Diez millones
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'Déficit de ciudadanía'

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Y después de los escándalos de corrupción política, ¿qué sigue? Pues más escándalos. Los necesitamos. Son alimento social y válvulas de escape. De alguna manera mitigan el hambre y la sed de justicia. Por el momento nos evaden de otros infiernos, y nos halagan las noticias de que algún abusador es perseguido o ya fue atrapado. Y qué decir del fantástico recorrido en televisión por mansiones, edificios, yates, joyas, hallazgos de millones en efectivo —a veces vínculos con el narcotráfico— y mil caprichos de quienes tuvieron hace poco “el más alto honor de su vida” por gobernarnos. Todo esto produce una especie de orgasmo social emocional. En la antigua Roma los emperadores daban al pueblo pan y circo, ahora lo garantizado es el circo… pero en función permanente.

Tenemos la certeza de que muchos casos han sido y otros serán cubiertos por la impunidad que reina en el territorio nacional. Asumimos que si aproximadamente 98 por ciento del total de delitos no se castiga en este país, resulta comprensible la dificultad de hacer valer la ley cuando los infractores son poderosos. Pero esto se compensa con la seguridad de que la presión social y las campañas electorales no permitirán que muera un escándalo sin el nacimiento de otro y de otro más. Con distintos changos, pero en materia de gasto público las mismas maromas. El árbol de la criminalidad, privada y pública, que es pródigo al dar frutos podridos, no resiente inviernos ni sabe de sequías, tiene raíces profundas y goza de cabal salud y fortaleza. Se las da la sociedad.

No nos engañemos, si la mayor responsabilidad, por acciones u omisiones, se halla en la cúspide de la estructura económico-política, hay esa otra verdad del tamaño del mundo que molesta a demagogos de izquierda o derecha —entre ellos a los llamados “luchadores sociales”— y que no existe para los que no les conviene reconocerla: ese árbol enfermo, debemos reiterarlo, es nutrido por integrantes de la propia sociedad. No por aquellos que se limitan a dialogar y convivir con los que manifiestamente han desviado su camino, y buscan en el trato limpio que la realidad cambie y mejore, evitando el maniqueísmo de dividir al país entre buenos y malos; no, me refiero a los que con ellos hacen negocios tramposos y a los que de ellos buscan y reciben dádivas y acomodos.

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Por eso no es raro que quienes han abusado del poder, a la vista de todos, y que con los cargos públicos se han enriquecido obscenamente, hoy sean aplaudidos, apoyados y votados como candidatos, para que vuelvan a gobernar.

Así no servirán leyes ni recetas ni la sociedad corregirá tan perniciosa realidad.

Tres palabras de Jesús Silva-Herzog Márquez definen con exactitud este problema: “DEFICIT DE CIUDADANÍA”. Mejor dicho, imposible.