Diez millones

Política visceral

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Con el avance de los partidos de oposición, en especial luego del triunfo de Fox en el año 2000, hemos visto cambios en la manera de comportarse de la clase política. No es sólo la inclusión de panistas, perredistas, morenistas y demás fauna política en escándalos de corrupción, sino la manera en que expresan sus preferencias y lo que dicen tanto de adversarios como compañeros de siglas partidistas, mostrando que la víscera es lo que domina, en muchas ocasiones, el quehacer político.

Pensando con el hígado

No sólo se puede conocer a un político por sus acciones, también por sus expresiones. En nuestro medio político hemos tenido de todo, desde legisladores que se presentan ebrios a eventos públicos, hasta otros que en medio de una discusión o debate en el recinto parlamentario, utilizan insultos para dirigirse a sus colegas o tratar de ganar la votación.

Ahora, a propósito de la maniobra de Ricardo Anaya para competir como precandidato presidencial de la alianza Por México al Frente, hemos visto como algunos de sus opositores internos –principalmente calderonistas– han sacado a relucir su opinión acerca del queretano.

Que lo cuestionen por su ética o que aseguren que no es conveniente que un presidente del PAN aproveche el puesto para hacerse de la candidatura presidencial es una cosa, pero los integrantes de dicho grupo han sustituido las consideraciones de este tipo por auténticos insultos para referirse al dirigente blanquiazul.

Y no es algo nuevo en dicho grupo. Cuando Manuel Espino buscaba ser presidente del PAN, luego de renunciar a la secretaria general del mismo, empezó en medios una campaña en su contra. Columnistas y articulistas reproducían algunos de los comentarios que les hacia llegar el grupo calderonista que en ese momento respaldaba a Carlos Medina Plascencia para que se convirtiera en dirigente nacional del partido azul. Por medio de estos comentarios, nos enteramos que Espino era un “clasemediero”, que no tenía dos dedos de frente y que ni siquiera tenía capacidad para encabezar al panismo.

Su victoria no fue bien tomada por los cercanos al expresidente de la república, quienes se cobraron la afrenta presionándolo para que renunciara de manera anticipada y pudiera llegar en su lugar un incondicional –en algo que la ahora critica Margarita Zavala no impidió, digo, si le molestan ese tipo de maniobras como recientemente manifestó–.

Ahora Anaya recibe ese tipo de trato de parte, principalmente, de los senadores que se han denominado rebeldes.

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Y no es que hagamos una defensa del queretano, pues su comportamiento es a todas luces cuestionable, en particular la manera en que se apoderó de las estructuras del partido y por la manera en que está alcanzando sus objetivos, pero tratar de oponerse a su conducta refiriéndose a él de la manera en que algunos legisladores “rebeldes” lo han hecho, también los descalifica en una arena que debería ser sinónimo de diálogo y no de intercambio de insultos.

Dentro del grupo de calderonistas –o al menos entre los senadores rebeldes– se ubica Javier Lozano, quien ha presumido a quien quiera escucharlo su amplia cultura general, en especial en materia musical, pero que ha tenido una serie de altercados con varios panistas en diversos lugares, no sólo en la sede del CEN, que culmina con insultos que contradicen su principal recomendación en Twitter, no ser ordinario.

Pero el PAN no es el único partido que cuenta con militantes viscerales. En Morena, su principal líder ha hecho gala de este tipo de comportamientos. Ahora se ha referido a Anaya y a Meade como “pirruris”, además de que empieza a usar un lenguaje que alude al color de la piel, algo que puede resultar muy peligros en un contexto político polarizado como el que se espera para los comicios del 2018.

Calificar a los adversarios políticos con términos que se acerquen más a los insultos, que a los calificativos que implican algo más cercano a la ética política, sólo ayuda a atizar los odios que, como se ha visto en otros países, pueden ser el motor para la toma de decisiones de los votantes con resultados que en el futuro cercano se pueden lamentar, como es el caso del Brexit o el triunfo de Donald Trump.

De cara a una de las elecciones más competidas de la historia reciente en el país, los políticos que se dejan dominar por la víscera no ayudan a que la democracia domine el escenario político. El ejemplo que este tipo de actores están dando, sólo ayuda a que muchos ciudadanos reproduzcan este tipo de actitudes y voten a partir de simpatías o antipatías, no de la valoración de los proyectos y de las propuestas, aunque pedir esto es demasiado para un país acostumbrado a utilizar palabras como “indio”, “naco”, “asalariado” y otras más a manera de insultos.

Nada más ver el ejemplo de Felipe Calderón quien en Twitter se refirió al nuevo presidente del PAN como #PatanZepeda. Y luego se queja de que se refieren a su supuesto alcoholismo.

Del tintero

Las redes sociales reflejarán este tipo de conductas gracias a la condición de anonimato de muchos de sus usuarios, mismos que responde a las órdenes de quienes buscan no sólo polarizar, sino crear las condiciones de confrontación necesarias para disuadir a votantes de acudir a las urnas.

@AReyesVigueras