Diez millones

Felipe y Margarita

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Lo mejor de Acción Nacional son su militancia y su doctrina. Hay malestar en sus bases, hay un sentimiento de abandono y distanciamiento con su dirigencia

Esas existencias que se consumen
                en la persecución de un deseo extraño e irrealizable.
                Por anormal que sea una esperanza, tiene sus amantes.
Octave Pirmez

 

Con mi solidaridad para Ernesto Ruffo,
                buen gobernador y buen panista.

La política está para resolver conflictos, para suavizar confrontaciones, pero también para no ser condescendiente con la deshonestidad. Desgraciadamente, por querer conciliar todo, terminamos siendo cómplices de conductas inmorales.

Hablar con la verdad es el primer requisito para mejorar la política, descubrirla, esclarecerla, pulirla, difundirla y asumir las consecuencias. Sin la verdad, todo esfuerzo de regeneración ética-política es inútil.

Nuestro primer compromiso es con los hechos, por eso es importante precisarlos. Siempre, como deber apriorístico, la prevalencia de los principios.

Podría escribir muchas experiencias personales con
Felipe Calderón y Margarita Zavala. Fui partidario de ella para ser presidenta del partido y tuvimos una fuerte discusión cuando desistió de ese propósito y anunciar la búsqueda de la candidatura por la Presidencia de la República.

Consta en los órganos colegiados del PAN, en mis escritos y en mis declaraciones, mi crítica permanente, personal y directa a su gobierno y al trato que le dio al partido, sería un atentado a la cultura panista escarbar heridas. Felipe Calderón trasladó, desde antes de asumir el poder, la práctica del dedazo, disfrazado de candidato de unidad. No me alcanzaría el espacio para dar ejemplos.

El 29 de abril pasado, en la reunión del consejo panista, Calderón intentó, proponiéndolo una y otra vez, que no fuéramos a un proceso interno, que el padrón no era confiable, que nos íbamos a dividir y que siendo Margarita la mejor posicionada en las encuestas, la designáramos, ya, candidata y cerráramos filas para dar la batalla el año próximo. Todo ello consta en actas.

Desde Cuauhtémoc Cárdenas hasta Luisa María Calderón, quienes hemos renunciado a un partido político ha sido por la no postulación a un cargo. Solamente conozco dos excepciones: Agustín Basave (por su integridad y convicción) y Vicente Fox (al pedir el voto por Peña Nieto ante el temor del triunfo de López Obrador). Yo lo hice por no haber sido postulado por el Partido Revolucionario Institucional al Senado de la República, lo dije en la tribuna siendo diputado.

De haber logrado el apoyo del consejo, Margarita estaría hablando hoy del Partido Acción Nacional  de sus amores. La única forma de evitar su renuncia era su designación. Lo dijeron a quien quisiera escucharlos: si ella no era candidata por el Partido Acción Nacional, lo sería por la vía independiente.

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Efectivamente, el Partido Acción Nacional está en crisis y la pregunta es cómo salir de ella. La solución es lo que
Manuel González Hinojosa y Abel Vicencio Tovar
hicieron en 1976, así como Luis Álvarez y Carlos Castillo en 1991: volcarse al interior del partido, capacitar, difundir su doctrina; darle alma al partido, evitar que nos “coman las campañas electorales y nos neuroticen las escaramuzas políticas”.

Lo mejor de Acción Nacional son su militancia y su doctrina. Hay malestar en sus bases, hay un sentimiento de abandono y distanciamiento con su dirigencia. El panista, por tradición, es repelente a la línea y a la consigna. Hemos abandonado las mejores prácticas del partido para reflexionar en nuestros órganos colegiados.

Ricardo Anaya, a sus 38 años, enfrenta el mayor dilema de su breve vida política. Su tarea no es nada sencilla, tiene todo el derecho de aspirar a ser nuestro candidato, pero a su vez lograrlo, no tanto por alianzas, sino por un panismo unido y congruente.

La prioridad no es la elección de 2018, sino la preservación del PAN, institución precursora y promotora de los grandes cambios en beneficio de México.