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El fracaso de la política

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El pueblo de México tiene que aguzar su talento en el conocimiento de la condición humana para seleccionar a las personas que manejan poder.

Una mezcla de turba linchadora y pueblo fantasma.
Antonio Ortuño

Pensando en calificar de alguna forma al año que concluye, lo consideraría como el de la degradación de la política. Por donde se analice, el mensaje es claro: se retrocedió y la democracia demostró sus graves falencias.

¿Cómo es posible que después de un líder de la calidad de Barack Obama, primer afroamericano en arribar a la Presidencia de Estados Unidos y, desde mi punto de vista, magnífico conductor de esa nación en los últimos ocho años, sea sucedido por alguien en el extremo contrario, que ni remotamente puede ser visto como un líder político? Donald Trump mismo se encargó de descalificar esta profesión como sucia y dura.

Ya los distintos analistas se han encargado de señalar cómo se rompieron paradigmas y los liderazgos que fracasaron en la conducción de pueblos. A riesgo de ser arbitrario, menciono algunas tristes lecciones.

Hubo de todo, pero comienzo con el fin de las ideologías, su necrofilia según Moisés Naím. En otras palabras, políticos y partidos que todavía creen en ideas muertas: izquierdas-derechas, revolucionario-reaccionario, conservador-progresista.

¿Es posible distinguir a Nicolás Maduro de Jean-Marie Le Pen? ¿No acaso estamos viendo afinidades entre Vladimir Putin y Trump? ¿No es Angela Merkel de la democracia cristiana quien está enarbolando principios y doctrinas para defender la cultura occidental?

La explicación está más en la personalidad autoritaria que en el tipo de pensamiento que profesen, o como observa Anne Applebaum:

“No quieren conservar ni preservar lo existente, sino que pretenden acabar radicalmente con las instituciones actuales para recuperar, por la fuerza, otras del pasado, o las que ellos creen que existieron. Su retórica cobra formas distintas en cada país, pero sus proyectos revolucionarios suelen incluir la expulsión de los inmigrantes (…), la resurrección del proteccionismo, la vuelta atrás respecto de los derechos de la mujer o las minorías y el fin de las instituciones internacionales y de todo tipo de cooperación externa”.

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Otro factor, la influencia de la tecnología en los procesos democráticos. Las transiciones de sistemas autoritarios a democracias fueron impulsadas por nuevas tecnologías en los medios de comunicación y por una forma distinta de hacer política, pero ahora se han convertido en una grave amenaza. ¿Quién hubiera concebido hace algunos años que un país como Rusia podría intervenir en las elecciones de su rival, Estados Unidos? Esto augura un enorme peligro para la globalización.

Otra lección es nuestra alta vulnerabilidad. Se acabó el optimismo de hace algunos años cuando se hablaba del fin de la historia y se percibían la democracia liberal y la economía social de mercado como soluciones únicas.

En la agenda nacional surgirá un tema: ¿México depende de hombres indispensables? ¿Continuaremos añorando al gran Tlatoani? ¿Es posible esperar un cambio sin líderes que lo encabecen? De aquí a la elección de 2018 seremos abrumados por aspirantes y candidatos ofreciendo todo tipo de soluciones. El pueblo de México tiene que aguzar su talento en el conocimiento de la condición humana, única clave de mediana confiabilidad para seleccionar a las personas que manejan poder.

2016 constituye un elocuente llamado para prepararnos a tiempos aún más difíciles. Las amenazas están a la orden del día y las instituciones habrán de probar su eficacia para contener los desmanes del poder.

Dadas las fechas, estimado lector, no quiero ser catastrofista. Termino con una frase de Agustín Carstens que me agradó: “Más que maldecir la oscuridad, hay que prender una vela”.

Felicidades y que el año próximo nos permita concebir esperanzas y seguir acariciando anhelos.