Diez millones

Políticos pudientes

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Las noticias recientes en las que se da cuenta de la fortuna de personajes tan disímbolos como Alejandra Barrales y Javier Corral, aparte de la crítica por el alejamiento de sus responsabilidades, solo reflejan una cosa: la verdadera clase pudiente en este país es la de los políticos, pues así se entienden departamentos en el extranjero o vuelos en aviones privados.

A todo lujo

No sorprende que se divulguen las fortunas de los integrantes de la clase política nacional, lo que sorprende es que no se haga nada por encontrar una solución a esta que es la verdadera motivación para entrar a hacer carrera en este terreno: la posibilidad de hacer fortuna.

            Si hacemos un repaso de los bienes que se han dado a conocer –recientemente, para no irnos muy lejos en el tiempo–, podremos hablar de concesiones de taxis, gasolineras, departamentos en el extranjero, relojes de lujo, autos costosos, obras de arte y un largo etcétera. Tal parece que ser político en México es sinónimo de pertenencia a la clase alta.

            Esto, desde luego, tiene distintos ángulos desde los cuales se puede revisar el tema. No sólo hablamos de la sospecha de corrupción, que explicaría buena parte de esas fortunas, por no decir la manera en que muchos de los integrantes de la clase política conciben la función pública –como una manera de enriquecerse–, sino también que la denominación “casta” –como ha sucedido en otras latitudes, como España– viene bien para tratar de llamarlos de alguna manera. Pero también nos debe llamar la atención la forma en que muchos ciudadanos ven como algo normal que alguien sea rico si se dedica a la política.

            En una ocasión, platicando con un político de este tema –de quien nos reservamos el nombre–, él comentaba que no se explicaba como el dirigente de un partido podía hacer gala de una riqueza que incluía la compra de obras de arte y antigüedades, siendo que los dos tenían la misma edad, una carrera en la política similar, pero –señalaba nuestro interlocutor– la única diferencia era que el aludido había sido secretario de Estado el sexenio pasado.

            Esa pequeña diferencia ayudaba a comprender porque alguien puede ascender en la escala social en unos cuantos años, por lo que no es de extrañar que ahora en la agenda de noticias se discuta acerca de un departamento en Miami o de una casa en Mazatlán de los mencionados al inicio de esta colaboración.

            Pero también esto es algo preocupante, porque a fuerza de abundar en estos temas, la ciudadanía comienza a ver como algo normal que un político aparezca en una conferencia de prensa o en la inauguración de una obra luciendo un reloj de varios miles de dólares o que se conozca que es dueño de varios inmuebles.

            El caso Duarte nos mostró que en este particular no hay límites para comprar ranchos, cuadros, cavas y todo aquello que la imaginación nos dicte.

            Por lo tanto, no es de extrañar que quien entre a la política lo haga teniendo en mente que podrá resolver su situación económica –y la de sus nietos, incluso–, con algo de suerte y unos cargos públicos. De hecho, no conozco a descendientes de algún expresidente de la república que sufran penurias económicas, al contrario, lo hay que son prósperos empresarios.

            La pregunta que nos debemos hacer es si deseamos continuar sosteniendo a una casta que, encima que no resuelve los problemas que tenemos como país, tenemos que mantener para que viva bien y ocupe la parte superior de la pirámide social, mostrándose a la menor provocación como compradora de artículos de lujo en exclusivos centros comerciales, como recientemente se difundió con cierta titular de una dependencia oficial.

            Y, para completar el cuadro, en este rubro no hay diferencias ideológicas, pues tenemos dirigentes de partidos de derecha que tienen a su familia viviendo en Estados Unidos, a líderes de la izquierda que cuentan con empresas y propiedad en este país y a funcionarios que atienden el tema del combate a la pobreza con prendas de lujo.

            Quizá la opción sea que los sueldos de los servidores públicos deban ser reducidos para que trabajen en este ámbito quienes realmente tengan vocación y no seguir manteniendo a gente ineficaz que sólo busca su provecho personal.

            En la medida en que la sociedad se vuelve más exigente y castigue con el voto este tipo de conductas, se podría esperar un cambio, a la par de que debemos pugnar para que los puestos en el gobierno dejen de ser vistos como oportunidad de enriquecimiento. ¿Será mucho pedir?

Del tintero

La semana entrante inician las campañas electorales en cuatro entidades del país. Los partidos velan armas para darse con todo, en tanto que la población espera que esto no contribuya a mayores vergüenzas con la propaganda y los candidatos que se presentarán. Daremos cuenta de todo esto en este espacio.

 

@AReyesVigueras