Diez millones

Diego Fernández de Ceballos

Diego Fernández de Cevallos Ramos. Nace en México, D. F., el 16 de marzo de 1941. es un abogado y político mexicano, miembro del Partido Acción Nacional, que se ha desempeñado como diputado federal, senador de la República y candidato a la Presidencia de México en 1994.

 

 

'En tierra de ciegos, el tuerto…'

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En días recientes, Héctor Aguilar Camín ha comentado en estas páginas (milenio.com) sus coincidencias y discrepancias con José Woldenberg sobre nuestra pluralidad social. Comparten una preocupación central respecto a la democracia mexicana: su horizonte no es de fortalecimiento, sino de fragmentación.

Esas pocas palabras revisten la mayor relevancia si se quiere conformar gobiernos legítimos y garantizar su funcionalidad.

Convergen, los dos estudiosos y analistas de gran prestigio, al considerar la segunda vuelta electoral como un alivio o corrección ante los efectos de la fragmentación.

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Hablando se entiende la CNTE

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Con este título destaco la importancia del diálogo en toda sociedad civilizada. Es fundamental que las autoridades y la sección 22 de la CNTE sigan buscando salida pacífica al conflicto, porque hablando se entiende la gente”; y gobierno, maestros y sociedad somos un todo.

Pero no nos engañemos, la complejidad del problema es enorme, y sus raíces profundas; supera los verdaderos intereses de los disidentes. En esas zonas de alta marginación hay grupos subversivos de anarquistas, guerrilleros y narcotraficantes, y en el país hay fundada inconformidad de muchos docentes pacíficos y ejemplares por algunas cuestiones, que se contienen o faltan, en la reciente reforma educativa.

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El 'brexit' y México

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Es bien sabido que las grandes idioteces no suelen provenir de los idiotas, sino de los más talentosos y entendidos cuando algo los cegó al decidir.

Revise usted la historia universal y hallará errores mayúsculos que acarrearon verdaderas calamidades, y en no pocas ocasiones sus autores fueron tenidos por inteligentes y sabedores. Por ello, es obligado que las graves cuestiones del Estado se estudien y resuelvan con prudencia por quienes den la mayor garantía de honestidad, conocimiento y experiencia, pues para pocas decisiones se debe acudir al voto ciudadano.

En efecto, así como sería una locura que los usuarios de aviones, barcos o ferrocarriles seleccionaran a los tripulantes, o que los mandos de los ejércitos resultaran de votaciones populares, todo lo que es de gran complejidad, que requiere de conocimientos especiales por las consecuencias de las decisiones que se adopten, no debe quedar a merced de electores ignorantes, presas fáciles de la publicidad engañosa de perversos que los conducirán como rebaños al matadero.

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La soberanía de los pueblos

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En el mundo que llamamos civilizado —aunque pruebas cotidianas demuestran que poco tiene de ello— asumimos que la soberanía radica en el pueblo, que éste constituye autoridades para hacerla valer dentro y fuera de cada Estado, y para coadyuvar con la sociedad en la generación de bienes públicos.

No me propongo discernir aquí sobre el origen y mutaciones del concepto soberanía, sino la manera cómo, en su nombre, se vienen tomando decisiones.

Además, ese término se halla íntimamente vinculado a la acepción de democracia, que etimológicamente significa el poder del pueblo, quien lo ejercerá de manera directa o a través de representantes.

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¿Seguir cayendo?

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Hay motivos de preocupación para quienes creemos que México necesita partidos políticos fuertes, bien estructurados, sensibles a las demandas sociales, que se distingan por sus ideologías, propuestas y estilos de gobernar, que se sometan —o sean sometidos— a la ley y que logren consensos que generen bienes públicos. Sin excluir a los candidatos “sin partido”.

No volvamos a hegemonías que registra la historia, ni a los caudillos, acompañados ahora con el siniestro aullido de: “al diablo las instituciones”.

Los jóvenes deben conocer nuestro pasado para justipreciar los avances, y tener conciencia del riesgo de entregar nuevamente el país al egoísmo y brutalidad de un hombre o grupo que, a sangre y fuego o mediante amenazas y corruptelas, dispongan de vidas, bienes, honras y derechos, vomitando otra vez la frase obscena de la pudrición: “la moral es el árbol que da moras”.

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El PAN ayer, hoy y mañana

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Las pasadas elecciones dejan premios, castigos, lecciones y advertencias.

