Diez millones

2017

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A la memoria de don Gabriel Jiménez Remus, extraordinario panista, con gratitud y admiración.

El progreso y el destino son dos caras de la misma moneda: ambos son artículos de superstición, no de fe.
Hannah Arendt

 

2016 terminó muy mal y 2017 será uno de los años más dramáticos para México. Para analistas y políticos el optimismo es casi un deber, pero es difícil sustentarlo ante los augurios en todas las materias.

El Presidente de la República no amanece pensando cómo “joder a México”, pero tampoco sabe cómo beneficiarlo. Peña Nieto perdió las oportunidades, escasas, fugaces y efímeras en política, para ponerle un sello a su gobierno. Por el contrario, los acontecimientos lo arrastraron y en los próximos meses es muy probable que veamos un Presidente pasmado, intentando salir lo mejor librado.

Venimos arrastrando un problema hace mucho tiempo: el resquebrajamiento del Estado de derecho y la indecisión para utilizar la violencia legítima que la ley le concede al poder público para conservar el orden. Como bien lo expresa el gran jurista Rudolf von Ihering, “La lucha por el derecho es la poesía del carácter”.

Una autoridad puede asumir decisiones si cuenta con legitimidad y autoridad moral, no es el caso del actual gobierno. Por lo tanto, el escenario hacia el 2018 es una precaria estabilidad política acompañada por la impunidad y la falta de aplicación de la ley.

¿Hacia dónde va México entonces? Vislumbro cuatro escenarios de enorme pesimismo.

1. Regresión al autoritarismo. gobernantes que no agoten los recursos de la política y cedan a la tentación de una represión indiscriminada, lo cual daría al traste con nuestra ya de por sí frustrada transición a la democracia.

2. Resurgimiento del populismo. Como estamos viendo en muchos países, se profundizaría la demagogia y la corrupción para preservarse en el poder.

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3. Un gobierno pasmado, sin ideas y sin voluntad para enfrentar los problemas y cobijado en la mercadotecnia y en las alianzas con poderes de facto.

4. Ejercer con responsabilidad el poder, asumiendo autoridad moral y teniendo muy claros los deberes del gobernante.

En los últimos años hemos visto cómo se reducen los espacios de maniobra de los gobernantes. Cada vez
es más evidente el conflicto entre política y poder y entre ciudadanía y democracia. A pesar de este panorama pesimista, siempre es posible rendir cuentas positivas a la comunidad. Sobran ejemplos de gobernantes cuyas virtudes personales les permitieron ser auténticos estadistas en situaciones críticas, así lo advirtieron algunos pensadores políticos:

Justo Sierra reconoció las grandes virtudes de Benito Juárez para restablecer la República.

Emilio Rabasa encontró habilidades en Porfirio Díaz para fundar el México moderno.

José Vasconcelos calificó a Francisco I. Madero como un auténtico demócrata.

Daniel Cosío Villegas vio en Adolfo Ruiz Cortines un Presidente austero que le devolvió prestigio a la investidura presidencial.

En otras latitudes, André Malraux señaló las grandes cualidades de Charles de Gaulle para fortalecer la Quinta República de Francia. Enrique Tierno Galván elogió las cualidades de Adolfo Suárez para lograr el tránsito a la democracia en España. Isaiah Berlin admiraba la visión de Winston Churchill para percibir la peligrosidad de Adolfo Hitler. Zygmunt Bauman destacó la enorme integridad del dirigente checoslovaco Václav Havel. Cómo no reconocer los méritos de Mijail Gorbachov o Nelson Mandela.

Siempre es posible conducirse conforme a principios y asumir deberes para enfrentar tiempos difíciles. Ése es el escenario de este año en cuya etapa final se decidirán a los contendientes para la contienda electoral de 2018.

Ojalá surjan opciones a la altura de los retos y ojalá los mexicanos agucen su talento y escojan con responsabilidad a quienes decidirán sus destinos.