Diez millones

Por México

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¿Por qué, una vez más, nos sorprende la generosidad de millones de mexicanos ante la devastación causada por los recientes sismos e inundaciones?

¿Por qué resulta portentoso lo que debiera ser natural?

Es que nuestra solidaridad vive adormecida, y despierta y actúa fugaz y ocasionalmente ante tragedias que nos toman por sorpresa.

Cierto, son loables el valor y heroísmo de muchísimos voluntarios, de nuestras fuerzas armadas y de miles de extranjeros, todos prestos al rescate de vivos y muertos aplastados por la naturaleza y por la corrupción. Tampoco son menores las ayudas materiales que siguen llegando, de aquí y del extranjero,  que provienen de millones de personas y de instituciones públicas y privadas, pero vivimos tiempos que exigen rectificaciones profundas, en el gobierno y la sociedad, si no queremos continuar en la simulación y el autoengaño.

Porque la desgracia en la que viven y mueren muchos millones de mexicanos, desde tiempos inmemorables, no es noticia, forma parte del paisaje, no nos parece grave —solamente sirve para discursos de políticos convenencieros— y su remedio puede postergarse. ¡Pero si no la resolvemos pronto, habrá un verdadero sismo social!

Inmensas cantidades anuales de dinero, público y privado, para esos miserables, es frecuentemente política asistencialista (con latrocinios y despilfarros de por medio) para que todo se mantenga igual.

Somos un pueblo en que la corrupción, de gobiernos y ciudadanos (aunque les duela escucharlo a fariseos y sepulcros blanqueados), no solamente corroe el tejido social, sino que nos ha hecho profundamente egoístas.

Los casos conocidos de altruismo y generosidad —y otros fuera del escrutinio social— son pocos e insuficientes. Otros países nos dan ejemplo.

¿Qué se requiere?

Sí, combatir la corrupción y mucho que corregir a cargo de la clase política, pero es necesario, también, educar a la niñez y a la juventud para vivir en la legalidad y la solidaridad. Prepararla para esas pequeñas acciones diarias que no exigen heroísmo pero que implican civilidad; inculcarles que “no hay virtud más eminente que el hacer sencillamente lo que debemos hacer”.

Imagine, usted, qué sería de México si, desde que tenemos uso de razón, los padres con su ejemplo y los maestros con sus cátedras nos inculcaran que todo lo que recibimos debemos merecerlo, que no hay derechos sin obligaciones y que la verdadera realización humana implica dar, más que recibir. No estaría adormecida la nobleza de los corazones mexicanos; sería el estilo natural de vida, no sacrificio momentáneo merecedor de reconocimientos, sino motivo y razón suficientes para vivir a lo grande, porque hemos nacido para trascender como seres verdaderamente humanos, o sea, racionales, libres y societarios.