Diez millones

Chiapas convulso

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La entidad es un estado de abismales contrastes entre su enorme potencial, su miseria y su marginación, resultado de los malos gobiernos que ha padecido. Puede decirse que sólo cinco de sus gobernantes destacan por obras benéficas que ayudaron a todos los chiapanecos.

Un cielo tan cargado no se despeja sin tormenta.
Shakespeare

México es un Estado fallido en cuanto a los resultados de sus políticas públicas. La pobreza y la desigualdad nos ubican en el país peor calificado de la OCDE; son abrumadoras las encuestas que reflejan nuestros rezagos educativos; la falta de atención en los más elementales servicios de salud es más que evidente, así como nuestras carencias en lo económico. Basta mencionar dos datos para confirmar nuestro resquebrajado Estado de derecho: la violación de los derechos humanos y que solamente se castiga el 1% de los delitos cometidos. Con 99% de impunidad, nuestras cárceles están sobrepobladas. Imagínese, amable lector, el día que en serio se sancione a la delincuencia.

Todo lo anterior viene a cuento porque la semana pasada estuve en Chiapas, un estado de abismales contrastes entre su enorme potencial, su miseria y su marginación, resultado de los malos gobiernos que ha padecido. Puede decirse que sólo cinco de sus gobernantes destacan por obras benéficas para su entidad:

Ángel Albino Corzo, a mediados del siglo XIX, luchó en defensa de las instituciones, del liberalismo.

Emilio Rabasa, aunque gobernó solo tres años (1891-1894), su influencia política se refleja hasta 1911, año en que culmina el gobierno su hermano. Ambos fueron respetuosos de los derechos humanos, con obra educativa importante y con la construcción de carreteras. El traslado de la capital de San Cristóbal de las Casas a Tuxtla Gutiérrez fue algo más que un decreto gubernamental, significó despojar del poder a ciertos grupos y fortalecer el laicismo.

Rafael Pascasio Gamboa hizo un trabajo ejemplar en materia de salud (1940-1944).

Francisco J. Grajales (1948-1952) dejó huella por el impulso a la cultura.

Samuel León Brindis (1958-1964) se ganó el afecto de los chiapanecos por su bonhomía y su espíritu de servicio. Él sostenía que Chiapas no requería de grandes planes de desarrollo, bastaba con carreteras, hospitales y escuelas. Ojalá los tres últimos gobiernos de alternancia le hubieran hecho caso pues, en contra de lo racional, se destinaron recursos a obras superfluas.

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En 1952, una chiapaneca le reclamó al entonces presidente, Adolfo Ruiz Cortines, haber designado como gobernador a Efraín Aranda Osorio. Don Adolfo, con su habitual parsimonia, respondió: “Si dejo que ustedes lo elijan, se agarran de los pelos”. Eso es, precisamente, lo que hoy está aconteciendo en Chiapas, del viejo dedazo pasamos al yo quiero, y se postulan, con enorme osadía, quienes ni remotamente se aproximan al perfil de gobernante que Chiapas requiere.

Por otra parte, es verdaderamente oprobiosa la lucha preelectoral: agresiones entre los aspirantes; los espectaculares (actos prohibidos por las leyes electorales y que implican enormes erogaciones) han invadido hasta los últimos rincones chiapanecos; los informes de los legisladores (que no se justifican porque no ejercen presupuesto de acuerdo con las leyes), son descarados actos promocionales.

Lo más sorprendente es la campaña del presidente del Tribunal Superior de Justicia, exhibida hasta en vehículos, como el adalid de la justicia. Viene a mi mente el pensamiento de Rosario Castellanos: en Chiapas la injusticia es una costumbre.

Hay una enorme complejidad en esta entidad federativa, en cualquier momento puede brotar un conflicto. Ya vimos una señal con lo acontecido en Chiapa de Corzo, donde hubo serias protestas y amenazas durante la visita del Presidente de la República. Los ánimos están desbordados, las ambiciones afloran en personas totalmente descalificadas, la autoridad muestra serios signos de deterioro. Nuestra democracia es un desastre y tiene manifestaciones que reflejan enorme corrupción.