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Carta al Presidente de la República

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La Periodista Isabel Arvide dirige carta al Presidente Felipe Calderón en respuesta a comunicación epistolar que el reportero, camarógrafo, colaborador y socio de la narcorevista Proceso, Epigmenio Ibarra dirigiera a su vez al Presidente.

México, D. F., a 22 de diciembre del 2012.



Señor Presidente de la República,
Felipe Calderón Hinojosa,
Presente.



Señor Presidente,


Cada vez que escucho la manera en que líderes de opinión, que me merecen todo respeto, insisten en responsabilizarlo del “baño de sangre” que hemos padecido estos años, pienso con infinita indignación en la apatía de tantos gobernadores, jefes policiacos, políticos, generales que teniendo la obligación constitucional de garantizar paz social a la sociedad prefieren instalarse en la cómoda poltrona de la evasión.

Y entonces quisiera que gente como Epigmenio Ibarra, que ha visto desde muy cerca la crueldad de otras guerras fratricidas, mirasen hacía ellos.

Ese es el punto de balance que tanto necesitamos los mexicanos ya no para asimilar nuestra realidad sino, simplemente, para poder repartir responsabilidades de forma que en el futuro, inmediato y de largo plazo, no se cometan los mismos errores.

Que miedo, honestamente, que pánico inmenso que aquel que vaya a gobernarnos los próximos años opte por esta posición de falsa redención que hoy, de cara a los procesos electorales, resulta tan redituable. Las vestiduras que tantos hombres y mujeres públicas se desgarran en nombre de los muertos ignoran, precisamente, a los asesinos.

Borran de todo análisis el círculo vicioso de la impunidad que los gobernantes, y aquí me permito incluir por igual a los procuradores de justicia, a los titulares de seguridad pública estatal, a los presidentes municipales, a los directores de policías locales, han propiciado históricamente. Que en años recientes permitieron un deterioro social inconmensurable.

Y que usted, con una valentía que para algunos raya la estupidez y para otros, yo entre ellos, lo coloca en una tesitura de valentía que la historia habrá de reconocerle, decidió romper desde el primer día de su sexenio.

¿Quieren quemarlo en todas las hogueras públicas por ello? Bienvenida la reacción torpe o malintencionada de tantos porque permite con mayor claridad poner a cada uno en el sitio que han elegido tomar en estas batallas.

Los gobernadores, me consta tanto en primera persona, son los más ajenos y temerosos del tema “seguridad”. A no ser por la “indispensable” supervisión en los paquetes de adquisición de armamento que resultan tan productivos en sus economías particulares, optan por un frío alejamiento. Incluso, como ha sucedido en tantas entidades estos años, cuando la realidad les estalla en miles de cadáveres y otros muchos más desaparecidos.

Su contabilidad es otra. Su tiempo es muy valioso. Yo tengo más de treinta y cinco años de tratar con los gobernantes de este país, de hablar con ellos, de pelearme con ellos, de trabajar para ellos ahora en el tema de seguridad, por eso necesito contarle de mi desesperanzada desesperación ante su falta de tiempo para siquiera discutir esto.

Ya no conmigo, o no solamente conmigo sino con las autoridades federales comisionadas a su entidad o con aquellos que fueron contratados para encabezar sus propias instituciones. La excepción, minoría que se cuenta con los dedos de las manos, es de aquellos que se reúnen algunos minutos al día para discutir el tema de la violencia, que están enterados, que quieren saber de la corrupción vigente en su alrededor.

Si todos los gobernadores, presidentes municipales, autoridades legislativas, líderes sociales le dedicasen una hora al día a estudiar el problema de la inseguridad, de la violencia, de la criminalidad, otro muy distinto sería nuestro país.

Los gobernantes de este sexenio, a diferencia suya, no han tenido tiempo para atender la violencia, ni han contado con la voluntad política para limpiar, profesionalizar, cambiar siquiera un poco sus policías locales. Menos todavía sus cárceles que son imperios del delito.

Y cada vez que son cuestionados públicamente, que acuden a reuniones nacionales, o que los sicarios les avientan decenas de cadáveres, de mantas, de cabezas en sus calles, salen a decir lo contrario.

Cuando me preguntan porque mi empatía hacía usted, especialmente en este ámbito, respondo que no he conocido mandatario mejor informado, más atento, más dispuesto a escuchar y a actuar que usted. Y sí, coincido con mis amigos, mayoría priísta en el poder local, en afirmar que usted es monotemático y hasta monoaural en esto de la Seguridad… para bien de la República.

Yo he constatado la inmensa desidia de los gobernantes para encontrar a los responsables de los crímenes, de los más de sesenta mil muertos que llevamos a cuestas todos los mexicanos. Y eso se ha hecho vicio compartido, costumbre suicida y perversa en todos los sectores sociales. Tanto así que hoy por hoy tenemos como personajes públicos, como famosos que asemejan artistas de cine, a deudos de estas víctimas que han optado por vivir su duelo en la búsqueda de la justicia.

