Diez millones
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¿Qué sigue del dolor y el azoro?

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Aunque estemos inmersos en la tragedia y aún puedan rescatarse vidas, cuando la desolación está en las noticias del mundo y el dolor sangra el alma de nuestra patria y fuera de ella, procede apreciar, también, lo que pusieron al descubierto los recientes sismos: la bondad que habita en lo más profundo de los seres humanos, y que actúa de manera fugaz.

¡Tuvo que venir otra devastación —como la del 85— para reconocernos nuevamente como hermanos!

No requerimos escuchar el grito —o el silencio— de los atrapados para acudir a ellos de mil maneras, al grado de saturar con voluntarios anónimos los escombros de construcciones colapsadas. Acompañamos, llorosos, el llanto del soldado en el momento de un rescate. Admiramos el valor y sacrificio de militares, marinos, policías, topos, médicos, enfermeras y simples acomedidos al arrastrarse, dirigidos por perros y equipos sofisticados, para hundirse en escombros con la ilusión —en veces exitosa— de sacar a la vida corazones palpitando (no como los que a diario echa el crimen organizado al hocico de Huitzilopochtli). Contamos con el auxilio de extranjeros, que nada les impide ser mexicanos durante el tiempo que la emergencia les imponga y, además, con la nobleza de agradecernos el aceptarles su ayuda.

Comprobamos la generosidad de ricos y pobres, de aquí y de muchas partes del mundo. Vemos cómo “hormigueros humanos” hacen acopio, preparan y reparten alimentos, medicinas, ropas y herramientas;  cómo los medios de comunicación (salvo los mezquinos de siempre) responden sin descanso y profesionalmente, superando infundios explicables por la confusión y la maldad que aparecen; cómo los gobiernos —federal y locales— reaccionan al límite de sus fuerzas. Sabemos que los legisladores y partidos políticos decidieron actuar solidariamente y, por supuesto, como es costumbre, resultaron acusados de insensibles por no hacer, y de oportunistas por haberlo hecho. Y, además, los que creemos en Dios lo imploramos.

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Todo lo anterior debe reconocerse sin soslayar los desafíos a la vista: UNO, auxiliar a sobrevivientes y a familias de fallecidos, levantado lo caído y brindando oportunidades para los que todo lo perdieron. DOS, que la remoción de escombros no se lleve, también, la generosidad que hizo renacer la desgracia. Urgen acciones de gobierno, eficaces, acompañadas por la sociedad, para rescatar a millones de mexicanos aplastados desde siempre por los escombros producidos por la ambición y brutalidad de unos y la indiferencia de otros, que terminan por hacernos culpables a todos. Evitemos los sismos que anuncian el hambre y la desesperación de quienes no piden caridad, sino respeto a su dignidad y poder superar la esclavitud que nadie merece ni está obligado a soportar. Han aguantado mucho.