Diez millones

Los dos Méxicos

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Conviven en este territorio día naciones que cotidianamente se enfrentan. Una vive el día a día pensando que las reglas son para romperse, que el más fuerte prevalece y que puede salirse con la suya fácilmente. La otra es la que busca que se instale el Estado de derecho y que se acabe la corrupción y la simulación.

Dos realidades

Temas como el de Odebrecht, los exgobernadores como Javier Duarte o las dudas acerca de la limpieza de comicios como los de Estado de México o Coahuila, son muestra de la manera en que una parte importante de la ciudadanía piensa de cómo comportarse en el ámbito público.

Hemos visto como las acusaciones por malos manejos de servidores públicos, inundan los medios de comunicación y las redes sociales, sin que hasta soluciones, aunque los casos se acumulan sin que se pueda hacer algo.

Los partidos políticos, por su parte, se suman a las acusaciones, presentan denuncias, organizan conferencias de prensa para sumarse al linchamiento, pero callan cuando uno de sus militantes es señalado por estos mismos temas que los indignan.

Hasta el momento, pese a lo mucho que dicen buscar soluciones a los problemas del país, no se ha visto de parte de las fuerzas políticas ni iniciativas ni decisión para terminar con la impunidad o con la corrupción.

De ahí que muchos políticos se muestren sorprendidos por el activismo de organizaciones civiles que buscan combatir la corrupción, a la vez que se protegen ante las acusaciones. El caso Lozoya o el de Ruiz Esparza representan buenos ejemplos de lo anterior.

Lo que los partidos y la clase política entera no ha tomado en cuenta, es que la ciudadanía que se ha cansado de la corrupción y el abuso empieza a considerar cobrarse en las urnas todo lo hecho durante tantos años de detención de legisladores o gobernantes.

En el tema de inseguridad, estamos pagando por años de simulación de parte de los gobernantes, los cuales sumados al México que busca sólo su bisnestar a costa de los demás, nos tienen hundidos en esta peligrosa situación. Nada de que sorprendernos al ver que el delincuente detenido por robo se apoya en mentiras para amedentrar a su víctima y salir libre, de igual manera a lo hecho por el legislador atrapado en una grabación en la que pide dinero y utiliza cualquier palabra para deslindarse o negar lo evidente.

El problema que vivimos es que el México que sólo piensa en sí mismo, que sólo busca mantener sus privilegios y para el que la ley es una simple palabra es el que está a cargo, llenando los espadios en los partidos o en el gobierno.

El caso de Odebrecht –como antes lo fue el tema de grupo Higa, OHL o el socavòn en el paso Express de Cuernavaca–, es síntoma de hasta donde ha llegado esta perversión de la política. Incluso entre particulares, como se vio ante las acusaciones al cantante Julión Álvarez, su respuesta fue que era algo de envidía, y más tarde Emilio Lozoya amenazó con demandar a quien repitiera que recibió dinero de la empresa brasileña Odebrecht.

El dilema para los electores es por quién votar ante la evidencia de que en todos los partidos hay personajes que utilizarán el puesto para enriquecerse, además de negar las pruebas de que han realizado alguna corruptela.

Sólo queda que el otro México se decida a desplazar a los que buscan aprovechar el puesto o que piensan que violar la ley es el camino al éxito, como el actual equipo gobernante ha demostrado más de una vez, en el entendido de que como la corrupción es algo cultural, pues estamos condenados a padecerla y no hay mucho que hacer.

Quizá por lo anterior, ante casos como los de la Casa Blanca, simulación en la entrega de contratos, “moches” y similares, los funcionarios públicos piensen que es parte de las atribuciones del puesto y que no hay nada malo en aprovecharlo para obtener una casa de parte de contratistas, así como viajes, regalos o dinero en efectivo.

¿Qué las obras no funcionan o se pueden caer, como fue lo sucedido con el Paso Express de Cuernavaca? No importa, pues con el pago realizado –que sí es lo importante– basta, incluso en el caso de muertes o de otras desgracias, siempre existirá un chivo expiatorio que pueda calmar a la opinión pública y mantener al secretario del ramo en el puesto, esperando el siguiente llamado para servir a la patria.

Y así podriamos llenar de ejemplos estas páginas para ejemplificar lo que el México que apuesta por la corrupción como forma de vida y avance social hace cotidianamente, en tanto que el otro México aguanta hasta que tenga la oportunidad de cambiar las cosas.

A la luz de ejemplos como los sucedidos en otros países, como Guatemala, en los que de la mano de una comisión internacional se logró encarcelar a un presidente acusado de corrupción, tal vez sea buena idea que dejemos de quejarnos porque el Departamento del Tesoro, la DEA o la justicia estadounidense sigan denunciando a funcionarios corruptos o coludidos con el narcotráfico, digo, al menos ellos hacen el trabajo que aquí debería hacerse.

Del tintero

¿Y usted, en que México vive?

 

@AReyesVigueras