cual no se respeta la dignidad en una doble concepción: la del ciudadano que ejerce su voluntad sin recibir nada a cambio y la de quien es capaz de reflexionar y resistir a las manipulaciones.

Los órganos electorales son autónomos por disposición constitucional, pero partidizados en su conformación, distorsionando y entorpeciendo su desempeño. Paradójicamente, la palabra más utilizada como oferta política es la del cambio que, como dice mi amigo Rafael Cardona, es favorita de la grilla contemporánea. Pero nadie define en qué consiste el cambio, nadie precisa qué se debe cambiar o qué se debe conservar, ejercicio lógico y elemental para tomar decisiones.

En pocos periodos de nuestra historia ha habido debates de ideas y confrontación de propuestas. Esta selección es arbitraria y hay muchos más capítulos relevantes, pero siempre es bueno hacer un ejercicio de memoria.

El de la Reforma que inclusive provocó una guerra civil en razón del contenido de la Constitución de 1857.

Los 15 meses efímeros en que Madero estuvo en el poder.

Desde luego, ese destello luminoso, ese movimiento telúrico que sacudió a toda la nación: el vasconcelismo. A pesar de tantos libros escritos sobre ese episodio, continúa siendo una fuente inagotable de ideas, de actitudes, de ejemplos de valor y de un vigoroso intento para regenerar moralmente a la nación mexicana.

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El ánimo surgido de nuestra transición se ha ido deteriorando paulatinamente. Hace unos días tuve la oportunidad de impartir una conferencia en Iguala, donde el clamor es por la seguridad. En Oaxaca, en un panel, todos coincidieron en la urgencia de evitar, mediante la aplicación de leyes, los bloqueos que tanto daño le han hecho al estado en todos los órdenes.

Hay una lección a desprender de las elecciones a efectuarse en fecha próxima: qué difícil es cambiar nuestra cultura política, nuestros usos y costumbres, nuestros hábitos e inercias, nuestros dogmas y creencias, nuestros intereses y visiones de corto plazo.

No veo una solución sencilla, pero sí tengo una certeza: la responsabilidad recae en todos los partidos políticos, con sus dirigentes y militantes, para hacer un esfuerzo con el fin de darle raciocinio, principios éticos y discurso político accesible a nuestra empobrecida democracia.