Diez millones

Objeción de conciencia

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Los senadores panistas que votaron en contra de la decisión mayoritaria de su Grupo Parlamentario para la elección de la Mesa Directiva del Senado no presentaron sus argumentos; sorprendieron en el pleno y, lo más grave, no presentaron razones ni argumentos éticos o jurídicos para sustentar su posición.

Más vale que me entierren bien o les apesto el pueblo.
Dicho popular.

El debate es añejo, ¿cuándo se justifica y se explica que un legislador vote diferente a su grupo? Hay muchos casos en el Partido Acción Nacional de votos particulares, siempre sustentados en la objeción de conciencia (por una convicción), no en una coyuntura o por alcanzar una posición. Acudo a dos parlamentarios panistas entrevistados para el libro Actores y testigos.

Federico Ling Altamirano (q.e.p.d.) expresa: “Lo importante se discute y se vota lo que diga la mayoría; o sea, se discute a fondo. Todo mundo expone sus puntos de vista y, finalmente, nos sujetamos al criterio mayoritario y se sigue conservando la unidad”. César Jáuregui Robles dice sobre el voto de conciencia: “Debe ser auténtico; realmente tiene que haber un problema de fondo, medular, que sea, verdaderamente, observable, que sea apreciable por los demás, que sea conocido (…) que sea compartido con los demás integrantes del grupo”.

En mi experiencia, en las decisiones al interior del grupo parlamentario siempre percibí dos principios. Por una parte, la vieja frase de Trajano: “Hágase justicia aunque perezca el mundo”, traducida la referencia al mundo como las élites del poder. En esta posición están los partidos que están utilizando todo a su alcance para evitar el pase automático del procurador. En el otro extremo, está la frase de Napoleón, derivada de la lectura de El Príncipe de Maquiavelo: “El fin justifica los medios”. En esta posición está el partido en el poder que, en su afán de lograr impunidad, está dispuesto a todo para lograrlo.

Los senadores panistas que votaron en contra de la decisión mayoritaria de su Grupo Parlamentario para la elección de la Mesa Directiva del Senado no presentaron sus argumentos; sorprendieron en el pleno y, lo más grave, no presentaron razones ni argumentos éticos o jurídicos para sustentar su posición.

Estos cinco legisladores, más que panistas, son calderonistas. Formaron parte del grupo más cercano al Presidente de la República. Cuatro de ellos llegaron por el dedazo de Felipe Calderón: tres por la vía de representación proporcional (Ernesto Cordero, Roberto Gil y Salvador Vega) y uno por primera minoría (Javier Lozano) en el estado de Puebla, quien contó con el apoyo de Rafael Moreno Valle. Cuando arribaron al Senado, lo hicieron público, estaban ahí para defender al expresidente Calderón.

Luis Felipe Bravo habla de una cultura panista que consiste en asimilar su doctrina, en vivir conforme a sus principios, en acreditar la buena ciudadanía. Nunca percibí en estos senadores una actitud de “ponerse la camiseta” del partido. De paso, diría que también hay una cultura priista que, como bien expresa Roger Bartra, está en crisis. Nunca en toda su historia ha habido tal vacío de principios, de ideas y de reflexiones en el discurso del Partido Revolucionario Institucional.

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Ahora bien, ¿qué hacer? Me encantan unos versos del argentino Roberto Juarroz: “No se trata de elegir esto o aquello / tampoco de sumarlo / se trata de llegar a la resta”. Los partidos políticos tienen pánico a las purgas y por eso son condescendientes con la deshonestidad y la deslealtad. A la larga, sancionados por la ciudadanía, contribuyen a su bien ganado desprestigio.

Vamos a una batalla de la mayor trascendencia. No es conveniente que en las filas panistas haya, por decirlo eufemísticamente, militantes no confiables. Estoy consciente de que la solución para México está en Acción Nacional, en su tradición democrática, en sus tesis doctrinarias, pero, sobre todo, en la calidad humana de sus militantes.

Podrá verse inoportuno, pero he de insistir en algo que dije hace seis años y lo repito ahora: Felipe Calderón tiene que entender que en el Partido Acción Nacional no somos un rebaño de corderos.