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México nos está observando

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Con motivo de las disputas y descalificaciones públicas entre dirigentes panistas, no son pocos los comentarios en el sentido de que jamás en su octogenaria existencia ese partido había padecido una crisis con la gravedad de la actual. Eso es falso, ha tenido otras mayores. Sin desconocer lo penoso y delicado del espectáculo presente, y sin que pueda justificarse, son muchos los momentos que registra su historia en que ha sufrido —y ha superado— pasiones desbordadas y reyertas internas que temporalmente lo mermaron en su capacidad de servicio al país. Basta recordar aquella coyuntura en que no fuimos capaces de postular candidato presidencial y dejamos campo libre al priista José López Portillo, que en solitario alcanzó 99.4 % de la votación nacional.

Sea lo que fuere —y sin tomar partido dentro de mi partido—, considero imperativo para los panistas ahora confrontados, echar mano de sus mejores prendas humanas para cumplir con sus altas responsabilidades en este México de tantas oportunidades y tantos desafíos, por su grandeza y por su descomposición política y social. Es exigible a nuestros líderes evitar la esclavitud en la que caen con frecuencia quienes se aferran a cargos públicos y a cotos de poder. Ojalá no olviden que debe vivir para lo grande quien hecho para lo grande está.

No solo es legítimo, sino éticamente obligatorio oponerse a comportamientos públicos si los consideramos injustos, siempre que hagamos las impugnaciones sin perder el decoro, la sensatez, la manera responsable; no en forma sórdida, atropellada, denigrante, más aún cuando el rechazo tiene algo de convenenciero por estar en juego nuestros intereses personales.

Si no buscamos recompensa en nuestro quehacer público siempre será fácil superar cualquier diferendo; no así cuando somos siervos de nuestra ambición.

¿Qué hay más ridículo que quejarnos de lo que sucede, si en parte somos coautores de ello o propiciamos el encono? ¿Qué será peor: la prepotencia o la preimpotencia?

Tan deleznable es perder la compostura, como dejarnos arrastrar por la descompostura de otros.

Lo que sí podemos afirmar con certeza es que ningún ideal puede triunfar si los líderes que lo proclaman se aniquilan. Y lo más grave: nadie tiene derecho de postergar el servicio limpio y eficaz que en lo personal y como partido nos demanda México.

Los panistas, independientemente del lugar o trinchera que ocupemos en el partido, debemos promover el respeto entre nosotros, superar civilizadamente nuestras diferencias, lograr la conciliación y la unidad, para que prevalezca y rinda frutos la generosidad.

Para limpiar la vida nacional se requiere nobleza en la propia. Porque nadie da lo que no tiene, y porque quiérase o no: dar es señorío y recibir es servidumbre.