Justicia que las autoridades locales no ofrecieron en su momento a todos los padres, las madres, los hijos, los hermanos de las muertas de Juárez. Porque ahí comenzó el gran deterioro del país. Y ahí, en esa frontera terrible, comenzaron también los levantones y las desapariciones forzadas de cara a la mayor indiferencia de las autoridades. Gobiernos panistas y priístas de por medio porque, usted sabe Señor Presidente, esto de la desidia frente a la muerte no tiene siglas partidistas.

Fue más cómodo, en Chihuahua y en muchas otras partes del país, en las cabañas de Los Pinos, al menos en lo inmediato, negar la realidad de estas muertes, de las miles de desapariciones que ya existían antes de llegar Felipe Calderón Hinojosa al poder presidencial.

Pero los mexicanos, muchos críticos suyos Señor, tenemos mala memoria a voluntad. Olvidamos lo que nos molesta al hacer un análisis totalitario donde la necedad, hoy lo vivimos, sustituye a la realidad.

Viví de la mano de mi entrañable José Luis Santiago Vasconcelos la desidia oficial en los centros de mando federales el sexenio pasado, lo que remitió su labor –invaluable por lo que tuvo de valor y honestidad personal- a unas cuantas detenciones de personajes importantes dentro del poder del crimen organizado. No tenía policías, recursos, apoyo oficial más que de manera muy limitada. Por algo el Ejército pagó su funeral.

Entonces no se hizo nada para limpiar la miasma de la policías locales, y apenas comenzó el esfuerzo de transformación de las policías federales. Y los muertos ahí estaban, apestando también, pero sin la notoriedad que hoy le han otorgado los medios de comunicación que tal vez a su pesar han trabajado como “voceros”, jefes de prensa, de los criminales.

No nos preguntamos quiénes son los asesinos. Y lo sabemos. No nos preguntamos por qué las policías, las autoridades locales no hacen su trabajo y detienen a esos asesinos. Y sabemos la respuesta. Las hazañas de los padres que han logrado detener, poner detrás de las rejas, a los verdugos de sus hijos destacan en este mar de corrupción oficial, precisamente por ser excepciones. Usted encontró un país donde el sistema todo de aplicación de justicia está al servicio de los poderosos, donde todos somos presuntos culpables, donde los inocentes pueden purgar condenas eternas por robarse un pan y los culpables comprar su libertad con pacas de dólares.

Pero hoy le pretenden cobrar, a usted, porque sí, el pecado mayor de señalar la corrupción, palabra tan repetida como desgastada este sexenio, de los jueces que han dejado en libertad a tantos.

¿Qué nos pasa? ¿Dónde erramos tanto el camino? Yo me lo pregunto cada día, y como envejezco tengo menos respuestas y más interrogantes.

Conservo certezas que me permiten el ejercicio de mirarse de frente al espejo cada mañana, entre ellas la certidumbre inmensa, crucial, total y completa de no querer vivir de rodillas frente a una bola de mugrosos asesinos, de facinerosos oportunistas que cuentan con protección oficial para asesinar. Porque usted y yo y muchos más sabemos que detrás de cada crimen, de cada muerte, de cada “levantón”, hay policías locales que sirven, que trabajan como protectores de los asesinos. Y eso es lo que no han querido cambiar sus jefes.

Yo, creo que muchos, cientos de miles de mexicanos, hemos hecho nuestra parte para que ellos no ganen esta guerra. Y, a diferencia del señor Epigmenio Ibarra, yo he recogido muertos para entregarlos a sus familias. Muertos que fueron a combatir a estos criminales, a intentar limpiar estas policías, a cambiar esta realidad, muertos que habitan para siempre mis sueños y mis pesadillas. Muertos a los que no les llegaron los viáticos, los chalecos antibalas, los coches blindados a tiempo por una burocracia que no entiende nada del tema de seguridad, tal vez porque no es asunto de comisiones a repartir entre compadres.

Cuando los muertos son propios, son parte de ese afán de cambiar la realidad, de hacer algo para vencer a los verdaderos enemigos, a los asesinos, a los secuestradores, cambia el enjuiciamiento. Se modifica el ángulo de visión de la verdad.

Mejor que nadie conozco la fuerza de la crítica, de la palabra escrita, de las “Cartas” contra los gobernantes. He pagado con exceso mi cuota por acceder al privilegio de la libertad de expresión. Por eso, justamente, estoy en la convulsionada necesidad de gritar que no es así, que no hay un solo argumento que tenga peso moral (No me refiero al árbol que da moras…) suficiente para culparlo a usted de la muerte de miles de mexicanos que fueron víctimas de organizaciones criminales que surgieron bajo la protección de gobiernos y sociedades que creyeron que había impunidad en estas asociaciones, maridajes perversos, que la convivencia con ellos era posible sin pagar consecuencias.

Si así fuese, si se tratase de llevar su caso a tribunales extranjeros, y la sola mención eriza mi piel educada en escuelas públicas donde la Patria se escribía con mayúsculas y nada del extranjero podía ser otra cosa que intromisión inaceptable en la soberanía nacional, permítame ser juzgada a su lado. Nada podía enaltecer más mi convicción de que en esta guerra, que eso lo es lo que vivimos una guerra con enemigos conocidos, usted está del lado correcto y yo quiero estar siempre de ese lado, donde no tienen cabida los criminales.