Diez millones

La función de control

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El Poder Legislativo mexicano sólo ha sido contrapoder en tres casos: en el periodo de Juárez, quien enfrentó incluso una moción de censura en 1861; los quince meses de gobierno de Madero y a partir del 31 de agosto de 1997

A lo largo de la historia tan intensa como la lucha
                por el poder ha sido la lucha contra el poder.

Diego Valadés

Dos libros nos permiten entender, de alguna forma, lo que está pasando en el mundo y en México. Fuera de control de Zbigniew Brzezinski, asesor de seguridad del presidente James Carter, y El control del poder, de Diego Valadés.

El primero es un relato descarnado de las consecuencias ocasionadas por el mal uso del poder en el siglo XX. Concluye con una sorprendente reflexión: “Para que la humanidad se asegure el mando sobre su propio destino, se debe solucionar la crisis espiritual del mundo”.

Valadés señala que las percepciones del poder pueden agruparse en tres grandes tendencias: de exaltación, de deturpación y de racionalización. Este connotado jurista hace un estudio detallado de los distintos mecanismos jurídicos para que quienes ejercen el poder lo hagan para beneficio de las naciones. Concluye con una reflexión: “Para los efectos de una democracia consolidada se requiere una constitución normativa consolidada puesta a resguardo de oscilaciones circunstanciales”.

Estoy convencido de que la función más importante de los congresos, parlamentos, cortes, dumas, consiste en controlar el poder, no en hacer leyes (tarea de expertos y de juristas). En el registro histórico de esta lucha se han dado muchos casos que sería imposible relatar. Destacan tres en que se llegó a la pena capital: los senadores romanos asesinan a Julio César (44 a.C.); los parlamentarios británicos encabezados por Oliver Cromwell decapitan a Carlos I (1649) y la Asamblea francesa que lleva a la guillotina a Luis XVI y a María Antonieta (1793). Sin llegar a esos extremos, esto también se dio en 1215, cuando los lores y los comunes obligan a Juan sin Tierra (un rey débil) a firmar la Carta Magna para rendir cuentas de los dineros del pueblo. Relevante fue el grito de “No hay impuestos sin representación”, que en 1776 inició la independencia de las trece colonias inglesas de América.

En México fueron otras las circunstancias. La Revolución de Ayutla (1855) llevó a Antonio López de Santa Anna a perder el poder; Maximiliano es fusilado por las fuerzas juaristas en Querétaro (1867); Porfirio Díaz cae en 1911, consecuencia de la batalla de Ciudad Juárez; León Toral (solo o con algunos más) evitó la reelección de Álvaro Obregón en 1928.

El Poder Legislativo mexicano sólo ha sido contrapoder en tres casos: en el periodo de Juárez, quien enfrentó incluso una moción de censura en 1861; los quince meses de gobierno de Madero y a partir del 31 de agosto de 1997. Todavía recuerdo cuando Ricardo Monreal y Fidel Herrera intentaron frenar la instalación de la Mesa Directiva de la LVII Legislatura; Muñoz Ledo consulta a Carlos Medina si deben interrumpir la sesión y éste sólo dice: “Continuamos”. Por escasos once votos, se logró por fin la independencia al terminar la etapa de un partido hegemónico.

Por eso me parece de la mayor trascendencia lo acontecido en el Congreso de la Unión en días pasados. El derecho parlamentario, lo han dicho muchos estudiosos, es imperfecto por su flexibilidad, prevalece siempre el sentir de la mayoría. Eso se da, así debe ser, en todos los países democráticos.

Lo ha dicho mi correligionario Juan Miguel Alcántara Soria, las mejores páginas de la historia del PAN están en el Poder Legislativo. Son muchos los casos en que Acción Nacional levantó la voz para reclamar, señalar, acusar, exigir el cumplimiento estricto de los deberes del gobernante. Ojalá esto sea el reinicio de una lucha que nos permita superar los inmensos desafíos de nuestro proceso de consolidación democrática.