El PAN fue el gran ganador. Se levantó siete de 12 gubernaturas, incluyendo cuatro donde el PRI jamás había permitido a la oposición la alternancia de gobernadores: Veracruz, Tamaulipas, Durango y Quintana Roo.

En tres de las siete fue determinante la alianza con el PRD. Acción Nacional ganó, también, municipios importantes y muchas diputaciones.

Los panistas debemos vivir el momento con alegría y renovados bríos, pero sin dar espacio a soberbias y triunfalismos. Nadie nos regaló nada, recibimos una nueva oportunidad; en algunos casos ganó la opción considerada menos mala, no la flor más bella del ejido. No fue certamen de belleza, simpatía y proyectos, sino escrutinios de los que resultaron más castigos que premios… por poco tiempo.

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Merecido lo tendrán

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Los partidos, candidatos, autoridades competentes y electores somos los actores que hacemos posibles los procesos electorales en México.

Solamente el cabal cumplimiento de todos hará que florezca la democracia.

A los jóvenes podemos decirles —quienes tenemos una larga trayectoria en la vida pública— que debemos ser optimistas. Basta recordar que hace apenas un cuarto de siglo un partido hegemónico preparaba, organizaba, conducía y calificaba los comicios. Los órganos electorales superiores eran la Comisión Federal Electoral —presidida por el secretario de Gobernación— y los Colegios Electorales, ambos con absoluta mayoría del referido partido. Tomaban las decisiones y calificaban los procesos y sus resultados sin valorar las pruebas y evidencias que obraban en los expedientes. Eran, por ley, juez y parte.

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El estado de ánimo de automovilistas y camioneros

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Toda molestia EVITABLE que la autoridad causa a los ciudadanos es ilegal e inmoral, por abusiva.

Lo anterior no es un simple enunciado teórico, sino el recordatorio a las autoridades (in)competentes ante la inveterada costumbre nacida en gobiernos que hemos padecido y heredada al de nuestros días.

En efecto, frente a los funcionarios honestos y serviciales, abundan los que no son lo uno ni lo otro. Por éstos y por el retraso cívico generalizado, vivimos en un círculo perverso: el atropello que viene de “arriba” y la resignación de quienes se ubican cobardemente “abajo”. Cohabitan el abuso de poder de unos pocos y la sumisión ovejuna de los muchos.

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No los derrotó la derrota, no los derrotó la victoria

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Fue hombre íntegro, de los que en la vida es difícil encontrar; fue católico, sin exhibición ni ocultamiento; fue un Quijote que no enfrentó su señorío a molinos de viento, sino a la oprobiosa realidad de su patria; fue demócrata de verdad, no como los tartufos que pudren la vida pública y frustran el destino nacional.

Combatió la corrupción, pero sin violencia, rencor ni bajezas, y logró acuerdos con los poderosos para el bien de México. Vivió y convivió con todos, sabiéndose diferente de muchos. Esta difícil dualidad le resultaba sencilla porque nunca lo sedujo el poder, no lo impulsó el odio y no lo detuvo el miedo.

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¿Linchar en pro de la justicia?

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La “justicia” que padecemos nos indigna, atormenta y divide.

Son innegables los esfuerzos de sociedad y gobiernos para mejorarla. Académicos, juristas, líderes, organismos intermedios, los poderes ejecutivos —federales y locales—, así como los congresos legislativos, han logrado en las leyes avances importantes para regir, en estas materias, la conducta de gobernantes y gobernados.

La Suprema Corte ha merecido reconocimiento internacional por su defensa a los derechos humanos, y constantemente produce tesis y resoluciones que amplían los ámbitos de libertad de las personas, así como su protección frente a excesos de los demás poderes, al tiempo que a las autoridades las respalda cuando cumplen y hacen cumplir la ley.

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Pierden ellos, pierde México

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El tiempo es algo que nadie puede recuperar y es inminente la pérdida de un ciclo escolar para miles de jóvenes politécnicos.

Además, los que cursan sexto semestre difícilmente podrán ingresar cuando corresponde a instituciones de Educación Superior.

Algunos ciudadanos —a través de redes sociales— recuerdan a los que cierran escuelas que en México hay millones de pobres que quisieran esos espacios, y que es estúpido “hacerle al Che Guevara”.

También debe recordárseles que la educación pública no es gratuita, porque su costo es sufragado por el pueblo, incluidos los más pobres.

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